Mateo
Mateo

F.B. Hole - 2026

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Mateo 27

Mateo narra las escenas finales de la vida del Señor de una manera que pone de manifiesto la enorme culpabilidad de los dirigentes de Israel. Esta característica se ha mantenido a lo largo de toda la Escritura y se hace especialmente patente en Mateo 23. Los primeros versículos de este capítulo nos muestran que, aunque Su condena oficial tuvo que venir de Pilato, la animadversión que le persiguió hasta su muerte provenía de ellos.

La secuencia de la historia se interrumpe con un paréntesis que nos revela el miserable final de Judas. Parece como si hubiera esperado que el Señor eludiera a sus adversarios y pasara entre ellos como había hecho antes, pero, al verle condenado y en manos de sus enemigos, se sintió lleno de remordimiento y horror por lo que había hecho. El suyo no era el genuino “arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse”, pues eso va de la mano de la fe. Ahora bien, la fe era lo que le faltaba, porque si la hubiera tenido, se habría vuelto a su Maestro como hizo Pedro, que también había fallado gravemente. Se le abrieron los ojos ante su pecado, lo confesó y, al mismo tiempo, confesó la inocencia de Jesús, pero se arrojó de la vida a la tumba de un suicida. El mismo hombre que contribuyó a entregar al Salvador a sus enemigos tuvo que confesar su inocencia. Dios así lo dispuso, y esto es muy sorprendente.

El mismo nombre de Judas se ha convertido en sinónimo de iniquidad, pero Anás y Caifás eran peores que él. El versículo 4 lo demuestra. Judas traicionó sangre inocente, pero fueron ellos quienes lo condenaron. Al menos, él sentía remordimientos por lo que había hecho, lo cual le llevó a la autodestrucción. Ellos no tenían ningún sentimiento. ¿Qué era para ellos la sangre inocente? No tenían ningún escrúpulo en derramarla ni temían al Dios que paga el mal. Estaban dispuestos a matar “al inocente”, diciendo en sus corazones: “Tú no lo inquirirás” (Salmo 10:8, 13). Si hubieran tenido el más mínimo temor de Dios, nunca habrían dicho: 

Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos, 

como se registra en nuestro capítulo.

Judas nunca obtuvo beneficio alguno de sus treinta monedas de plata. Seducido y, finalmente, poseído por el diablo, lo tiró todo por nada. Ése es siempre el final de la historia cuando unos hombrecillos tontos intentan hacer un trato con el gigantesco espíritu del mal. La plata volvió a estar en manos de los sacerdotes, que la usaron para coronar sus otros pecados con suprema hipocresía. No podían ponerla en el tesoro porque era el precio de la sangre, y lo hicieron con escrupulosidad legal. Pero ¿quién lo hizo así? Ellos mismos. Así que cumplieron la Escritura al comprar el campo del alfarero. Su acto se hizo público y así el campo adquirió su nombre. La ironía del juicio divino puede discernirse en el nombre, porque esa tierra ha sido un campo de sangre y un lugar de entierro para extranjeros desde ese día, y lo será aún más hasta el día en que el Redentor venga a Sion.

Las autoridades religiosas lo habían entregado al gobernador civil y los versículos 11 a 26 relatan lo ocurrido ante él. Cuando fue interrogado por Pilato ante la multitud, Jesús solo pronunció tres palabras: “Tú lo dices”, que equivalen a la palabra castellana “Sí”. Confesó que, en efecto, era el Rey de los judíos, que era la acusación concreta que se le imputaba en presencia del poder romano. Los tres evangelios sinópticos coinciden en este punto. Juan, por su parte, recoge otras preguntas formuladas por Pilato y las respuestas del Señor en la privacidad de la sala del juicio. Además, registra tres salidas de Pilato hacia la multitud. En cuanto al interrogatorio público, Jesús “nada respondió”, ya que, en realidad, no había nada que responder, algo que Pilato percibió muy pronto, aunque se maravilló mucho. Conocía bien las sutilezas de los judíos y su aguda mente jurídica no tardó en discernir que la envidia estaba en el fondo de la acusación. Por otra parte, temía al pueblo y deseaba ganárselo.

Por eso, la mente de Pilato estaba extrañamente perturbada. Para condenar a Jesús, debía violar su sentido de la justicia, así como la intuición y el sueño de su esposa. Estaba evidentemente agitado al fracasar el subterfugio con el que esperaba librarse del dilema. La multitud acusadora estaba agitada por los astutos sacerdotes y ancianos. La única figura serena en esa terrible escena es la del propio prisionero. Vemos a Pilato abdicando de su función judicial en este caso y echando la responsabilidad sobre el pueblo. En realidad, no se absolvió a sí mismo, por supuesto, pero hizo que el pueblo se responsabilizara plenamente de la sangre de su Mesías. En el versículo 25 se explica el origen de las penas que cayeron sobre el pueblo y que han perseguido a sus hijos hasta el día de hoy. Todavía tienen que enfrentarse a la gran tribulación antes de que se ajusten las cuentas según el gobierno de Dios.

Barrabás fue liberado y Jesús condenado a ser crucificado. A continuación, en los versículos 27 a 37, vemos a Jesús en manos de los soldados romanos. En este momento se producen burlas vulgares, brutalidad y, por fin, el acto de la crucifixión. Para completar su humillación, lo contaron entre los transgresores, colocando un ladrón en cada lado. No hubo justicia, ni misericordia, ni compasión, ya estuviera en manos de las autoridades religiosas, civiles o militares. Judíos y gentiles se condenaron a sí mismos al condenarlo.

