Lucas

Lucas 3

El bautismo de Jesús

La predicación de Juan el Bautista

Cerca de treinta años habían transcurrido desde el nacimiento de Juan el Bautista. Tiberio había sucedido a Augusto como emperador. Poncio Pilato gobernaba en Judea; Herodes, hijo del rey con el mismo nombre, era tetrarca de Galilea; Felipe, su hermano, tetrarca de Iturea y de la región de Traconite; y Lisanias, tetrarca de Abilinia.1 Anás y Caifás eran sumo sacerdotes.

Al enumerar las diversas zonas que formaban antiguamente el país de Israel, todas gobernadas por gentiles, el Espíritu de Dios hace resaltar el sometimiento de su pueblo a las naciones a causa de sus pecados, y la necesidad del ministerio espiritual que debía desarrollarse entre el pueblo para librarlo y llevarlo a Dios para el cumplimiento de sus promesas.

En el año quince del reinado de Tiberio, la Palabra de Dios vino a Juan en el desierto. Su ministerio, según la profecía de Isaías, debía preceder a la llegada del Mesías. A lo largo de toda la historia de Israel, notamos que Dios enviaba profetas al pueblo cuando este andaba mal, para volverlo a la obediencia. Al mismo tiempo, si no se arrepentía, lo amenazaba con juicios, anunciándole su restauración luego de estos, con la venida del Mesías.

Juan, uno de estos profetas, tenía un carácter especial. No procuraba volver a conducir al pueblo a la ley; esto era inútil. Debía prepararlo para recibir al Señor. Se mantenía fuera del pueblo, en el desierto. “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle se rellenará, y se bajará todo monte y collado; los caminos torcidos serán enderezados, y los caminos ásperos allanados; y verá toda carne la salvación de Dios” (v. 4-6, cita de Isaías 40:3-5). Este lenguaje figurado de Isaías describe la obra que debía cumplirse en los corazones, no para volver a la ley, sino para llevarlos a un estado moral adecuado para recibir al Señor. No bastaba decir, como en el versículo 8: “Tenemos a Abraham por padre”, para disfrutar de los beneficios que traía el Señor. Era necesario una obra de arrepentimiento en cada corazón.

Esta es la obra que el ministerio de Juan debía producir. Él predicaba el bautismo del arrepentimiento, acto por el cual se reconocía públicamente la culpabilidad. A esas personas, el Señor traería la remisión de pecados. Dios opera de esta misma manera para la conversión. Antes de recibir el perdón de pecados, es necesario que se cumpla, por medio de la Palabra de Dios, una obra profunda en el corazón y la conciencia, obra que consiste en reconocer el estado de pecado y aceptar el juicio que Dios trae sobre tal estado. La persona en quien se cumple este trabajo, temblando bajo la amenaza de la justa ira de Dios, acepta con gozo al Salvador que la sufrió en su lugar.

Grandes muchedumbres se acercaban a Juan para ser bautizadas, pero sin que se cumpliera en ellas un genuino arrepentimiento. Es fácil cumplir un acto exterior, por el cual se pretende tener derecho a la bendición; mientras que el corazón permanece insensible a la verdad que revela por un lado el mal, y por otro la santidad de Dios. Se puede recibir el bautismo cristiano, aún tomar la cena, permaneciendo inconverso, y por consiguiente, perdido.

Juan percibía esta liviandad en la multitud. Por eso decía: “¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras” (v. 7-8). Dios no quiere formas, sino frutos, hechos, un cambio de conducta que provenga de la acción de la Palabra en el corazón y en la conciencia.

En la antigüedad, varias veces el pueblo se volvió a Dios, pero solo de manera pasajera. Oseas dice: “La piedad vuestra es como nube de la mañana, y como el rocío de la madrugada, que se desvanece” (Oseas 6:4). E Isaías dice:

Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado
(Isaías 29:13, citado en Mateo 15:8-9).

Esta vez Juan les dice que el hacha ya está puesta a la raíz del árbol, dispuesta a derribarlo si no produce buenos frutos; el juicio iba a ejecutarse sobre quienes no respondían al llamado del profeta. Después de la muerte de Jesús, el juicio alcanzó a Israel; pero el hacha caerá definitivamente sobre el pueblo apóstata cuando Jesús establezca su reinado, como cumplimiento de lo que Juan anunció en el versículo 17.

“Y la gente le preguntaba diciendo: Entonces, ¿qué haremos?” (v. 10). Juan recomendaba que fueran bondadosos unos con otros. A los publicanos o cobradores de impuestos, que se enriquecían a expensas de los contribuyentes, les decía que no cobraran más de lo ordenado. A la gente de guerra le prescribía que se abstuviese de extorsiones y de falsas acusaciones; en otros términos, que no empleasen la fuerza a la cual representaban en ventaja propia, sino que se contentasen con sus ganancias. En fin, lo que Juan pedía de parte de Dios, era la práctica del amor y de la justicia, lo que debería caracterizar a todo creyente.

Al oír al profeta, el pueblo se preguntaba si no sería este el Cristo. Juan les respondió: “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (v. 16-17). Jesús venía; quienes lo recibieran serían bautizados con el Espíritu Santo y poseerían el poder de una vida que los haría capaces de hacer el bien. Los que fueran indiferentes a la predicación de Juan, que permanecieran en sus pecados rechazando a Jesús, serían bautizados con fuego, esto es, sufrirían el juicio. Es lo que le iba a suceder a Israel como pueblo, llamado aquí la era de Dios. El trigo, es decir, los que escucharían y creerían, serían puestos aparte, mientras que los malos, la paja, serían el objeto del juicio final. Entonces era importante escuchar la predicación de Juan, pues llegaría el día en que se las tendrían que ver con el Señor como juez. Si así sucedía en los días de Juan, al fin de la historia del Israel responsable, ocurre lo mismo hoy, al término de la historia de la Iglesia responsable. Llegamos al tiempo en que el trigo será juntado en el granero de Dios, y la cizaña será echada al fuego (Mateo 13:30, 40-42).

