Capítulo 47
Frente a Faraón
El gran José hubiera podido avergonzarse de esta familia de simples pastores venidos a mendigar trigo porque tenían hambre, de esos extranjeros sospechosos de ser espías y ladrones. ¡Eso sería no conocerlo! Ante todos los reconoce como sus hermanos. Y para Faraón es suficiente que sean hermanos de José para que la gloria del salvador de Egipto se proyecte sobre ellos. En eso también volvemos a encontrar a Jesús. No le da vergüenza llamarnos sus hermanos (Hebreos 2:11). Y a causa de Él, Dios nos recibe con favor, pues hemos sido hechos aceptos en el Amado (Efesios 1:6). José presenta su padre a Faraón. ¡Escena conmovedora y llena de belleza! Un pobre anciano encorvado sobre su báculo bendice al potente monarca. De los dos, según la apreciación divina, el hombre de Dios es más excelente (Hebreos 7:7).
Generalmente los que ocupan altos cargos se distancian de los demás; pero en José, su gloria no atenúa en nada su cariñosa solicitud hacia los suyos y sus familias. Los bienes que distribuye son medidos “según el número de los hijos” (v. 12). ¡Figura admirable de nuestra relación con Cristo y de todo lo que resulta de ella! Desde ahora poseemos la mejor parte (v. 11). Nuestra fe puede faltar, pero Su gracia fiel jamás faltará.
El Señor cuida de los suyos
El cumplimiento del sueño de Faraón era inseparable de la persona de José. Primero la abundancia y luego el hambre hicieron que José fuera reconocido como el sustentador de la vida, el salvador del mundo (v. 25).
Cristo es el centro de las profecías. Pronto poseerá el dominio universal. Todas las familias de las naciones se postrarán ante Él (Salmo 22:27). Pero, para pertenecerle y rendirle homenaje, los creyentes no esperan hasta ese momento. Jesús realiza un trabajo en ellos. Empieza por saciar a aquellos cuyas almas tienen necesidades (Salmo 107:9). Después, como José con los egipcios, hace que poco a poco todo se encuentre sometido a Dios. Aceptar los derechos del Señor sobre nuestros días, bienes, cuerpos y corazones, tal es el secreto de una entera liberación. El Señor no se contenta con un sacrificio cualquiera de nuestra parte. Nos reclama por entero en virtud del derecho que adquirió sobre nosotros. Nos ha comprado a gran precio para Dios (1 Corintios 6:19-20). Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que hemos llegado a ser los felices siervos de Dios y del Señor Jesucristo (comp. Santiago 1:1), con todas las consecuencias que eso acarrea. En adelante dependemos enteramente de Él, no solamente para ser provistos de todo, sino también para que en nuestra vida haya frutos para su gloria.
Adorar y mirar el camino recorrido
La larga vida de Jacob está a punto de terminar. El patriarca ha reconocido ante Faraón que sus días fueron cortos y malos (cap. 47:9). Ha pasado por experiencias penosas y, por su culpa, ha perdido muchos años. Su carrera no ha alcanzado el nivel espiritual de la de Abraham o Isaac. ¿Por qué, entonces, no sabemos nada de los últimos momentos de esos patriarcas y, en cambio, el fin de Jacob nos es contado con detalles? Precisamente porque su triunfante fin subraya y glorifica la gracia de Dios para con él; esta es el coronamiento de Su paciente trabajo de disciplina; era necesario que nosotros pudiésemos admirar el fruto. Jacob recuerda el camino de su vida y evoca las etapas: Luz –es decir, Bet-el–, donde Dios se le dio a conocer; Efrata y la muerte de Raquel. Consideremos nosotros también el camino recorrido. Todas nuestras miradas hacia atrás harán sobresalir la misericordia de Aquel que, con el mismo amor, nos ha dirigido, soportado, reprendido, consolado. Ahora Jacob se inclina a la cabecera de la cama (cap. 47:31), donde, como lo traduce Hebreos 11:21, adora, apoyado sobre el extremo de su bordón de peregrino. Sin esperar nuestro último día de vida, ¡quiera Dios que esta sea nuestra respuesta al amor del Señor Jesús!
