Capítulo 3
¿Cómo se produjo el pecado?
La felicidad del hombre en Edén será de corta duración. El diablo, en forma de una serpiente, se introduce en el jardín y se gana la confianza de la mujer, al mismo tiempo que insinúa la desconfianza hacia Dios. Éste no los ama –sugiere– puesto que los priva de una ventaja tan grande. No solamente no morirán, sino que serán “como Dios” (v. 5). El engañador siembra así el orgullo y la envidia en el pobre corazón humano (en contraste leer Filipenses 2:6).
La concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado…
(Santiago 1:15)
Desgraciadamente el hombre fue engañado, pues el conocimiento del bien y del mal no le dio ninguna fuerza para hacer el bien ni para evitar el mal. Su primer efecto fue hacerle tomar conciencia de su desnudez: lo que es por naturaleza, un estado del que tiene vergüenza.
El delantal de hojas de higuera que se confecciona no hace más que ilustrar los vanos esfuerzos de la humanidad por esconder su miseria moral. Pero “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13).
¿Dónde estás tú? (v. 9)
¿Has comido del árbol…? (v. 11)
¿Qué es lo que has hecho? (v. 13)
Todas estas preguntas son terribles y excluyen cualquier excusa.
Sentencia divina sobre Satanás y el hombre
Dios juzga la responsabilidad de cada uno de los culpables y anuncia su triple sentencia. A la serpiente le dice que “la simiente” de la mujer (Cristo), le herirá la cabeza, o sea que destruirá su potencia.
Tan pronto como el pecado entra en el mundo, Dios hace conocer el remedio que tenía ante Él. A la mujer le quedan reservados los sufrimientos de la maternidad; en cuanto al hombre, el trabajo penoso será su parte hasta que se cumpla para unos como para otros la sentencia inevitable:
Porque la paga del pecado es muerte.
(Romanos 5:12; 6:23)
La fe en el Redentor prometido permite a Adán responder a esta condenación de muerte llamando a su mujer Eva: vivir. A su vez, Dios responde a esta fe substituyendo el delantal de los recursos del hombre por túnicas de pieles; esto nos enseña una verdad capital: la única justicia con la que el hombre se puede ataviar es aquella con la que Dios mismo lo vistió.
Pero, así como esta túnica era la piel de una víctima, la justicia con la cual Dios cubre al pecador es la de Cristo, el Cordero sacrificado.
¡Cuán consolador es comprobar que Dios no expulsa al hombre del jardín antes de haberle revelado bajo una forma figurada sus pensamientos de gracia y salvación!
