Estudio sobre el libro del Génesis

Génesis 13

La restauración de Abraham y su separación de Lot

Abraham vuelve hasta donde estaba antes su tienda

El principio de este capítulo nos presenta un asunto de suma importancia para el corazón, a saber, el verdadero carácter de la restauración divina. Cuando, de un modo u otro, el estado espiritual del creyente entra en decadencia y pierde la comunión con Dios, corre el riesgo de no apelar a la gracia tal cual es, desde el momento en que se le despierta su conciencia, como así también el de no advertir plenamente la realidad de su restauración delante de Dios. Ahora bien, sabemos que todo lo que Dios hace, lo hace de un modo digno de su persona; ya sea que cree o que redima, que convierta, restaure o provea, no puede obrar sino de conformidad con su carácter; su forma de actuar consiste siempre y únicamente en hacer lo que es digno de él. Esto es para gran dicha nuestra, puesto que estamos siempre dispuestos a limitar “al Santo de Israel” (Salmo 78:41,  V. M.), sobre todo cuando se trata de la gracia restauradora. En el capítulo que nos ocupa vemos que Abraham no solo subió del país de Egipto sino que fue conducido “hasta el lugar donde había estado antes su tienda… al lugar del altar que había hecho allí antes: e invocó allí Abram el nombre de Jehová” (v. 3-4). Respecto al descarriado, Dios no está satisfecho hasta haberle llevado al camino recto y haberle restablecido perfectamente en su comunión. Nuestro corazón, lleno de justicia propia, pensaría que a tal persona naturalmente le convendría un lugar menos elevado que el anterior; y así sucedería, en realidad, si se tratara de nuestros méritos o de nuestro carácter; pero, como tan solo se trata de la gracia, le pertenece a Dios determinar la medida del restablecimiento; y esta medida nos la ofrece el pasaje que sigue: “Si te volvieres, oh Israel, dice Jehová, vuélvete a ” (Jeremías 4:1). Así levanta Dios al caído: hacerlo de otro modo sería indigno de Él. O no restaura, o lo hace de un modo que queden ensalzadas y glorificadas las riquezas de su gracia. Cuando el leproso curado debía ser admitido de nuevo en el campamento, se le conducía hasta “la puerta del tabernáculo de reunión” (Levítico 14:11); cuando el hijo pródigo volvió a la casa paterna, el padre le hizo sentar consigo a su propia mesa; cuando Pedro hubo sido levantado de su caída, pudo decir a los hombres de Israel: “Vosotros negasteis al Santo y al Justo” (Hechos 3:14), acusándoles precisamente de lo que había hecho él mismo bajo las circunstancias más agravantes. En cada uno de estos casos, y en muchos otros que podrían aducirse, vemos que Dios restaura de un modo perfecto: siempre conduce de nuevo el alma a sí mismo, valiéndose de toda la potencia de su gracia y de toda la confianza de la fe. “Si te volvieres… vuélvete a mí”. Abraham “volvió… hasta el lugar donde había estado antes su tienda”. Por otra parte, es profundamente práctico el resultado de la restauración divina del alma. Si por su carácter confunde al legalismo, por el efecto que produce confunde al antinomianismo (que niega la obligación de la ley). El alma levantada de su caída tiene un sentimiento vivo y profundo del mal de que ha quedado salva, y este sentimiento se manifiesta por el espíritu de vigilancia, de oración, de santidad y de prudencia que ahora la distingue. Dios no nos levanta para que otra vez tomemos el pecado a la ligera, cayendo de nuevo en él, pues dice: “Véte, y no peques más” (Juan 8:11). Cuanto más profundo sea el sentimiento de la gracia restauradora de Dios, tanto más profundo será el sentimiento de la santidad de la restauración. Este es un principio establecido y enseñado desde el comienzo hasta el fin de la Escritura, pero especialmente lo vemos en dos pasajes muy conocidos: el del Salmo 23:3: “Confortará mi alma, me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre” y el este :

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad
(1 Juan 1:9) .

