Estudio sobre el libro del Deuteronomio II

Segunda parte

Bendición profética de Moisés, hombre de Dios

Comparación con Génesis 49

Esta es la bendición con la cual bendijo Moisés varón de Dios a los hijos de Israel, antes que muriese” (v. 1).

Es muy interesante y alentador ver que las últimas palabras del escritor fueron de bendición. Hemos hablado acerca de sus discursos, aquellas solemnes advertencias dirigidas a la congregación de Israel. Hemos meditado sobre su maravilloso cántico con sus notas alternadas de gracia y de gobierno. Ahora vamos a oír palabras de bendición, de confortamiento y consuelo, que fluyen del mismo corazón del Dios de Israel, que traducen sus amorosos pensamientos respecto a ellos y dan un vistazo a su glorioso porvenir.

El lector observará una marcada diferencia entre estas últimas palabras de Moisés y las últimas palabras de Jacob en Génesis 49. Ambas son divinamente inspiradas. Por lo tanto, aunque diferentes, no están en contradicción, porque no puede haber desacuerdo entre dos secciones del Libro de Dios. Esta es una verdad cardinal, un principio fundamental que debe ser abrazado y fielmente confesado por todo cristiano sincero y piadoso, frente a todos los asaltos de la incredulidad.

Señalaremos, pues, el punto de diferencia principal. Jacob recuerda las acciones de sus hijos, muchas de ellas tristes y humillantes; Moisés, en cambio, presenta las acciones de la gracia divina en ellos o para ellos. Esto explica la diferencia. Las malas acciones de Rubén, Simeón y Leví son registradas por Jacob, pero omitidas por Moisés. ¿Hay contradicción en esto? De ningún modo. Hay una divina armonía. Jacob considera a sus hijos en su historia personal. Moisés los considera en su relación con el pacto de Jehová. Jacob muestra las faltas humanas, la debilidad y el pecado; Moisés hace resaltar la fidelidad divina, la bondad y la benevolencia. Jacob nos habla de los actos humanos y del juicio de los mismos; Moisés nos presenta los consejos de Dios y las bendiciones que de ellos proceden. ¡Gracias y alabanzas a nuestro Dios! Sus consejos, sus bendiciones y su gloria están por encima de todo fracaso, pecado y locura humanos. Su voluntad se cumplirá totalmente y para siempre. Israel y las naciones serán plenamente bendecidos y se regocijarán juntos en la abundante bondad de Dios. Proclamarán sus alabanzas “de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra” (Salmo 72:8).

La bendición de cada tribu

Las diversas bendiciones de las tribus están llenas de preciosas instrucciones y no requieren muchas explicaciones.

“Dijo: Jehová vino de Sinaí, y de Seir les esclareció; resplandeció desde el monte de Parán, y vino de entre diez millares de santos, con la ley de fuego a su mano derecha. Aun amó a su pueblo”; ¡precioso e infalible manantial de todas sus futuras bendiciones! “Todos los consagrados a él estaban en su mano”; ¡verdadero secreto de su perfecta seguridad! “Por tanto, ellos siguieron en tus pasos” –¡la única situación segura y apropiada para ellos, para nosotros y para todos!– “recibiendo dirección de ti” (v. 1-3). ¡Bendita dádiva! ¡Precioso tesoro! Cada palabra que procede de la boca de Dios es mucho más preciosa que millares de oro y plata, más dulce asimismo que la miel y los panales.

Rubén y Judá

“Cuando Moisés nos ordenó una ley, como heredad a la congregación de Jacob. Y fue rey en Jesurún, cuando se congregaron los jefes del pueblo con las tribus de Israel. Viva Rubén, y no muera; y no sean pocos sus varones” (v. 4-6). Nada se nos dice aquí de la inconstancia de Rubén, ni de su pecado. Predomina la gracia. Las bendiciones fluyen en rica abundancia del corazón de Dios.

“Esta bendición profirió para Judá. Dijo así: Oye, oh Jehová, la voz de Judá, y llévalo a su pueblo; sus manos le basten, y tú seas su ayuda contra sus enemigos” (v. 7). Judá es la estirpe real.

Nuestro Señor vino de la tribu de Judá
(Hebreos 7:14).

