C. H. Mackintosh

Charles Henry Mackintosh, cuyas iniciales C.H.M. conocen bien muchos cristianos de todo el mundo, nació en octubre de 1820 en el cuartel de Glenmalure, condado de Wicklow, Irlanda. Su padre era capitán del regimiento de «Highlanders» y había servido durante la insurrección en Irlanda. Su madre era la hija de Lady Weldon y provenía de una antigua familia irlandesa. A la edad de dieciocho años el joven experimentó un despertar espiritual por medio de las cartas que su hermana le escribió después de su conversión. Recibió la paz mediante la lectura del escrito de J. N. Darby: «Poder del Espíritu Santo»; especialmente le fueron de ayuda las palabras según las cuales lo que da la paz es la obra de Cristo por nosotros y no en nosotros.

Cuando joven, ya creyente, aceptó un empleo en un comercio de Limerick. Leía mucho la Palabra de Dios y siguió con fervor varios estudios. En 1844 abrió una escuela en Westport y con gran celo se dedicó a la educación. En esa época, su actitud espiritual se evidenciaba en su propósito de dar a Cristo el intangible primer lugar en su vida y considerar Su obra como lo primordial. Por eso en 1853, cuando temió que el trabajo en la escuela llegara a absorberle, renunció a ese servicio.

Mientras tanto, ya había empezado a escribir sus pensamientos acerca de los cinco libros de Moisés. Luego, a intervalos, aparecieron sendos comentarios sobre los cuatro primeros libros de Moisés y dos sobre el quinto. Estos libros, impregnados de un fuerte espíritu evangelizador, tuvieron como consecuencia varias importantes ediciones. El prefacio lo escribió Andrew Miller, quien siempre financió la impresión. Con razón dice de estas meditaciones: «La completa perversión del ser humano a causa del pecado y la perfecta salvación de Dios en Cristo son presentadas detallada, clara y a menudo muy acertadamente».

Como comentarista, C.H.M. tenía un estilo fácilmente comprensible. Sabía presentar vigorosamente sus opiniones. En un primer momento, algunas de sus interpretaciones pueden parecerles singulares a muchos creyentes, pero, en cuanto a la fidelidad a la Palabra de Dios y a la confianza en Cristo, siempre vuelven a ser de gran ayuda.

Después que hubo renunciado a su trabajo docente, C.H.M. fue a Dublín, donde empezó a predicar públicamente. Durante muchos años evangelizó y defendió el Evangelio y la verdad cristiana, y Dios bendijo claramente su servicio. En 1859 y 1860, cuando el despertar se extendió por Irlanda, Mackintosh se mostró muy activo y los primeros tomos de la revista «Things New and Old» (Cosas nuevas y cosas viejas) dan testimonio de su actividad. C.H.M. era un hombre de fe a quien siempre le agradaba testificar que, si bien a menudo Dios le había sometido a pruebas, nunca le había dejado faltar nada mientras estuvo al servicio del Evangelio y carecía de ingresos provenientes de un trabajo material.

Pasó los últimos cuatro años de su vida en Cheltenham, donde prosiguió su servicio por escrito, cuando tuvo que renunciar a su trabajo de evangelización oral a causa de su avanzada edad.

No es difícil apreciar la influencia de sus escritos. Del mundo entero le llegaban cartas con expresiones de agradecimiento y reconocimiento por sus explicaciones de los cinco libros de Moisés.  Sus «Miscellaneous Writings» (Escritos varios) aparecieron en seis tomos, como así también sus pensamientos sobre los cinco libros de Moisés. Su primer escrito, el que data del año 1843, llevaba el título: «La paz de Dios». En 1896, pocos meses antes de fallecer, envió a su editor un manuscrito con el título: «El Dios de paz».

Durmió en su Señor el 2 de noviembre de 1896.

Estudio sobre el libro de los Números

Números

Vamos a emprender el estudio de la cuarta gran división del Pentateuco, los cinco libros de Moisés. Encontraremos que el carácter esencial de este libro es tan manifiesto como el de los tres precedentes, los cuales ya han ocupado nuestra atención. En el libro del Génesis, después de describirse la creación, el diluvio y la dispersión de Babel, tenemos la elección, según Dios, de la simiente de Abraham. En el libro del Éxodo encontramos la redención. El libro del Levítico nos habla de la comunión por medio del culto sacerdotal. En Números observamos la marcha y la lucha en el desierto.

