Capítulo 37
José, imagen de Jesucristo
Empezamos ahora la bella historia de José. Probablemente no exista en toda la Escritura un personaje que represente en «figura» al Señor Jesús de una manera más completa. José, objeto del amor particular de su padre, es al mismo tiempo víctima del odio y de la envidia de sus hermanos, los hijos de Israel (comp. Juan 3:19; Mateo 21:38). Da testimonio contra ellos de la maldad que los caracteriza (v. 2) y ante ellos de su exaltación futura, la cual rehúsan creer. Así también Cristo, centro de las profecías respecto a la tierra (v. 7) y al cielo (v. 9), fue el testigo fiel y verdadero contra el mundo y sus malas obras (Juan 7:7) y, para con el mundo, de Sus propias glorias futuras (Mateo 26:64). Jacob vistió a José con una túnica de diversos colores, marca visible de su favor y que nos recuerda que Jesús ha sido designado públicamente como el objeto de las delicias del Padre (Mateo 3:17; Hechos 2:22). José es, para cada uno de nosotros, un modelo de obediencia. “Heme aquí”, responde cuando su padre lo envía a visitar a sus hermanos, quienes, no obstante, lo aborrecen (v. 13). ¡Pero en Jesús tenemos un modelo más grande! Se presentó con una obediencia perfecta cuando el Padre quiso enviarlo:
He aquí, vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado.
(Salmo 40:7-8)
Rechazado y vendido
El largo camino seguido por José en busca de sus hermanos recuerda el que recorrió el Hijo de Dios para buscar y salvar a los que estaban perdidos. Primeramente camino de despojamiento: siendo Dios, se hizo hombre. Luego, camino de humillación hasta la muerte, sí, hasta la muerte de cruz (Filipenses 2:7-8).
Después viene el crimen cuyos detalles hablan de la cruz de Cristo: sus hermanos urden ruines conspiraciones para matar a aquel que había venido a servirles (Salmo 109:5; Jeremías 11:19; Juan 11:53);
Se juntan contra la vida del justo, y condenan la sangre inocente.
(Salmo 94:21)
Lo despojan de su vestido (Salmo 22:18) y lo echan en la cisterna, imagen de la muerte. Todos esos sufrimientos fueron en su plena realidad la parte del Salvador.
Finalmente venden a José como esclavo por veinte piezas de plata a unos extranjeros. Aquel que es más grande que José fue vendido por treinta piezas, hermoso precio en el que fue estimado por ellos (Zacarías 11:13), y luego fue entregado por los judíos a Pilato. ¡Qué desamparado debió sentirse José! ¡Y cuánto más grande fue la angustia de Aquel de quien José no es más que una débil imagen, cuando tuvo que pasar por todos esos dolores, por una muerte verdadera y por el abandono de Dios, por amor a usted y a mí!
