Capítulo 18
Comunión con Dios – Hospitalidad
Dios concede a Abraham el honor de llamarlo su amigo (2 Crónicas 20:7; Isaías 41:8; Santiago 2:23). En esta calidad lo visita y quiere ponerlo al corriente de sus intenciones, tanto en lo concerniente a él (v. 9-15) como acerca del mundo (v. 20-21; ver Juan 15:15). El patriarca responde con una confiada libertad, la que no excluye el más profundo respeto. La diligencia gozosa con la que recibe a sus celestiales invitados revela el estado de su corazón; conoce a su Dios; ha gustado la benignidad del Señor (1 Pedro 2:3). El Nuevo Testamento menciona a algunas personas que han tenido el privilegio de recibir al Señor Jesús en sus casas: Leví, Marta, Zaqueo (Lucas 5:29; 10:38; 19:5-6) y nos enseña bajo qué condición podríamos también gozar de la misma intimidad: la obediencia a la palabra del Señor es la llave que le abre nuestro corazón (Juan 14:23). Abraham, modelo en la comunión, lo es también en el ejercicio de la hospitalidad. El cristiano es exhortado a practicarla sin murmuraciones (1 Pedro 4:9; Romanos 12:13; Hebreos 13:2). ¡Qué buena nueva espera a Abraham y Sara: el anuncio del heredero tan deseado! Sara duda y ríe. Nosotros tenemos la ocasión de escuchar una magnífica afirmación:
¿Hay para Dios alguna cosa difícil?
(v. 14)
Abraham confidente de Dios
La comunión íntima de Jehová es con los que le temen…
(Salmo 25:14; leer también Amós 3:7)
Abraham es uno de ellos. “Porque yo le he conocido” (v. 19, V. M.), puede decir Dios, ¿le esconderé lo que voy a hacer? El conocimiento de los pensamientos de Dios es inseparable de una marcha fiel. Dios sabe que el único efecto de sus comunicaciones consiste en producir en el corazón del hombre de Dios sentimientos idénticos a los Suyos: la compasión, el deseo de arrebatar del espantoso juicio a aquellos a quienes él ama.
Queridos amigos cristianos, nosotros que conocemos por la Palabra de Dios la condenación del mundo y la inminencia de su juicio, ¿estamos motivados por esos sentimientos, pensando en el terrible destino de innumerables almas perdidas por la eternidad? En nuestras familias, entre nuestros compañeros o colegas de trabajo hay personas inconversas. ¿Qué podemos hacer por ellas? Sin duda, advertirlas, pero también interceder con insistencia, como Abraham lo hace por Sodoma, donde se encuentra Lot, su hermano (comp. Jeremías 5:1). 1 Timoteo 2 nos invita a suplicar por todos los hombres, dirigiéndonos a Aquel que por experiencia conocemos con el bello nombre de “Dios nuestro Salvador”, que “quiere que todos los hombres sean salvos”.