Estudio sobre el libro del Deuteronomio I

Deuteronomio

El libro del Deuteronomio tiene un carácter tan propio como cualquiera de las cuatro secciones anteriores del Pentateuco. Por su título podríamos suponer que este es una simple repetición de los anteriores, pero eso sería un error. Una cosa así no ocurre en la Palabra de Dios; Él nunca se repite. Dondequiera que le discernamos, sea en una página de la Sagrada Escritura o en el amplio campo de la creación, vemos una variedad infinita, una plenitud divina, un plan definido. Nuestra facultad para discernir y apreciar tales cosas será proporcional a nuestra espiritualidad. En esto, como en todo, es necesario que nuestros ojos estén ungidos con colirio celestial.

Estudio sobre el libro del Deuteronomio II

Deuteronomio

El libro del Deuteronomio tiene un carácter tan propio como cualquiera de las cuatro secciones anteriores del Pentateuco. Por su título podríamos suponer que este es una simple repetición de los anteriores, pero eso sería un error. Una cosa así no ocurre en la Palabra de Dios; Él nunca se repite. Dondequiera que le discernamos, sea en una página de la Sagrada Escritura o en el amplio campo de la creación, vemos una variedad infinita, una plenitud divina, un plan definido. Nuestra facultad para discernir y apreciar tales cosas será proporcional a nuestra espiritualidad. En esto, como en todo, es necesario que nuestros ojos estén ungidos con colirio celestial.

Estudio sobre el libro del Éxodo

En el libro del Éxodo el tema central es la redención. Moisés aparece como el libertador de Israel, y la relación de este con Dios es ordenada divinamente por la sangre del cordero pascual. Por medio de distintas imágenes se nos muestra el significado que tiene la cruz de Cristo para Dios y para el hombre. Vemos a Israel, completamente seguro ante la espada del juicio, detrás de las puertas cuyos postes fueron rociados con sangre. También aparece a salvo en la orilla del Mar Rojo, felizmente evadido del poder de su opresor. Simbólicamente vemos aquí la posición de cada verdadero creyente. Librado del juicio eterno y del poder de Satanás por la muerte de Cristo, está preparado para el camino a través del desierto.

Estudio sobre el libro del Génesis

El libro del Génesis ha sido llamado la sementera de la Biblia, dado que en él se refieren los eternos designios del Dios viviente, soberano y todopoderoso. Se puede decir que es la base de toda la revelación que tenemos en los otros 65 libros y la portada majestuosa de la magnífica estructura de la Biblia. Los hebreos le dieron por título la primera palabra hebrea que significa «En el principio», denominación muy apropiada, puesto que en este libro se encuentra el principio u origen de todas las cosas, sean físicas o morales. No hay nada ni nadie que no haya tenido principio con excepción de Dios, el “que es y que era y que ha de venir” y por cuya voluntad “todas las cosas… fueron creadas” (Apocalipsis 1:4, 8; 11:17; 4:11).

Estudio sobre el libro del Levítico

Levítico

Dios es santo, sea cual fuere el lugar desde el que habla. Es santo en el monte Sinaí y es santo en el propiciatorio; pero, en el primer caso, su santidad estaba ligada a “un fuego consumidor”, mientras que en el segundo va unida a la gracia paciente. La unión de la perfecta santidad y de la perfecta gracia es lo que caracteriza a la redención que es en Cristo Jesús, redención que se encuentra prefigurada de diversas maneras en el libro del Levítico.

La conversión y el nuevo nacimiento

El capítulo 1 de la primera epístola a los Tesalonicenses presenta una muy hermosa y notable descripción de lo que podemos llamar verdadera conversión. Esperamos que su estudio resulte de interés y de provecho para nuestras almas, pues nos proporciona una respuesta clara y precisa a la pregunta: «La conversión: ¿Qué es?». Este tema no es de poca importancia. En tiempos como los actuales, es bueno tener una respuesta divina a tal pregunta.

La Iglesia, el cuerpo de Cristo

«Dios tiene una Iglesia en el mundo. Así como antaño había una “congregación en el desierto” (Hechos 7:38), hay hoy una Iglesia que pasa por este mundo como Israel pasaba por el desierto. Israel no era del desierto, sino que pasaba a través de él; la Iglesia de Dios no es del mundo (Juan 17:16): no hace más que atravesarlo. Hay actualmente en la tierra “un Cuerpo”, en el que habita el Espíritu, unido a Cristo, la Cabeza. Esa Iglesia, ese Cuerpo, está constituido por todos los que creen verdaderamente en el Hijo de Dios, y que están unidos en virtud del gran hecho de la presencia del Espíritu Santo. No se trata de una opinión, o de cierta idea que pueda aceptar o no a gusto de cada cual. Es un hecho divino.