Esto ilustra cómo la divina gracia se eleva en toda su majestad por encima del pecado humano y triunfa gloriosamente sobre las circunstancias que revelan la debilidad humana. “Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara” (Mateo 1:3). ¿Quién, sino el Espíritu Santo, pudo haber escrito estas palabras? ¡Los pensamientos de Dios no son como nuestros pensamientos! ¿Qué mano humana hubiera osado introducir a Tamar en la línea genealógica de nuestro adorable Señor y Salvador Jesucristo? Ninguna. La huella de la divinidad está impresa en Mateo 1:3 como lo está en toda cláusula del divino Libro, desde el principio al fin. ¡Alabado sea nuestro Señor porque es así! Veamos también las dos citas siguientes:

1.  “Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán a ti. Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo: ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos. Atando a la vid su pollino, y a la cepa el hijo de su asna, lavó en el vino su vestido, y en la sangre de uvas su manto. Sus ojos, rojos de vino, y sus dientes blancos de la leche” (Génesis 49:8-12).

2.  “Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos. Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra” (Apocalipsis 5:1-6).

¡Cuán altamente favorecida es la tribu de Judá! Figurar en la línea genealógica de la que nació nuestro Señor es un alto honor, y sin embargo sabemos que es mucho más excelente y bendito oír la Palabra de Dios y guardarla. Hacer la voluntad de Dios, y atesorar sus preciosos mandamientos en nuestros corazones nos lleva moralmente más cerca de Cristo (Mateo 12:46-50).

Leví, pero no Simeón

“A Leví dijo: Tu Tumim y tu Urim (luces y perfecciones) sean para tu varón piadoso, a quien probaste en Masah, con quien contendiste en las aguas de Meriba, quien dijo de su padre y de su madre: nunca los he visto; y no reconoció a sus hermanos, ni a sus hijos conoció; pues ellos guardaron tus palabras, y cumplieron tu pacto. Ellos enseñarán tus juicios a Jacob, y tu ley a Israel; pondrán el incienso delante de ti, y el holocausto sobre tu altar. Bendice, oh Jehová, lo que hicieren, y recibe con agrado la obra de sus manos; hiere los lomos de sus enemigos, y de los que le aborrecieren, para que nunca se levanten” (v. 8-11).

El lector observará que aquí no se menciona a Simeón, aunque está íntimamente asociado con Leví en Génesis 49: “Simeón y Leví son hermanos; armas de iniquidad sus armas. En su consejo no entre mi alma, ni mi espíritu se junte en su compañía. Porque en su furor mataron hombres, y en su temeridad desjarretaron toros. Maldito su furor, que fue fiero; y su ira, que fue dura. Yo los apartaré en Jacob, y los esparciré en Israel” (v. 5-7).

Ahora bien, cuando comparamos Génesis 49 con Deuteronomio 33, observamos dos cosas: por un lado la responsabilidad humana, y por el otro la soberanía divina. Además, vemos la naturaleza y sus hechos, la gracia y sus frutos. Jacob ve a Simeón y Leví unidos en naturaleza, desplegando los caminos y características de esa naturaleza. Ambos merecían la maldición. Pero en Leví vemos los gloriosos triunfos de la gracia soberana. Esta gracia capacitó a Leví en los días del becerro de oro para ceñir la espada y defender la gloria del Dios de Israel. “Se puso Moisés a la puerta del campamento, y dijo: ¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres. Entonces Moisés dijo: Hoy os habéis consagrado a Jehová, pues cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano, para que él dé bendición hoy sobre vosotros” (Éxodo 32:26-29).

¿Dónde estaba Simeón en esta ocasión? Estuvo con Leví el día que hicieron su propia voluntad y se dejaron llevar por la cruel ira. ¿Por qué no estuvo con él el día de la valerosa decisión en favor de Jehová? Estuvo listo para ir con su hermano a vengar una ofensa a la familia. ¿Por qué no lo estuvo para defender el honor de Dios, insultado por el acto idolátrico de toda la congregación? ¿Dirá alguien que Simeón no era responsable? Cuidémonos de suscitar semejante cuestión. El llamamiento de Moisés fue dirigido a toda la congregación. Pero solo Leví respondió, y obtuvo la bendición. Apoyar la causa de Dios en el día malo le permitió ser honrado con el sacerdocio, la más alta dignidad que podía conferírsele. Dios es soberano y obra como quiere sin dar cuenta a nadie de sus actos. Si alguien preguntara: “¿Por qué Simeón es omitido en Deuteronomio 33?”. La respuesta sencilla y concluyente sería: “Oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?” (Romanos 9:20).