Juan evangelizaba y exhortaba al pueblo de diferentes maneras. Aún Herodes, en su inmoralidad no escapó a la censura del profeta. Reprendido por él respecto a su mujer, que era su cuñada, y por todas sus malas acciones, no aceptó esas advertencias y mandó echar a Juan en la cárcel, de donde ya no salió más, como se nos dice en otra parte.

Lucas termina el relato de la actividad de Juan antes de hablar de la de Jesús, porque presenta, con Juan, la situación en relación con Israel: su propio nacimiento, su ministerio, en el cuadro de la historia de Israel, así como el nacimiento de Jesús. Esta historia termina moralmente con el rechazo de Juan; mientras que, en la persona de Jesús, el Hijo del Hombre, comienza la historia de la gracia.

En efecto, Lucas no sigue siempre el orden cronológico de los hechos, pero sí el orden moral. Moralmente, el ministerio de Jesús continúa al de Juan, aunque históricamente el de Juan siguió todavía algún tiempo, mientras comenzaba el de Cristo. Muchas aparentes contradicciones, en los relatos de los diversos evangelistas, encuentran su explicación cuando se ha comprendido esto.

  • 1Estas tres regiones estaban situadas al norte y al este de Palestina. El tetrarca era el gobernador de la cuarta parte de un estado desmembrado.

El bautismo de Jesús

Con el bautismo de Jesús comienza la historia de su actividad. La gracia lo llevó a tomar lugar, como hombre, entre los que venían a Juan. Él salió a escena de un modo conmovedor al asociarse con los pecadores arrepentidos, mostrándoles que venía en medio de ellos como verdadero hombre. Aunque no tenía ningún pecado que confesar, se hizo bautizar como ellos, para animarles en el camino que, para ellos como para él, terminaría en la gloria. La diferencia radica en que Jesús pasaría por el juicio que estos arrepentidos habrían merecido. Entraría con pleno derecho a la gloria, y los rescatados lo harían por gracia.

La posición que tomó Jesús nos enseña una verdad muy alentadora. Cuando un alma reconoce su culpabilidad, el Señor se mantiene cerca de ella para animarla en el camino del arrepentimiento que termina en una plena liberación. Por otro lado, no puede asociarse con aquellos que en su orgullo se justifican a sí mismos. Él los resiste.

La forma en que Lucas habla del principio del ministerio de Jesús, nos hace ver claramente el carácter de Hijo del Hombre, hombre dependiente, bajo el cual el Espíritu de Dios lo presenta a lo largo de este evangelio. Solo Lucas relata que Jesús oró en su bautismo, cuando el cielo se abrió sobre Él. Dios reconoció en este hombre a Su Hijo, en quien halló complacencia. Lo selló con el Espíritu Santo en virtud de Sus propias perfecciones. Dios no quería que Su Hijo se confundiera con los pecadores que lo rodeaban, por muy excelentes que sean los arrepentidos a Su corazón. “Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia” (v. 22). Dios no solamente encontraba sus delicias de toda la eternidad en Su Hijo unigénito, sino que ahora las encontraba en Él, el Hombre perfecto, humilde de corazón, que había venido a este mundo para cumplir los propósitos eternos del Padre.

Por la obra perfecta de Cristo, el creyente se encuentra en una posición tal que Dios puede también sellarlo con el Espíritu Santo y hacerle disfrutar de su favor. Jesús fue ungido con el Espíritu Santo porque era Hijo de Dios sin ninguna huella de impureza. El creyente lo es porque, al ser hecho hijo de Dios, la sangre de Cristo borra todas sus manchas. Dios puede tener complacencia en él gracias a la obra de Cristo:

Nos hizo aceptos en el Amado
(Efesios 1:6).

“… Tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes” (Romanos 5:2). “… Como él es, así somos nosotros en este mundo” (1 Juan 4:17).

Comprendemos un poco lo que el Señor, el Hijo de Dios, es para Su Padre, y qué gloria le corresponderá eternamente por haber cumplido una obra semejante, que tiene tan gloriosos resultados. ¿Y qué será para aquellos que son el objeto de su amor ahora y por la eternidad?

Este capítulo termina con la genealogía de Jesús, por parte de su madre. Mateo nos la presenta por el lado de José, empezando con Abraham, tronco de la promesa, tal como convenía al Evangelio que presenta al Mesías. La genealogía de Lucas, la del Hijo del Hombre, empieza con Jesús nacido de María, hasta llegar a Dios por Adán. Si quitamos todos los nombres desde José (v. 23) hasta Adán, nos queda, “Hijo de… Dios” (v. 38), lo que Jesús era, al mismo tiempo que Hijo del Hombre.

“Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José…” (v. 23). Se creía que era hijo de José, pero este solo era el marido de María, hijo de Jacob, hijo de Matán, etc. (Mateo 1:15-16). El padre de María era Elí, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, etc. (v. 24). La genealogía de José llega a David por Salomón, y la de María por Natán. Estos dos hijos de David eran hijos de Bet-súa (1 Crónicas 3:5; o sea, Betsabé – 2 Samuel 11:3).