Capítulo 26
La promiscuidad del mundo y sus peligros
Isaac no sacó provecho de las tristes experiencias de su padre en los capítulos 12 y 20. Puesto a prueba por el hambre, también él va y habita en Gerar; allí, por temor, niega a su mujer y engaña así a Abimelec. Las compañías mundanas nos exponen a las mismas consecuencias: falta de valentía para confesar nuestra relación con Cristo, miedo del oprobio, falso testimonio ante el mundo. Pero, en seguida, leemos una bella página de la historia del patriarca. Para ponerse al abrigo del hambre junto con su familia, siembra, cosecha y Dios bendice su trabajo. Su prosperidad provoca el celo de los filisteos (v. 14). Como en tiempos de Abraham, estos últimos procuran despojar al hombre de Dios del agua necesaria para la vida (cap. 21:25). Esta es provista por los antiguos pozos, figura de la Palabra y de las fuentes de refrigerio espiritual de las cuales gozaron las generaciones que nos precedieron, y de las cuales nosotros mismos tenemos que extraer y beber. Esos filisteos malvados, quienes tapan los pozos con tierra, nos hacen pensar en el enemigo de nuestras almas. Se esfuerza por llenar nuestras vidas con las cosas de la tierra, produciendo cada vez nuevas necesidades en nuestros corazones. De este modo nos despoja de la Palabra divina que nos es indispensable para lograr nuestra prosperidad espiritual.
El caso de los pozos
Isaac vuelve a excavar uno tras otro los pozos de Abraham, tapados por los filisteos. Pidamos al Señor la misma energía, la misma perseverancia para apoderarnos de las verdades de las cuales han vivido nuestros predecesores, a fin de que, por una «excavación» personal, ellas vengan a ser nuestra propiedad. A cada esfuerzo del enemigo para desposeerlo de los frutos de su trabajo, Isaac responde cavando en otra parte, sin desanimarse. Pero se abstiene de disputar, ilustrando la exhortación de 2 Timoteo 2:24. Su gentileza puede ser conocida de todos (Filipenses 4:5). Soporta la injusticia, no amenaza, sino que se encomienda a Aquel que juzga justamente (1 Pedro 2:23). Al mismo tiempo, da un testimonio de su fe. La herencia le pertenece; ¿para qué apoderarse de ella por la fuerza? Dios ha prometido “todas estas tierras” a su descendencia (v. 4). Isaac espera en Él para recibirlas cuando llegue el momento.
Los versículos 34 y 35 nos muestran cómo Esaú desprecia una vez más la voluntad divina escogiendo sus mujeres entre las cananeas, pueblo que Dios apartó de Israel (cap. 24:3, 37). Esto causa una pena profunda a Isaac y a Rebeca. ¡Qué contraste con su propia historia vivida en la confianza y la dependencia de Dios! Que nuestros jóvenes lectores sepan sacar provecho de la experiencia de sus padres creyentes.