El sendero que conviene al alma restaurada es la “senda de justicia”. Disfrutar de la gracia produce una vida justa; hablar de la gracia y vivir en la injusticia es convertir “en libertinaje la gracia de nuestro Dios” (Judas 4). Si la gracia reina “por la justicia para vida eterna” (Romanos 5:21), se manifiesta también en obras de justicia, las que son frutos de esta vida. La gracia que nos perdona nuestros pecados también nos limpia de toda maldad. Estas dos cosas nunca se deben separar. Son dos cosas que juntas confunden, como lo hemos dicho, tanto al legalismo como al antinomianismo del corazón humano.

Lot

Pero, para Abraham, hubo una prueba mucho más grande que la del hambre que le hizo bajar a Egipto, a saber: aquélla que le sobrevino a causa de la compañía de quien evidentemente no andaba inspirado por la energía de la fe personal, ni por el sentimiento de la responsabilidad individual. Parece que Lot, desde el principio, fue llevado en el camino más bien por la influencia y el ejemplo de Abraham que por la fe personal en Dios; y en este hecho se halla implícito todo un principio general. Al repasar las sagradas Escrituras notamos que, en los grandes movimientos producidos por el Espíritu de Dios, ciertas personas se han asociado a tales movimientos sin participar ellas mismas del poder que había producido el movimiento. Estas personas siguen su camino durante cierto tiempo, ya como peso muerto sobre el testimonio, ya desvirtuándolo de un modo positivo. Así, Jehová llamó a Abraham, mandándole que dejara a su parentela; pero, en lugar de dejarla, la trajo consigo; Taré le hizo retardar la marcha hasta su muerte; Lot le acompañó un poco más lejos, hasta que “las codicias de otras cosas” (Marcos 4:19) le vencieron y abatieron del todo.

La misma observación se puede hacer en el gran movimiento de la salida de Israel de Egipto: la multitud seguía a los hebreos, y ello les causó corrupción, debilidad y tribulación, como lo vemos en Números 11:4: “La gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!”. Lo mismo todavía en los primeros días de la Iglesia –y desde entonces en todos los grandes movimientos producidos por el Espíritu de Dios– se ha visto a gran número de personas asociarse a los movimientos bajo diversas influencias, las que, por no ser divinas, han resultado pasajeras, dejando pronto que tales personas se retiraran para ocupar su puesto en el mundo. No permanecerá nada que no sea de Dios; es preciso que para nosotros sea una realidad nuestra unión con el Dios viviente; es preciso que sintamos positivamente que él nos ha llamado a la posición que ocupamos, pues de otro modo no tendremos firmeza ni constancia en tal posición. No podemos seguir las pisadas de otro simplemente porque otro las haga. Dios, en su gracia, traza a cada uno de nosotros el camino que debe seguir, fijando a cada uno su esfera de acción y los deberes que cumplir; y a cada uno de nosotros le incumbe conocer cuál es su llamamiento y cuáles los deberes que pertenecen a esta vocación, para que, mediante la gracia que cada día se le dispensa, pueda trabajar eficazmente para la gloria de Dios. Poco importa cuál sea nuestra medida, con tal que Dios nos la haya dado. Podemos tener “cinco talentos”, o quizás “uno solo” (Mateo 25:14-30); pero, si negociamos este solo talento con la vista fija en el Señor, oiremos tan ciertamente sus palabras de aprobación: “Bien, buen siervo y fiel”, como si hubiéramos negociado los “cinco talentos”. Esto es alentador. Pablo y Pedro, Jacobo y Juan tuvieron cada uno su «medida» especial, su ministerio particular, y así Dios ha repartido a cada cual. Nadie debe mezclarse en el trabajo especial de otro. El carpintero tiene sierra y cepillo, martillo y escoplo, y se sirve de estos instrumentos conforme los necesita. Nada tiene menos valor que la simple imitación. En el mundo físico no la notamos, pero sí vemos que cada ser creado ocupa su esfera y llena su función; y si esto es así en el mundo físico ¡cuánto más en el mundo espiritual! El campo es bastante extenso para todos. En una misma casa hay utensilios de diferente tamaño y forma, y todos son necesarios para el uso del amo.

