Mateo 6
Al final de Mateo 5, Jesús presenta a Dios a sus discípulos bajo una nueva luz. Ahora observamos que toda la enseñanza en Mateo 6 está en referencia a esto. La expresión “vuestro Padre”, en términos ligeramente diferentes, aparece no menos de doce veces. La enseñanza se divide en cuatro secciones: la limosna (1-4), la oración (5-15), el ayuno (16-18), las posesiones terrenales y las cosas necesarias de la vida (19-34). Las cuatro cosas tocaban la vida práctica del judío en muchos puntos, y su tendencia y hábito era ocuparse de las tres primeras de una manera técnica y superficial, y poner todo el énfasis y prestar toda la atención al punto número cuatro.
El Señor Jesús los pone a todos bajo la luz que habían arrojado sus palabras anteriores. En el capítulo 5 les había mostrado a un Dios que se ocupa tanto de las motivaciones internas del corazón como de las acciones externas, y aún así ese Dios debe ser conocido como un Padre celestial. Sin embargo, observemos cómo repite:
Os digo.
No enseña como lo hacían los escribas, basando sus afirmaciones en las tradiciones de los antiguos, sino que tenemos que aceptar Sus palabras, simplemente porque Él lo dice.
Si la tradición nos gobierna, podemos llegar fácilmente a la situación en que se encontraban los judíos con respecto a sus limosnas, sus oraciones y sus ayunos. Para ellos todo se había convertido en un asunto de observancia externa, como para satisfacer los ojos y los oídos de los hombres. Si, por el contrario, elevamos nuestros pensamientos al Padre celestial, que se ocupa íntimamente de nosotros, todo debe ser real y vital, y debe hacerse para Su oído y Su vista. El Señor dice tres veces del formalista: “Ya tienen su recompensa”. Su recompensa es la aprobación y la alabanza de sus semejantes. Esto ya lo tienen; es todo en el presente, y no hay nada más por venir. Aquel que da, ora o ayuna sin ser conocido por los hombres, pero conocido por Dios, será recompensado abiertamente en el día venidero.
En cuanto a la oración, Él enseña no solo la secrecía, sino la brevedad, que está en el corazón de la realidad. Un hombre que pide con intensa realidad y seriedad, inevitablemente va directo al grano con el menor número de palabras. No es posible que se pierda en un laberinto de circunloquios. Los versículos de 9-13 nos dan la oración modelo, completamente apropiada para las circunstancias de los discípulos en ese momento. Hay seis peticiones. Las tres primeras tienen que ver con Dios: Su nombre, Su reino y Su voluntad. Las tres últimas tienen que ver con nosotros: nuestro pan, nuestras deudas y nuestra liberación. El Padre celestial y Sus derechos deben ser lo primero, y nuestras necesidades lo segundo. La bendición de los hombres en la tierra depende de que se haga Su voluntad en la tierra, y eso solo sucederá cuando se establezca su reino.
El perdón del que se habla en los versículos 14 y 15 está relacionado con las deudas del versículo 12. En el santo gobierno del Padre celestial sobre Sus hijos, el espíritu que no perdona será castigado. Si alguien comete una ofensa contra nosotros y no perdonamos, nos perderemos el perdón de Dios. No se trata aquí del perdón para la eternidad, puesto que aquellos a quienes el Señor hablaba eran discípulos, con quienes ese gran asunto ya estaba resuelto.
A continuación se pronuncian palabras muy críticas en cuanto a las posesiones terrenales. No hay tendencia más arraigada en todo ser humano que la de perseguir, aferrarse y acumular tesoros en la tierra, aunque se pierdan bajo la acción de las fuerzas naturales o de hombres violentos. Si realmente conocemos al Padre que está en los cielos, encontraremos nuestro tesoro en los cielos, y allí estará nuestro corazón; solo necesitamos tener un ojo sencillo para ver con claridad esto y todo lo demás. Entonces también nuestros cuerpos se llenarán de luz: es decir, nosotros mismos nos volvemos luminosos. O seremos servidores de Dios o de las riquezas, porque no podemos servir a dos señores. Dios y las riquezas son completamente opuestos entre sí.
Al servir a Dios, que ciertamente es un Padre celestial, quedamos bajo su cuidado vigilante y bondadoso. Él conoce todas nuestras necesidades y se preocupa de ellas. Somos impotentes; incapaces de añadir un codo a nuestra estatura o de vestirnos como la hierba del campo. Nuestro Padre tiene sabiduría y poder infinitos, y cuida de las criaturas más humildes; por tanto, podemos tener absoluta confianza en su amoroso cuidado por nosotros. Por eso debemos estar libres de toda preocupación ansiosa. Los hombres del mundo se aferran a los tesoros de este mundo, que se gastan tan rápidamente, y están llenos de preocupaciones acerca de su conservación y uso. Nosotros debemos descansar en el cuidado y el amor de nuestro Padre y, por lo tanto, estar libres de ansiedad.
Ahora bien, esto es principalmente negativo. Debemos estar libres de la preocupación ansiosa que inunda tantos corazones; para poder buscar el reino de Dios, y para buscarlo primero. En vez de mirar hacia el mañana con aprensión, debemos llenarnos hoy de las cosas del reino, y ese reino nos conduce por los caminos de la justicia.
Esta fue la voluntad de Dios para los discípulos que siguieron a nuestro Señor durante su vida terrenal: y su voluntad no es menos para nosotros que le seguimos hoy que su obra está completamente cumplida y Él ha ido a los cielos. El espíritu que Él inculcó de esta manera era muy ajeno a la religión de los fariseos de su tiempo, como también lo es a la religión superficial y mundana de hoy.
