Capítulo 29
Jacob llega a la casa de Labán
Te guardaré por dondequiera que fueres… porque no te dejaré,
(cap. 28:15)
había prometido Jehová a Jacob durante la noche pasada en Bet-el. Cuánto consuelo da pensar que el ojo de Dios sigue continuamente a los suyos, incluso cuando ellos descuidan mirarle (Salmo 32:8). Estos providenciales cuidados conducen a Jacob a la familia de su madre, junto a su tío Labán. Asistimos de nuevo a un encuentro cerca de un pozo, quizás el mismo del capítulo 24. Pero esta vez no oímos ninguna oración de la boca del viajero, ni para pedir a Dios que le proporcione un encuentro feliz, ni para darle gracias por haber hecho prosperar su viaje. Tampoco vemos a la joven dar de beber al visitante cansado. ¡Qué diferencia también en la casa de Labán! Jacob cuenta “todas estas cosas” (v. 13), pero no oímos en su relato ninguna mención del nombre de Jehová, ni de la manera en que Él ha bendecido a su familia (comp. cap. 24:35), ni nada sobre su encuentro en Bet-el. ¿Cuáles son nuestros temas habituales de conversación cuando nos encontramos con un pariente o un amigo cristiano? ¿Aprovechamos para conversar sobre temas edificantes? ¿Es el Señor el centro? Para que así sea, es necesario que nuestros corazones estén continuamente con Él.
Sufriendo lo que hemos infligido a otros
La historia de Jacob es la de la disciplina o, dicho de otra manera, la escuela por la cual Dios hace pasar a los suyos. Es a menudo una escuela penosa, pues Hebreos 12:11 afirma –y nuestra experiencia lo confirma– “que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza”. Pero la finalidad de Dios es guiarnos a “lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad” (v. 10). La clase en la cual entra Jacob durará veinte años, los que pasará en una condición cercana a la esclavitud. ¿Y cómo le enseñará Dios sus lecciones? Permitirá que le hagan lo mismo que él ha hecho a otros. Jacob, cuyo nombre significa «el que suplanta» y que estaba bien justificado, será a su vez robado y despojado. ¡Había engañado a su padre, él, el más joven, haciéndose pasar por el mayor! ¡Tiene que enfrentarse ahora a un padre que lo engaña haciendo pasar a su hija mayor por la más joven! Cuántas veces descubrimos la molestia y la maldad de nuestros actos solo cuando a nuestra vez los sufrimos de parte de los otros (Jueces 1:7; Isaías 33:1, final). El único tema feliz del cual nos habla este capítulo es el amor devoto de Jacob por Raquel. Pensamos en el amor de Aquel que, para adquirirnos, vino a ser el Siervo perfecto.