La obra de evangelización

«Necesitamos evangelistas; queremos evangelistas sinceros, fieles y de ancho corazón; hombres que conocen su trabajo, y que están decididos, por la gracia de Dios, a dedicarse con empeño a él, sin importar quién lo subestime. Dios ha dicho que los pies del evangelista son “hermosos” (Romanos 10:15). El cielo entero está interesado en la obra de evangelización; y nunca hemos conocido a un santo espiritual en la tierra que no estuviese interesado en esta obra... El evangelio de la gracia de Dios se dirige al hombre perdido, muerto en sus “delitos y pecados” (Efesios 2:1), y no hace ninguna diferencia entre judíos y gentiles.

La persona y la obra de Cristo

Siempre hallamos frescura en cada porción de la Palabra de Dios, pero más especialmente en aquellas partes que nos presentan a la bendita Persona del Señor Jesús; que nos dicen lo que era, lo que hacía, lo que decía, cómo lo hacía y cómo lo decía; que lo presentan a nuestros corazones en sus idas y venidas y en sus inmaculados caminos; en su espíritu, tono y manera, en su mirada y en su gesto. Hay algo en todo esto que domina y atrae el corazón. Es mucho más poderoso que la mera declaración de doctrinas, por importantes que sean, o que el establecimiento de principios, por profundos que sean.

La venida del Señor

«Creemos que se ha oído el grito de medianoche: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!” (Mateo 25:6). Reconocemos el resultado de aquel grito por la gran atención que, desde los años 1830 aproximadamente, se le ha dado a la gloriosa verdad de la venida del Señor. Durante siglos, no se oyó nada sobre el retorno del Esposo. “Mi señor tarda en venir” (Mateo 24:48), fue lo que claramente expresó la Iglesia profesante. La cristiandad estaba dormida. Pero, por la gracia de Dios, se oyó el grito –ese grito que conmueve el alma–: “¡Aquí viene el Esposo; salid a recibirle!”. ¿Estamos preparados? ¿Tenemos el aceite en nuestras vasijas –la verdadera gracia del Espíritu de Dios en nuestros corazones–? ¡Solemne pregunta!

Lecciones del Antiguo Testamento

"Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza" (Romanos 15:4). Estas breves palabras confieren al cristiano, de manera clara e inequívoca, un título que lo habilita a recorrer el vasto y magnífico campo de las Escrituras del Antiguo Testamento y a recoger de allí instrucción y consuelo según la medida de su capacidad y el carácter o la profundidad de su necesidad espiritual.

Temas de doctrina cristiana I

Las doctrinas más interesantes, así como el conocimiento más profundo de las Escrituras, pueden dejar el corazón frío y estéril. Es a Cristo a quien debemos buscar y hallar en la Palabra; y, cuando lo hallamos, debemos alimentarnos de él por la fe. Esto nos dará la frescura, la unción y el poder de vida que tanto necesitamos en estos días de frío formalismo. ¿Qué valor tiene una ortodoxia fría sin un Cristo vivo, conocido en todo su poder y en toda la excelencia de su Persona? La sana doctrina es, sin duda, de inmensa importancia; y todo fiel siervo de Cristo se sentirá imperiosamente llamado a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Pero, después de todo, un Cristo vivo es el alma y la vida, la esencia y la sustancia de la sana doctrina.

Temas de doctrina cristiana II

Las doctrinas más interesantes, así como el conocimiento más profundo de las Escrituras, pueden dejar el corazón frío y estéril. Es a Cristo a quien debemos buscar y hallar en la Palabra; y, cuando lo hallamos, debemos alimentarnos de él por la fe. Esto nos dará la frescura, la unción y el poder de vida que tanto necesitamos en estos días de frío formalismo. ¿Qué valor tiene una ortodoxia fría sin un Cristo vivo, conocido en todo su poder y en toda la excelencia de su Persona? La sana doctrina es, sin duda, de inmensa importancia; y todo fiel siervo de Cristo se sentirá imperiosamente llamado a retener “la forma de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13). Pero, después de todo, un Cristo vivo es el alma y la vida, la esencia y la sustancia de la sana doctrina.

Temas prácticos de la vida cristiana

Nada tiene valor a los ojos de Dios sino lo que brota del amor personal a Cristo y de la comunión con él. Podemos saber las Escrituras al dedillo; podemos predicar con notable elocuencia y fluidez, con una fluidez tal que las almas poco experimentadas pueden muy fácilmente confundir con «poder»; pero, oh, si nuestros corazones no beben profundamente de la Fuente; si el motor que los anima no es hacer del amor de Cristo una realidad práctica, todo terminará en algo fugaz y pasajero.