Génesis
Génesis

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 41

Los sueños de Faraón

La oración del malhechor nos ha sido recordada anteriormente: “Acuérdate de mí” (Lucas 23:42). En el capítulo 40:14 es José quien pide al copero, cuando este va a ser liberado: ¡“Acuérdate, pues, de mí”! Es triste leer en el versículo 23 del mismo capítulo:

El jefe de los coperos no se acordó de José, sino que le olvidó.
(v. 23)

En lo que nos concierne, rescatados del Señor, beneficiarios de su gran salvación ¿no somos frecuentemente ingratos al olvidar a aquel que nos ha salvado? Aunque todo lo debemos a Jesús, descuidamos hablar de él a aquellos que no tienen el privilegio de conocerle. Como el Señor sabía que nuestros corazones son olvidadizos, cuando instituyó la Cena, dio a los suyos el pan y la copa pidiéndoles: “Haced esto en memoria de mí” (Lucas 22:19).

Después del sueño de Faraón, el copero recuerda. Debió de costarle decir:

Me acuerdo hoy de mis faltas.
(v. 9)

Pero no podía hablar de José sin decir dónde y por qué lo había encontrado. Igualmente, para dar testimonio de Jesús, Salvador nuestro, no temamos reconocer en qué estado de miseria y de pecado nos encontrábamos cuando nos hizo conocer la liberación.

Los buenos consejos de José

Como Faraón, turbado por un sueño, los hombres están hoy día atormentados, ansiosos. El futuro les inquieta. Se sienten a la merced de imprevisibles catástrofes. No obstante, la Biblia contiene todo lo que el hombre puede saber respecto al porvenir. Pero las profecías son incomprensibles para aquellos que no tienen el Espíritu de Dios. En vano Faraón consulta a los más sabios de su reino. Ante Dios toda la sabiduría humana fracasa. Entonces aparece José. Le son abiertas las puertas de la cárcel y, con la sabiduría de lo alto viene a traer “una respuesta de paz” a Faraón. No deja de aclarar que esta respuesta viene de Dios y no de él mismo (comp. Daniel 2:28).

Un cristiano que conoce la Biblia sabe más sobre el porvenir del mundo que los hombres políticos más listos. Por el Espíritu Santo, Dios “nos ha dado entendimiento” (leer Juan 16:13; 1 Juan 2:20, 5:20). Espiritualmente hablando, nuestra época corresponde a un período de abundancia. Para el mundo será seguida por un tiempo de hambre anunciado por los profetas,

No hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Jehová.
(Amós 8:11)

El tiempo de la gracia habrá terminado. Lector, ¿está usted preparado?

El Salvador del mundo

Una gran página de la historia de José ha dado vuelta. Después de los sufrimientos vienen las glorias (comp. Lucas 24:26). El que otrora fue afligido, echado en la cisterna, esclavizado en un país extranjero y encarcelado, llega a ser el señor del país (cap. 42:30), el salvador del mundo, aquel ante quien todas las rodillas se doblan (ver nota, v. 43). Cada uno de esos títulos nos habla de Aquel que, después de haber sido humillado y despreciado, será honrado por todos y por siempre. A Jesús, el Nazareno, Dios le elevó a lo sumo y le coronó de gloria y de honra (Hebreos 2:7). Y, como complemento supremo de todas esas glorias, a José le es dada una esposa, imagen de la Iglesia, tomada de en medio de las naciones (Efesios 1:20-23). Los nombres de sus hijos evocan el penoso trabajo del alma del salvador. Manasés (v. 51): trabajo olvidado. Efraín (v. 52): para gustar fruto en abundancia (comp. Isaías 53:11).

El Salmo 105:16 a 21, ya citado, resume esta historia magnífica. Dios, antes de enviar a la tierra el hambre que ya había decretado, preparó a José (tipo de Cristo) por medio de sus aflicciones, para desempeñar el papel de salvador y sustentador de la vida para el mundo y para la familia de Israel (Efraín = doble fertilidad). Nosotros también podemos exclamar con admiración, respecto a Jesús:

¿Acaso hallaremos a otro hombre como este?
(v. 38)

El hambre causa estragos

Lo que el Señor anuncia se cumple infaliblemente. Así ocurre con la palabra de José, que era la de Dios mismo. Los siete años de abundancia pasan y después comienza el hambre.

Dios ensaya todos los medios para volver hacia Él los pensamientos de los hombres. Por eso en el mundo se suceden la paz y la guerra, la abundancia y las privaciones, al igual que en la vida de cada ser humano se suceden las alegrías y las pruebas. Desgraciadamente, los hombres casi no piensan en dar gracias al Señor por el gozo que les otorga y generalmente tampoco acuden a Él para encontrar el socorro en sus pruebas. Sin embargo, así como Faraón mandaba: “Id a José”, el Espíritu de Dios apremia a los hombres para que se vuelvan hacia el Salvador, y Él mismo llama: “Venid a mí” (Mateo 11:28). Sí, vayamos al Único que da en abundancia lo que nuestras almas necesitan para ser alimentadas. Sepamos también aprovechar las épocas de abundancia espiritual, las reuniones o lecturas edificantes por ejemplo, para llenar los “graneros” de nuestra memoria y de nuestros corazones (Proverbios 10:5). En los momentos de necesidad, de soledad, de desaliento, lo que hayamos reservado nos dará fuerza y gozo en el Señor. Sobre todo, no olvidemos el final del versículo 55:

Haced lo que él os dijere.
(comp. Juan 2:5)