Por lo mismo, averigüemos seriamente, querido lector, si somos llevados por la influencia divina o la humana; si nuestra fe descansa en la sabiduría humana o en la potencia de Dios; si lo que hacemos, lo hacemos porque otros lo han hecho, o porque el Señor nos llama a hacerlo; si no hacemos otra cosa que apoyarnos sobre el ejemplo y la influencia de los que nos rodean, o si vivimos inspirados por una fe que nos es un bien personal. Sin duda que es un gran privilegio disfrutar de la comunión de hermanos; pero, si nos apoyamos en ellos, pronto naufragaremos; asimismo, si pasamos más allá de nuestra medida, nuestra acción será tirante y la haremos de mal grado. Es fácil ver si una persona trabaja en su puesto y según su medida; seamos siempre sinceros y naturales. Toda afectación, presunción e imitación son despreciables en extremo. De ahí que, aunque no podamos ser grandes, debemos ser honrados, y aunque no podamos ser brillantes, seamos auténticos. El que, sin saber nadar, se aventura en aguas profundas, tendrá que luchar; si un barco se lanza al mar sin hallarse adecuadamente aparejado y en estado de zarpar, pronto quedará echado dentro del puerto o se perderá. Lot salió de “Ur de los caldeos” (cap. 11:31), pero cayó en la llanura de Sodoma. El llamamiento de Dios no había penetrado en lo profundo de su corazón, ni la herencia de Dios había llenado su visión. ¡Solemne pensamiento! ¡Oh, si lo consideráramos profundamente! Bendecido sea Dios, hay para cada uno de sus siervos un sendero a lo largo del cual brilla la luz de su rostro aprobador, y marchar en él debe ser nuestro mayor gozo. Su aprobación basta al corazón que le conoce. No conseguiremos siempre la aprobación y concurso de los hermanos, sino que, en cambio, con frecuencia seremos mal comprendidos, pero estas son cosas que no podemos evitar. “El día” todo lo manifestará, y el corazón fiel esperará contento la llegada de ese día, sabiendo que

Entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios
(1 Corintios 3:13; 4:5)

 

El contraste entre la fe de Abraham y la mundanería de Lot

Puede sernos provechoso considerar de más cerca lo que hizo a Lot dejar el camino del testimonio público de la fe. En la historia de todo hombre hay un tiempo de crisis en la cual se manifiesta con toda seguridad cuál es su punto de apoyo, qué motivos le impelen a actuar y cuáles son los objetivos que le animan. Así sucedió en el caso de Lot: no murió en Harán, pero cayó en Sodoma. La causa de su caída, en apariencia, fue la discordia entre los pastores de su ganado y los del ganado de Abraham. Pero el hecho es que, cuando uno no procede con rectitud y con sentimientos puros, halla fácilmente una piedra de tropiezo; si no un día, será el otro; si no en un lugar, será en otro. En cierto sentido, poco importa cuál es la causa que, al parecer, nos hace abandonar el camino recto; la causa positiva queda escondida, lejos, tal vez, de la atención pública, en los pliegues secretos de los afectos del corazón, allí donde el mundo, bajo una forma u otra, ha podido anidar. La disputa entre los pastores hubiera sido fácil de apaciguar sin daño espiritual, ni para Lot ni para Abraham. Esta, en realidad, no hizo más que proporcionar ocasión al último para manifestar la gloriosa potencia de la fe y la elevación moral y celeste de la cual la fe reviste al creyente, mientras que no hizo más que manifestar la mundanería de que estaba lleno el corazón de Lot. Esa disputa de los pastores no produjo más mundanería en el corazón de Lot que fe en el corazón de Abraham; no hizo más que revelar, tanto en un caso como en el otro, lo que de hecho existía en el corazón de cada uno de ellos.

Así sucede siempre: las controversias y divisiones que surgen en la Iglesia de Dios resultan para muchos ocasión de caída, haciéndoles volver al mundo de un modo u otro; y entonces esos individuos se escudan en las controversias y divisiones para hacer que la responsabilidad recaiga sobre estas cosas, pese a tener ellos mismos la culpa, por cuanto, en realidad, las disputas no han hecho más que manifestar el verdadero estado de sus almas y las tendencias de sus corazones. Siempre se encuentran excusas cuando el mundo está en el corazón, y es prueba de poca grandeza moral culpar a los hombres y las circunstancias cuando la raíz del mal yace en nosotros mismos, por deplorables que fueran las controversias y divisiones. Es triste y humillante ver a los hermanos altercar en la presencia misma de los “cananeos y ferezeos”, cuando su ruego siempre debería ser:

No haya ahora altercado entre nosotros dos… porque somos hermanos (v. 8-9).

