Mimosa
Mimosa

La joven hindú

A. Carmichael - 2000

Este relato verídico es la historia siempre nueva de un alma que se dejó ganar por el infinito amor del Salvador. Para comprenderla mejor, hemos pensado que sería bueno explicar un poco lo que son las «castas». Muchos años antes de la era cristiana, el pueblo hindú estaba dividido en cuatro sociedades: los sacerdotes, los jefes (magistrados y soldados), los agricultores y los vencidos. Las dos primeras «clases» dominaban las otras dos; la tercera gozaba de un monopolio que le aseguraba una buena posición. En cuanto a la cuarta, vivía completamente sometida. Estas divisiones comenzaron a causa de las diferencias de origen y por conquistas que obligaron a vencedores y vencidos a vivir juntos. Con el correr de los siglos, se subdividieron en fracciones muy pequeñas llamadas desde entonces «castas».

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¿No quemó la planta de tulasi?

El pequeño Music, alegre y regordete, empezaba a correr por toda la casa, cuando una tarde al crepúsculo, mientras Mimosa preparaba la cena, se sobresaltó al oír gritar a su marido. Corrió hacia la galería.

–¡Mira, mira! ¡se me clavó una espina en el tobillo del pie derecho!

Pero no había ninguna espina; sin duda era la mordedura de una serpiente. No se pudo encontrar al reptil; había desaparecido en la penumbra.

¡Una serpiente! ¡Una serpiente! En la India, al oír ese grito se junta más rápido que nunca una muchedumbre. En un abrir y cerrar de ojos la casa se llenó de gente, pidiendo informaciones, aconsejando, simpatizando, profetizando muerte y destrucción; es la costumbre correr siempre a todos lados, donde hay algo nuevo para ver, y esto no hace más que aumentar la confusión. Sin embargo, esa gente sentía verdadera congoja y emoción. Los parientes se lamentaban, las mujeres se arrancaban el cabello y se golpeaban violentamente la cabeza contra la pared. Para todos, el marido de Mimosa ya estaba muerto.

Mientras tanto, el veneno seguía su curso y no tardó en llegar al cerebro del pobre hombre. Sufría atrozmente, le parecía que sus huesos se rompían. El clamor de simpatía aumentaba y la calle se llenó de curiosos. La mitad del pueblo se preparaba para llorar la muerte del herido.

Durante ese tiempo, Mimosa se las ingeniaba para aliviar a su esposo sin tener en cuenta lo que oía murmurar a su alrededor.

–Ella tiene la culpa –repetían–. ¿Acaso no quemó el tulasi?       

La excitación terminó por apaciguarse poco a poco, pues el marido no murió. Estuvo mucho tiempo enfermo. Su esposa, arrodillada constantemente a su lado, clamaba a su Dios, el Dios del cielo. A veces entraba en su pequeño santuario, extendía su sari y le suplicaba que interviniera a su favor. Cuidó del enfermo con toda la habilidad de que era capaz; puso cataplasmas de paja de arroz desmenuzado y trató de proveerle un alimento sustancioso. Su fiel corazón se llenó de alegría cuando por fin estuvo fuera de peligro; pero, ¡ay! era un hombre ciego, privado de razón, quien desde entonces requeriría sus cuidados.