Capítulo 2
El huerto del Edén
En seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, y en el séptimo día cesó y reposó (encontró alivio).
(Éxodo 31:17)
Él mismo encuentra satisfacción en el gozo que ha preparado para su criatura. En la creación admiramos la potestad de Dios, quien es capaz de disponer millones de estrellas en la inmensidad del cielo, de imponer límites al mar, de controlar las fuerzas del relámpago y del viento, como también de formar un hombre con un puñado de polvo (Salmo 8:3).
Admiramos igualmente su sabiduría, la cual midió el tiempo y las estaciones, estableció un equilibrio en toda la naturaleza, dio leyes a las plantas e instintos a los animales (Salmo 104:24). Pero también admiramos su misericordia. Hizo los cielos, extendió la tierra sobre las aguas, estableció grandes lumbreras… “porque para siempre es su misericordia” (Salmo 136). Con la ternura de una madre que ha preparado de antemano todo lo necesario para el niño que va a dar a luz, Dios pone al hombre en unas condiciones ideales. Lo instala en un jardín de delicias en el cual no tendrá más que gozar del reposo de su Creador. Al soplar en su nariz “aliento de vida” (v. 7), Dios hace de él (a diferencia del animal) un alma viviente e imperecedera, responsable ante Él.
El matrimonio es una institución divina
Dios puso al hombre en el centro de su bella creación para que la administrara como un gerente. Le prohibió una sola cosa: comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Esta prueba de su obediencia corresponde a su posición de criatura responsable. El hombre no está sometido, como el animal, a impulsos irracionales. Fue creado libre y, por lo tanto, debe obedecer a su Creador. Asistimos al primer acto de la administración de Adán: dar nombres a los seres vivientes. Éstos están para servir al hombre, pero, cualquiera que sea su grado de inteligencia, ninguno corresponde a las facultades superiores de él, y tampoco a las necesidades íntimas de sus afectos. Ahora bien, la soledad no convenía al hombre; éste necesitaba a alguien con quien compartir sus pensamientos, que gozara con él de los dones divinos y diera gracias con él a Aquel que los había otorgado. El amor de Dios comprendió esta necesidad y respondió dando al hombre una esposa, ayuda inteligente y dotada de afectos como él.
Al mismo tiempo tenemos aquí el misterio de Cristo, quien entró en el sueño de la muerte, y luego recibe a la Iglesia –su Esposa– de manos de Dios para sustentarla y cuidarla (Efesios 5:29-32). “Grande es este misterio”, exclama el apóstol, porque “somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos”.
