Mimosa
Mimosa

La joven hindú

A. Carmichael - 2000

Este relato verídico es la historia siempre nueva de un alma que se dejó ganar por el infinito amor del Salvador. Para comprenderla mejor, hemos pensado que sería bueno explicar un poco lo que son las «castas». Muchos años antes de la era cristiana, el pueblo hindú estaba dividido en cuatro sociedades: los sacerdotes, los jefes (magistrados y soldados), los agricultores y los vencidos. Las dos primeras «clases» dominaban las otras dos; la tercera gozaba de un monopolio que le aseguraba una buena posición. En cuanto a la cuarta, vivía completamente sometida. Estas divisiones comenzaron a causa de las diferencias de origen y por conquistas que obligaron a vencedores y vencidos a vivir juntos. Con el correr de los siglos, se subdividieron en fracciones muy pequeñas llamadas desde entonces «castas».

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Adiós, hermanitos

Después de unos días de descanso, la madre sintió que debía marcharse. No podía estar quieta entre nosotros mientras su pequeño «El que trae suerte» abría sus grandes ojos a toda clase de cosas que no olvidaría nunca. También tenía miedo de que oyera palabras que todo su cariño de madre no bastaría para borrar de su memoria.

Habíamos llevado al bebé a nuestro pequeño hospital a pesar de sus enérgicos gritos de protesta. La enfermera cuidó sus heridas; había sufrido a causa de la dura vida que llevaba su madre. Hubiésemos querido tenerlo hasta su completo restablecimiento, aunque estos pocos días habían bastado para transformarlo de un bebé molesto y enfermizo en un niñito lindo y sonriente. La mirada de su madre se iluminó oyendo las alegres carcajadas de su querido quinto hijo y viéndolo asentir con su cabecita vendada cuando le preguntamos: ¿Quieres volver para la fiesta de Navidad, pequeño «Don de Dios»?

Temíamos verlos partir. Los muchachos estaban con los demás niños en el cuarto de juegos; habían decidido quedarse. Mimosa ya se había despedido de ellos en particular; les dio una última mirada en la que puso toda su alma.

– ¡Adiós, hermanitos! – dijo agitando su mano hacia donde estaban los niños en tropel, indicando así que los suyos eran nuestros y los nuestros suyos; todos estaban incluidos en su adiós–. ¡Que la paz sea con ustedes, hermanitos! – agregó.

Así fue como nos dejó, sencillamente y con buen ánimo.