Capítulo 27
Cuando la visión espiritual se oscurece
La escena relatada en este capítulo es bastante dolorosa. He aquí una familia en la cual Dios es conocido y, sin embargo, las concupiscencias, los fraudes y las mentiras se muestran muy tristemente. Isaac se enceguece física y espiritualmente. Ha perdido el discernimiento en tal grado que una comida sabrosa cuenta más para él que el estado moral de sus hijos. Sin buscar el pensamiento de Dios, se dispone a bendecir a su hijo preferido. Rebeca, por su lado, aconseja a Jacob que despoje a su hermano de esta bendición, engañando a su padre. Solamente Esaú podría parecernos simpático en esta familia. Pero Dios conocía su corazón profano y, a través de esta aparente injusticia, Su voluntad se cumplía. Isaac tendrá que reconocerlo (v. 33, final).
Jacob consigue sus propósitos. Con la complicidad de su madre obtiene la bendición a la cual daba tanto valor. Pero, si para recibirla hubiese confiado en Dios en lugar de obrar con engaño, ¿no la habría recibido igualmente? ¡Sin ninguna duda! Dios, quien había declarado: “el mayor servirá al menor” (cap. 25:23), no podía contradecir su palabra ni permitir ningún error. Y Jacob se hubiera evitado muchas penas y mucho tiempo perdido. El camino del Señor para nosotros siempre es sencillo, pero ¡cuántas veces lo complicamos con nuestras desatinadas intervenciones! (Salmo 27:11).
Peligro de menospreciar su privilegio
Hebreos 12:16-17 relaciona esta escena con la del capítulo 25. Esaú, el profano, desea ardientemente heredar la bendición, pero es rechazado a pesar de sus lágrimas; antes la había despreciado y ahora es demasiado tarde (Proverbios 1:28-31). El mundo está lleno de personas que, como este hombre, venden su preciosa alma a cambio de algunos placeres pasajeros. Su dios es el vientre y solo piensan en lo terrenal (Filipenses 3:19). Son de esta tierra, tienen su porción en esta vida (Salmo 17:14). Un terrible despertar les espera cuando «más tarde» reconozcan su locura. Las lágrimas que derramarán en el lugar espantoso, donde será el lloro y el crujir de dientes, serán vanas, como las de Esaú, para obtener la bendición perdida a causa de ellos mismos. Para Jacob empiezan las dificultades. El odio de su hermano, excitado por el rencor y los celos, lo obliga a dejar a los suyos. No volverá a ver a su madre, pese a que esta había previsto una separación de solo algunos días (v. 44). Rebeca también sufrirá las consecuencias del engaño que ambos habían perpetrado.
La Escritura, al dar un gran lugar al relato de la vida de Jacob, nos permite admirar el largo y paciente trabajo de la gracia de Dios para con uno de los suyos.