Pero, más aun, ¿por qué Abraham no escogió Sodoma? ¿Por qué el altercado no le empujó al mundo, y así llegar a serle ocasión de caída? Porque consideró toda la dificultad desde el punto de vista de Dios. Su corazón no era menos susceptible que el de Lot a las atracciones de las llanuras bien regadas, pero el caso es que no permitió que su corazón eligiera. Dejó la elección a Lot, y entregó a Dios el cuidado de escoger para sí. Tal es la sabiduría que viene de arriba. La fe deja siempre a Dios el cuidado de fijar la herencia, como asimismo le encomienda a él la forma de ser introducido en la misma. La fe siempre queda satisfecha con la porción que Dios otorga. Puede decir: “Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado” (Salmo 16:6). Nada le importa dónde caen “las cuerdas”; la fe juzga que siempre caen en “lugares deleitosos”, porque Dios es quien las coloca allí. El que anda por la fe, de buen grado puede dejar la elección al que anda por la vista, y decirle: “Si fueres a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si tú a la derecha, yo iré a la izquierda” (v. 9). Allí se ve al mismo tiempo el desinterés y la elevación moral, como así también ¡cuánta seguridad!

Es cierto que la naturaleza del hombre, cualquiera sea su alcance y lo que abarque, nunca significará el más mínimo peligro de despojo para el tesoro de la fe. Ella buscará su porción en una dirección muy opuesta. La fe almacena sus tesoros en un lugar donde la naturaleza humana jamás soñaría buscarlos, y, en cuanto acercarse a ellos, no podría si quisiera y no lo haría si pudiera. De ahí que, por tanto, la fe se halle perfectamente segura y admirablemente desinteresada al permitir que la naturaleza haga su propia elección.

Lot elige la llanura

¿Qué, pues, escogió Lot, cuando tuvo la libertad de elegir? Escogió, cual porción suya, Sodoma, el lugar mismo sobre el cual iba a estallar el juicio. ¿Cómo y por qué hizo Lot semejante elección? El caso es que miraba las apariencias exteriores y no el valor positivo y el destino futuro del lugar. El carácter real y positivo de Sodoma era la maldad (v. 13); y su destino futuro, “el juicio”, la destrucción por la lluvia de azufre y fuego desde los cielos. Pero se dirá: «Lot ignoraba todo eso». Es posible, y ¿no lo ignoraba Abraham también acaso? Pero Dios lo sabía, y si Lot hubiera dejado que Dios escogiera por él una herencia, Dios no le habría dado, por cierto, un lugar que iba a destruir. Pero Lot quería escoger por sí mismo, y juzgó que Sodoma le convenía, aun cuando Sodoma no convenía a Dios. Descansaron sus ojos sobre “toda la llanura del Jordán, que toda ella era de riego”, quedando su corazón cautivado por ella, y “fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma” (v. 10-12). Tal es la elección que hace la naturaleza humana. “Demas me ha desamparado, amando este mundo” (2Timoteo 4:10). Por la misma razón abandonó Lot a Abraham: dejó el lugar del testimonio y entró en el del juicio.

La parte de Abraham

“Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente. Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre” (v. 14-15). El altercado y la separación, lejos de dañar espiritualmente a Abraham, sirvieron para manifestar los principios celestes que le gobernaban y para fortalecer la vida de la fe en su alma. Además, sirvieron para iluminarle en el camino y librarle de una compañía que no podía sino estorbarle. Así todas las cosas ayudaron a bien a Abraham, proporcionándole una cosecha de bendiciones.