Los versículos 39 a 44 nos muestran cómo todas las clases sociales se unieron para insultarle mientras agonizaba en la cruz. Los criminales totales han tenido que escuchar palabras duras cuando han sido condenados a muerte, pero no hemos oído que se burlaran ni siquiera de los más atroces y depravados en sus agonías. Sin embargo, esto es lo que sucedió cuando Aquel que era la encarnación de la perfección, tanto divina como humana, estaba en la cruz. La única diferencia era el tipo de lenguaje utilizado. “Los que pasaban” era gente ordinaria que iban a sus quehaceres diarios. “Los principales sacerdotes… los escribas y los fariseos y los ancianos” eran las clases altas. “Lo mismo le injuriaban también los ladrones”. Representaban lo más bajo, la clase criminal; pero solo seguían la corriente a su manera burda y vulgar. Él era el Hijo de Dios y el Rey de Israel. Podía haber desplegado su poder entonces con la misma facilidad con la que lo desplegará muy pronto en el juicio. Entonces mostró el amor divino al permanecer donde los hombres le habían puesto con manos inicuas y al soportar Él mismo el juicio del pecado.

Aunque Mateo no aborda este tema desde un punto de vista doctrinal, sí menciona las tres horas de oscuridad que se produjeron hacia el final, momento en el que el Santo sufriente pronunció en voz alta las palabras del Salmo 22 que el Espíritu de profecía había escrito mil años antes. La respuesta a este clamor se encuentra en el tercer versículo del salmo: 

Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. 

Solo un Dios santo puede habitar en las alabanzas de un pueblo pecador si se lleva a cabo la expiación soportando el juicio del pecado. El abandono fue el resultado inevitable del hecho de que Aquel “que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Los espectadores no sabían nada de esto; de hecho, no parecían capaces de distinguir entre Dios y Elías.

Después de esto, como se registra en el versículo 50, hubo un último clamor fuerte y, a continuación, entregó Su espíritu. Las palabras exactas de ese último grito nos las proporcionan, en parte, Juan y, en parte, Lucas. Fue un grito potente, lo que demuestra que no estaba agotado y que la entrega de su espíritu fue un acto deliberado. Su muerte fue sobrenatural y estuvo seguida inmediatamente de hechos sobrenaturales que indicaban su importancia y poder.

El primero de estos actos de Dios tocó el velo del templo, que tipificaba Su carne, como nos dice Hebreos 10. Bajo la ley “aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo” (Hebreos 9:8); pero ahora se ha manifestado, porque la muerte de Cristo es la base de nuestro acercamiento a Dios. El segundo acto tocó la creación material, pues la tierra tembló, las rocas se partieron y los sepulcros se abrieron. El tercero tocó los cuerpos de los santos que dormían, y después de Su resurrección se levantaron y se aparecieron a muchos en Jerusalén. De este modo, se dio un triple testimonio de la manera más sorprendente. El primero se refería a la presencia de Dios, pero tuvo lugar en el tipo del velo, que solo podían ver los sacerdotes. El segundo, en el reino de la naturaleza, debió de ser sentido por todos. El tercero, sin duda, estaba destinado solo a los ojos de los santos verdaderos. Además de estos signos, el sol se había oscurecido previamente. Hubo muchos testigos de la maravilla de aquella hora y, sin embargo, no leemos que nadie quedara impresionado, salvo el centurión de guardia y los que estaban con él. En su corazón se forjó la convicción de que allí estaba el Hijo de Dios, algo que negaba y sigue negando su propio pueblo.

Como suele ocurrir, cuando a los hombres les falta valor y devoción, las mujeres suplen esa carencia. Los discípulos se habían dispersado, pero muchas mujeres permanecían de pie a lo lejos, cerca de la escena. Sin embargo, un hombre se adelantó y tuvo el valor de identificarse con el Cristo muerto, pidiendo su cuerpo a Pilato. Y era un hombre inesperado. Era discípulo de Jesús, aunque hasta entonces lo había sido en secreto, como se nos dice en el evangelio de Juan.  Este hombre rico, con la tumba nueva, cumplió las palabras de Isaías 53:9. No sabemos nada más de José de Arimatea, excepto esto. Dios nunca deja de tener un siervo que cumpla Su voluntad. José nació en este mundo para cumplir esa breve declaración profética, y así, aunque los hombres hubieran dispuesto que Su tumba estuviera con los impíos, 

más con los ricos fue en Su muerte.

Las mujeres que fueron testigos de su muerte y entierro estaban impulsadas por la devoción, pero no por la inteligencia. Fueron sus acérrimos enemigos quienes recordaron que Él había predicho que resucitaría de entre los muertos. Su odio agudizó su memoria y su ingenio, y les llevó a presentarse ante Pilato para pedirle que tomara precauciones especiales. Repudiaban Sus logros en vida y los consideraban el primer error. Temían que se estableciera Su resurrección, pues comprendían que tendría efectos mucho más potentes. Para ellos, sería el último error y peor que el primero. Inevitablemente, lo vindicaría a Él y los condenaría a ellos, como muy bien lo vieron.

Con estos hombres, Pilato estaba de un ánimo complaciente, como con José. Se accedió a su petición y se dispuso la guardia de soldados, pero parece que había una pizca de ironía en sus palabras: “Aseguradlo lo mejor que sabéis” (V. M.). Hicieron todo lo que pudieron y, como resultado, no consiguieron nada, excepto confirmar que Jesús había resucitado, lo que hizo que todos sus elaborados preparativos fueran inútiles. Dios convirtió su sabiduría en locura e hizo que su plan sirviera a Su propio propósito, derribando el suyo.