En Simeón vemos juzgados los actos de la naturaleza humana, mientras que en Leví hallamos recompensados los frutos de la gracia. En ambos se halla la verdad de Dios reivindicada y su nombre glorificado. Así ha sido, es y será siempre. El hombre es responsable y Dios es soberano. ¿Somos llamados a conciliar estas dos cláusulas? No, pero sí somos llamados a creerlas. Ellas ya están conciliadas puesto que aparecen una al lado de la otra en las páginas inspiradas. Esto es suficiente para toda alma piadosa; y en cuanto a los que argumentan por incredulidad, no tardarán en obtener una respuesta a sus objeciones. 1

  • 1Más detalles sobre la tribu de Leví se encuentran en Éxodo 32 y Números 3, 4 y 8.

Benjamín

“A Benjamín dijo: El amado de Jehová habitará confiado cerca de él; lo cubrirá siempre, y entre sus hombros morará” (v. 12).

¡Sitio bendito para Benjamín, como también para todo hijo de Dios! Cuán precioso es el pensamiento de habitar seguro en la presencia divina, en consciente cercanía del verdadero y fiel Pastor y Obispo de nuestras almas, al abrigo de sus alas protectoras día y noche.

 

Cuán felices son los que se mantienen
Al abrigo de tu ala protectora
Que la vida y fuerzas de ti reciben,
Que en ti se mueven y en ti viven.

 

Lector, procure conocer mucho más de la real felicidad del sitio y la porción ocupados por Benjamín. Que el gozo de la presencia de Cristo, su permanente comunión y proximidad, sean lo único que lo satisfagan. Que nada lo despoje de este privilegio. Permanezca cerca del Pastor, reposando en su amor y alimentándose en sus verdes pastos junto a las tranquilas aguas. ¡Que el Señor nos haga experimentar estas preciosas bendiciones! ¡Saboreemos el inefable valor de una profunda y personal intimidad con él! De ello tenemos una imperiosa necesidad en estos días. ¡Vemos tanto conocimiento intelectual de la verdad, y tan poco conocimiento afectuoso y aprecio por Cristo!

José

“A José dijo: Bendita de Jehová sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo. Con los más escogidos frutos del sol, con el rico producto de la luna, con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos, y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud; y la gracia del que habitó en la zarza venga sobre la cabeza de José, y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos. Como el primogénito de su toro es su gloria, y sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; ellos son los diez millares de Efraín, y ellos son los millares de Manasés” (v. 13-17).

José es una figura muy notable de Cristo. Lo vimos en nuestros estudios sobre el libro del Génesis. El lector habrá notado la manera enfática con que Moisés habla del hecho de haber sido separado de sus hermanos. Fue rechazado y echado a una cisterna. Pasó, de un modo figurado, por las profundas aguas de la muerte, y así alcanzó el sitio de dignidad y gloria. Fue sacado de la cárcel para ser el gobernante de la tierra de Egipto, el preservador y sustentador de sus hermanos. El hierro penetró en su alma, y tuvo que probar la amargura de la muerte antes de entrar en la esfera de la gloria. Notable arquetipo de Aquel que colgó en la cruz, yació en el sepulcro y ahora está sobre el trono de la majestad en los cielos.

No podemos menos que admirarnos al ver la abundancia de bendiciones pronunciadas sobre José, tanto por Moisés en nuestro capítulo como por Jacob en Génesis 49. Las expresiones de Jacob son extraordinariamente bellas. “Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro. Le causaron amargura, le asaetearon, y le aborrecieron los arqueros; mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte de Jacob (por el nombre del Pastor, la Roca de Israel), por el Dios de tu padre, el cual te ayudará, por el Dios Omnipotente, el cual te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre. Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores; hasta el término de los collados eternos serán sobre la cabeza de José, y sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermanos” (v. 22-26).

¡Qué magnífico conjunto de bendiciones! Pronto todas ellas se cumplirán para Israel. Los sufrimientos del verdadero José formarán el fundamento imperecedero de la futura felicidad de sus hermanos en la tierra de Canaán. El río de bendición, profundo y pleno, fluirá de este país altamente agraciado entonces, y desolado hoy, e irán a refrescar toda la tierra.

Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas, la mitad de ellas hacia el mar oriental, y la otra mitad hacia el mar occidental, en verano y en invierno
(Zacarías 14:8).

¡Qué brillante perspectiva para Jerusalén, para el país de Israel y para toda la tierra! Pero, ¡qué lamentable equivocación es querer aplicar esas Escrituras a la dispensación de la gracia o a la Iglesia del Dios vivo! ¡Cuán contrario es esto al testimonio de la Santa Escritura, al corazón de Dios, y al pensamiento de Cristo!

