Capítulo 44
No intentar justificarse
La red se estrecha alrededor de los hermanos de José. Circunstancias imprevisibles, pero dirigidas por una mano fiel, les obligan a volverse atrás y a comparecer ante aquel que todo lo sabe. Ahora la conciencia de ellos ha sido conmovida.
¿Qué diremos… con qué nos justificaremos?
(v. 16)
Moralmente, ¡cuánto camino han recorrido desde el momento en que pretendían ser gente honrada! (cap. 42:11). Por eso la liberación se aproxima.
Como toda la historia de José, estas escenas tienen un alcance profético. Israel, provisionalmente puesto de lado como consecuencia del rechazamiento de Cristo –el verdadero José– será llevado a reconocer su crimen. Verá en el Nazareno al que despreció y crucificó, a aquel a quien Dios ha hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36), su Mesías y, al mismo tiempo, el Hijo del Hombre que debe reinar sobre el universo entero. No obstante, para llegar a ese trabajo de conciencia, todavía hace falta que Israel, y especialmente la tribu de Judá, atraviese un tiempo de profundas pruebas, llamado la “gran tribulación” (Apocalipsis 7:14). La angustia de los hermanos de José hasta que confiesan su crimen evoca la que soportará el pueblo judío antes de reconocer y de honrar a su Mesías.
Una súplica conmovedora
La finalidad de José era llevar a sus hermanos a pensar en el momento en que, veinte años atrás, junto a la cisterna, habían permanecido insensibles a su angustia cuando pedía piedad (cap. 42:21), así como al dolor de su anciano padre cuando le habían anunciado cruelmente su muerte. Y José quiere ver si ahora son capaces de comprender el sufrimiento de un joven hermano y el de su padre. Pues bien, ¡al final logra conmover sus corazones! ¡Cuán conmovedor es escuchar a Judá hablar de su anciano padre y de su joven hermano, hijo de su vejez!
¡Qué lecciones aprendemos nosotros también! Ponernos en el lugar de los demás para comprender sus alegrías y sobre todo sus penas. Y aún más: entrar de corazón en los afectos del Padre a propósito de su Hijo, en su dolor cuando vio a su Muy Amado en las manos de hombres malvados y oyó su grito sin poderle responder. Finalmente, penetrar aunque sea un poco en los sufrimientos del Hijo cuando llevó el peso de nuestros pecados ante la justicia divina y, cuando en la angustia infinita de su alma, experimentó el abandono de Dios por nosotros. Con frecuencia, ¿no somos tristemente insensibles a esos temas que el Espíritu quiere que consideremos?