Acordémonos –y es esta una verdad solemne y a la vez animadora– de que en el transcurso del tiempo cada cual halla su propio nivel, si así lo puedo decir. Todos los que corren sin ser llamados acaban por caer, de un modo u otro, volviendo a las cosas que profesaban haber abandonado. Por otra parte, todos los llamados por Dios, y que se apoyan en él, quedan sostenidos por su gracia. “La senda de los justos es como la luz de la aurora, que va en aumento hasta que el día es perfecto” (Proverbios 4:18). Este pensamiento nos debe humillar, haciéndonos vigilantes para la oración:

Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga
(1 Corintios 10:12)

porque ciertamente habrá “postreros que serán primeros, y primeros que serán postreros” (Lucas 13:30). “El que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13), es un principio que, cualquiera sea su aplicación particular, encierra un significado moral de vasto alcance. Se ha visto salir del puerto, orgullosamente, embarcaciones con todas sus velas desplegadas, en medio de las aclamaciones y aplausos de las muchedumbres que auguraban una travesía magnífica, pero ¡ay! las tempestades, las olas, los escollos, los arrecifes y los bajos cambiaron fácilmente el aspecto de todo, y el viaje, principiado bajo los auspicios más favorables, terminó en desastre. Aquí no hago alusión sino al servicio y al testimonio, y de ningún modo al asunto de la aceptación y salvación eterna del creyente en Cristo. Esta salvación –a Dios gracias por ella– no depende en absoluto de nosotros, sino del que dijo: “Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie les arrebatará de mi mano” (Juan 10:28). Pero vemos frecuentemente a los cristianos entrar en servicio o ministerio especial bajo la impresión de que son llamados de Dios para el mismo, y al cabo de algún tiempo les vemos desfallecer en su trabajo. Y, más aun, muchos que, después de haber profesado ciertos principios de acción particular, respecto a los cuales no habían sido enseñados por Dios o no habían considerado con madurez en la presencia de Dios, como consecuencia inevitable luego de un tiempo se encontraron en violación abierta de esos mismos principios. Debemos deplorar y evitar con cuidado tales cosas que tienden a debilitar la fe de los elegidos de Dios y a hacer que los enemigos de la verdad hablen afrentosamente. Es necesario que cada cual reciba su llamamiento y su misión del Señor mismo. Todos aquellos a quienes Cristo llame a algún servicio especial, serán infaliblemente sostenidos en tal servicio, porque jamás envía a nadie a la guerra a sus propias expensas. Pero quien corre sin ser enviado, no solamente escarmentará de su locura, sino que también la manifestará.

Esto, sin embargo, no quiere decir que una persona se pueda erigir en representante de tal o cual idea o presentarse como modelo de carácter especial de un servicio o ministerio. ¡Lejos de ello! Esto sería orgullo puro, insigne locura. La obligación del que enseña es explicar las Escrituras, y la obligación del siervo es hacer patente la voluntad del amo. Pero, aunque comprendamos y admitamos esto, debemos recordar siempre la profunda necesidad que existe de calcular los gastos antes de emprender la edificación de una torre o de salir a la guerra (Lucas 14:28). Menos confusión y miseria se verían entre nosotros si presentáramos más seria atención a esta exhortación. Abraham fue llamado por Dios a salir de Ur para ir a Canaán; por eso Dios también le conducía a lo largo del camino. Cuando paró en Harán, Dios le aguardó; cuando descendió a Egipto, Dios le hizo volver; cuando necesitó ser dirigido, Dios le guió; cuando le sobrevinieron el altercado y la separación, Dios tuvo buen cuidado de él; de suerte que Abraham no pudo menos que decir: “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!” (Salmo 31:19). Abraham no perdió nada en el altercado; después de él le quedaban, como antes, su tienda y su altar. “Abram, pues, removiendo su tienda, vino y moró en el encinar de Mamre, que está en Hebrón, y edificó allí altar a Jehová” (v. 18). Que Lot escoja Sodoma; Abraham, por su parte, busca y halla su todo en Dios. En Sodoma no hubo altar; los que por desgracia caminan en esa dirección, buscan todo menos un altar. No se dirigen hacia Sodoma para rendir culto a Dios; es el amor por el mundo el que les lleva allí. Y aun cuando logren el objeto de su anhelo, ¿cuál será el fin del mismo? La Escritura nos responde: “Él les dio lo que pidieron; mas envió mortandad sobre ellos” (Salmo 106:15).