Capítulo 24
Una esposa para su hijo
La muerte de Sara sugiere que Israel (pueblo del cual desciende el verdadero Isaac) es puesto de lado después de la resurrección del Señor (cap. 22). Para asegurar la descendencia de la promesa, Abraham, el “padre de muchedumbre de gentes”, tiene un gran designio cuya realización nos es contada ampliamente: dar una esposa a su hijo. Pero una tercera persona interviene entonces: el criado más viejo de su casa, su intendente, notable figura del Espíritu Santo enviado a la tierra con el fin de reunir a aquellos que constituirán la Iglesia, la Esposa de Cristo. Así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, quienes han trabajado juntos en la obra de la Creación, tienen también una actividad común en la elección, el llamamiento y la reunión de los rescatados que están unidos a Cristo resucitado. Esta esposa será buscada en un país lejano. Dios eligió y llamó compañeros para su Hijo de entre aquellos que estaban lejos (Efesios 2:13).
¡Qué modelo de dependencia tenemos en ese criado de Abraham! En casa de su amo aprendió a conocer a Jehová, con quien ahora tiene que tratar personalmente. Presenta su oración ante Él (Salmo 5:3). Antes de emprender cualquier cosa, no olvidemos hablar primeramente al Señor acerca de ello.
Lo que diferencia a Rebeca
El criado de Abraham no ha terminado de formular su oración cuando llega la respuesta: Rebeca con su cántaro. En Isaías encontramos una promesa correspondiente:
Antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo habré oído.
(Isaías 65:24)
Si el criado nos enseña la dependencia, Rebeca es, por su parte, un modelo de abnegación y diligencia. Hace más de lo que se le pide, pues da de beber también a los camellos, y lo hace con agrado y prontitud (v. 18, 20). He aquí dos cualidades que podemos observar e imitar en nuestros pequeños servicios de cada día en casa. Sacar agua es refrescar al prójimo, darle alivio. Existen mil maneras de comunicar a aquellos con los que nos relacionamos las bendiciones que nosotros mismos hemos obtenido en la Palabra de Dios. Y, así como el criado observaba a Rebeca, recordemos que Alguien considera con atención todo lo que hacemos. Al ver cómo la joven ejecuta ese trabajo simple, el criado comprende que esta sería para Isaac una mujer afectuosa, activa y virtuosa como aquella que describe el capítulo 31 de Proverbios.
Lo primero que hace es prosternarse ante Jehová y darle gracias.
Buscando y recibiendo la guía de Dios
Dios condujo, como de la mano, al criado de Abraham en su entrevista con la familia de su amo. Este le había hecho prometer que no tomaría para su hijo una mujer de entre las hijas de los cananeos (v. 3). Queridos jóvenes que conocen a Jesús, incluso si el matrimonio se presenta ante ustedes como una lejana eventualidad, no es demasiado pronto para retener firmemente la enseñanza de la Palabra sobre ese tema:
No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque… ¿qué parte (tiene) el creyente con el incrédulo?
(2 Corintios 6:14-15)
Un hijo o hija de Dios no debe casarse más que dentro de la familia de la fe, es decir, con otro hijo o hija de Dios. Aquellos que no tuvieron en cuenta este precepto debieron confesar más tarde, con mucha tristeza, que la unión con un inconverso no es solamente una desobediencia formal a la Palabra del Señor, sino también una fuente de penas y sufrimientos para toda la vida.
¡Qué testimonio da el criado de Abraham acerca de su amo, al cual está orgulloso de pertenecer! (v. 34-36). Lo llama grande, rico, padre de un hijo, quien es heredero de todo cuanto le pertenece. Así el Espíritu Santo, cuando es recibido en un corazón, hace conocer al Padre y al Hijo; asimismo nosotros, rescatados del Señor, deberíamos saber hablar de Él.
Una decisión clara, rápida y llena de fe
Las palabras con las cuales el criado de Abraham describió a su amo y las riquezas de las que dio algunas muestras conmovieron el corazón de Rebeca. Está decidida: “Sí, iré”, responde (v. 58).
Usted, que con frecuencia ha oído hablar del Señor, que ha gozado de los tesoros de su gracia en casa de sus padres, ¿se ha decidido por él? La pregunta le es hecha hoy: ¿Irá usted? El Espíritu de Dios no le incita a hacerlo dentro de algunos días, o mañana, sino hoy.
Entonces comienza para Rebeca la larga marcha a través del desierto. Ha dejado todo para seguir al criado que la conduce hasta Isaac. Así la Iglesia, Esposa de Cristo, continúa en este mundo –un desierto para ella– su camino de pena y fatiga, pero también de gozo porque el Espíritu Santo la ocupa del Muy Amado, al que no ha visto, pero que viene a su encuentro. «¡Qué momento solemne para tu santa asamblea, cuando la introduzcas en los lugares celestiales!», dice un cántico. ¡Qué momento también para el Señor Jesús! Rebeca fue mujer de Isaac y él la amó a partir de ese momento. Pero Cristo ya ama a su Asamblea. Y su corazón, mucho más que el nuestro, espera ese bendito momento para la eterna satisfacción de su divino amor.