Zabulón e Isacar

“A Zabulón dijo: Alégrate, Zabulón, cuando salieres; y tú, Isacar, en tus tiendas. Llamarán a los pueblos a su monte; allí sacrificarán sacrificios de justicia, por lo cual chuparán la abundancia de los mares, y los tesoros escondidos de la arena” (v. 18-19).

Zabulón debía alegrarse de su salida, e Isacar de permanecer en sus tiendas. Habrá gozo en casa y fuera de ella. También habrá poder para obrar sobre otros, llamando a los pueblos al monte de Dios para ofrecer sacrificios de justicia. Todo esto está basado en el hecho de que ellos mismos chuparán la abundancia de los mares y de los tesoros escondidos. En principio, así sucede siempre. Nuestro privilegio es alegrarnos en el Señor, suceda lo que suceda (Filipenses 4:4). Extraigamos de aquellas fuentes eternas los tesoros escondidos que se encuentran en Él mismo. Entonces estaremos en un estado de alma adecuado para llamar a otros a que prueben y vean que el Señor es bueno. Podremos presentar a Dios aquellos sacrificios de justicia que le son agradables.

Gad, Dan, Neftalí y Aser

“A Gad dijo: Bendito el que hizo ensanchar a Gad; como león reposa, y arrebata brazo y testa. Escoge lo mejor de la tierra para sí, porque allí le fue reservada la porción del legislador. Y vino en la delantera del pueblo; con Israel ejecutó los mandatos y los justos decretos de Jehová. A Dan dijo: Dan es cachorro de león que salta desde Basán. A Neftalí dijo: Neftalí, saciado de favores, y lleno de la bendición de Jehová, posee el occidente y el sur. A Aser dijo: Bendito sobre los hijos sea Aser; sea el amado de sus hermanos, y moje en aceite su pie. Hierro y bronce serán tus cerrojos, y como tus días serán tus fuerzas. No hay como el Dios de Jesurún, quien cabalga sobre los cielos para tu ayuda, y sobre las nubes con su grandeza. El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos; él echó de delante de ti al enemigo, y dijo: Destruye. E Israel habitará confiado, la fuente de Jacob habitará sola en tierra de grano y de vino; también sus cielos destilarán rocío. Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo? Así que tus enemigos serán humillados, y tú hollarás sobre sus alturas” (v. 20-29).

Aquí es inútil todo comentario humano. Nada puede igualar al valor de la gracia que se desprende de las últimas líneas de nuestro capítulo. Las bendiciones de este, así como el cántico del capítulo 32, empiezan y terminan con Dios y sus maravillosos tratos para con Israel. Esta magnífica conclusión del Deuteronomio refresca y alienta por encima de cualquier expresión. La gracia y la gloria brillan con extraordinario fulgor. Dios será aún glorificado en Israel, e Israel será plena y eternamente bendecido en Dios. Nada ni nadie podrá impedir esto.

Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios
(Romanos 11:29).

Toda jota y toda tilde de su preciosa Palabra se cumplirán para Israel. Las últimas palabras del legislador dan el más completo y claro testimonio de ello. Si solo tuviéramos los cuatro últimos versículos de este precioso capítulo, serían más que suficientes para probar la futura restauración, bendición, preeminencia y gloria de las doce tribus de Israel en su propia tierra.

También es cierto que de las bendiciones pronunciadas sobre Israel, la Iglesia puede sacar instrucción, consuelo y refrigerio. Podemos saber lo que es ser “saciado de favores, y lleno de la bendición de Jehová”. Podemos ser confortados con la seguridad de que “como tus días serán tus fuerzas”. Nosotros también podemos decir: “El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos”. Podemos expresar lo que Israel jamás pudo ni podrá decir. Las bendiciones y los privilegios de la Iglesia son celestiales y espirituales; pero esto no impide que encontremos consuelo en las promesas hechas a Israel. El gran error de los cristianos profesantes consiste en aplicar a la Iglesia lo que del modo más manifiesto se aplica al pueblo terrenal de Dios. Cuidémonos de incurrir en este grave error. No tengamos el más mínimo temor de perder algo de bendición al dejar para la descendencia de Abraham el sitio y la porción que los propósitos y las promesas de Dios les tienen asignados. Al contrario, solo si comprendemos esto, podremos hacer un uso inteligente de la Escritura del Antiguo Testamento, pues nadie puede entender e interpretar la Escritura si no reconoce claramente la gran distinción que existe entre Israel y la Iglesia de Dios.