Capítulo 11
La torre de Babel
Aquí asistimos a la fundación de Babel (o Babilonia), la que a través de toda la Escritura representa al mundo con su orgullo y codicia. También discernimos en ella las pretensiones de unificación que tendrá la Babilonia religiosa, la falsa Iglesia de Apocalipsis 17 y 18. El hombre quiere hacer frente a Dios uniendo sus fuerzas, quiere trabajar para su propia gloria. “Hagámonos un nombre…” (contraste con Salmo 148:13). Mas veamos en otra ocasión la respuesta de Dios a la provocación ridícula de los hombres unidos contra Él:
El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos.
(Salmo 2:4; ver también Isaías 8:9)
Jehová confunde la lengua de los hombres de Babel y los esparce (v. 7, 8).
En contraste, el Nuevo Testamento nos presenta “la Iglesia del Dios viviente”, fundada por Cristo y formada por el Espíritu Santo (1 Timoteo 3:15; Mateo 16:18). En Pentecostés, a los apóstoles les fue dado hablar en lenguas para hacer entender, por gracia, a todas las naciones en una forma rápida y eficaz, “las maravillas de Dios” (Hechos 2:11). Y, en el capítulo 5 del Apocalipsis, la multitud de los rescatados que rodean el trono del Cordero está compuesta “de todo linaje y lengua y pueblo y nación”.
Los versículos 10 a 26 establecen la descendencia de Sem, la que volvemos a encontrar en la genealogía del Señor Jesús (Lucas 3:36).
El llamamiento de Abram
En el tiempo posterior al diluvio, la idolatría progresó tremendamente (leer Josué 24:2). Esta vez Dios deja que el mal siga su curso, pero llama a un hombre a separarse de ese mal.
Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció…; y salió sin saber a dónde iba.
(Hebreos 11:8)
«Abraham salió con los ojos cerrados, pero el Dios de gloria lo conducía por la mano» (J.G.B. – Véase también Hechos 7:3). La orden de Dios, acompañada de una séptupla promesa (v. 2, 3), le es suficiente para ponerse en camino. Obedecer nos es naturalmente contrario, incluso cuando conocemos la razón de lo que se nos pide. Pero, para obedecer sin comprender, para salir sin conocer el destino, hace falta la fe, o dicho de otra manera, una confianza absoluta en aquel que ha dado la orden. Abraham es en la Escritura el modelo de la fe. Lo que caracteriza a ésta es el abandono de las cosas visibles por un objeto invisible (2 Corintios 4:18). En oposición a los constructores de ciudades en la tierra (Caín, los hombres de Babel), Abraham dirige sus miradas hacia la Ciudad celestial, “cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10). Y esta espera hace de él un extranjero en la tierra. No tendrá en lo sucesivo más que su tienda y su altar (v. 8), atestiguando el doble carácter de peregrino y adorador que tiene el hombre de fe en todos los tiempos.
