Mateo 7
LAS ENSEÑANZAS DEL SEÑOR, registradas en Mateo 6, estaban destinadas a guiar a sus discípulos a establecer tal relación con su Padre celestial, de modo que Él estuviera presente en sus pensamientos con respecto a sus limosnas, sus oraciones, sus ayunos o su actitud hacia las posesiones y necesidades de esta vida. El capítulo 7 de Mateo comienza con enseñanzas que regulan su trato con sus hermanos, e incluso con los impíos.
Juzgar al hermano es una tendencia muy arraigada en nuestro corazón. No se prohíbe juzgar las cosas o la enseñanza, sino que se anima a hacerlo, como vemos, por ejemplo, en 1 Corintios 2:15; 1 Corintios 10:15; pero se prohíbe juzgar a las personas. La Iglesia está llamada a juzgar a los que son de ella, en ciertos casos, como muestran 1 Corintios 5; 1 Corintios 6, pero, aparte de esto, el juicio de las personas es una prerrogativa del Señor. Si juzgamos a las personas, a pesar de la prohibición del Señor, de seguro nos esperan dos castigos, como Él indica aquí. En primer lugar, nosotros mismos seremos juzgados, y se nos aplicará a nosotros lo que hemos aplicado a otros. Segundo, caeremos en la hipocresía. Cuando comenzamos a juzgar a los demás, nos volvemos ciegos a nuestros propios defectos. El pequeño defecto de nuestro hermano se magnifica para nosotros, inconscientes de que tenemos un gran defecto que afecta a nuestra visión espiritual. La forma más provechosa de juicio es juzgarnos a nosotros mismos.
El versículo 6 se refiere a los impíos, insensibles al bien e inmundos en sus gustos. Las cosas santas y preciosas no son para ellos; y si tontamente se las presentamos, las menosprecian y podemos sufrir su violencia. Está bien que seamos partícipes de las cosas santas de Dios; pero no a tales impíos.
Pero si hemos de dar, primero debemos recibir, y de esto hablan los versículos 7-11. Para recibir debemos acercarnos a Dios pidiendo, buscando, llamando. La respuesta de nuestro Padre es segura. Si pedimos las cosas necesarias, las recibiremos, porque Él no nos dará en cambio algo sin valor, como una piedra, o dañino, como una serpiente. Podemos estar seguros de que Él nos dará “cosas buenas”, porque Su Paternidad es celestial. Su estándar, por lo tanto, no caerá por debajo del de la paternidad terrenal. Podemos aplicar Isaías 55:9 a esto, y decir que del mismo modo que los cielos son más altos que la tierra, sus pensamientos paternales son más altos que los nuestros. Nosotros, naturalmente, no podemos alcanzar su estándar. De ahí que en el versículo 12 el Señor no exigiera entonces a sus discípulos un estándar superior a lo establecido por la ley y los profetas.
En los versículos 13 y 14 el Señor evidentemente miraba más allá de sus discípulos, hacia la multitud. Ante ellos se presentaban dos caminos: el ancho que lleva a la destrucción, y el angosto, que lleva a la vida. No podemos decir que la gracia de Dios sea estrecha, porque está destinada a todos los hombres; lo que es tan estrecho es el camino del juicio propio y del arrepentimiento. Pocos encuentran ese camino, y menos aún lo proclaman. La mayoría de los predicadores prefieren profetizar cosas más suaves.
A continuación, se hace una advertencia contra los falsos profetas. No hay que conocerlos por sus palabras, sino por sus frutos. El fruto es el resultado y la expresión culminante de la vida, y revela el carácter de esta. El falso profeta tiene una vida falsa que se manifestará en frutos falsos.
Pero no solo hay falsos profetas, sino también falsos discípulos: aquellos que profesan su lealtad al Señor en muy alta voz, pero a los que les falta el eslabón vital de la fe. La fe debe expresarse en obras, como nos dice el apóstol Santiago. Todo el que realmente se somete por la fe al señorío de Cristo debe ponerse necesariamente a hacer la voluntad del Padre celestial, a quien Él presentó. Judas Iscariote nos proporciona un terrible ejemplo en los versículos 22 y 23. Evidentemente, realizó milagros junto con los demás discípulos, pero al final se demostró que nunca había existido ningún vínculo de fe real y que no era más que un hacedor de maldad.
Por eso, el Señor concluyó sus palabras con la parábola de las dos casas. Los dos constructores, el sabio y el necio, oían las palabras de Jesús, pero solo uno las ponía en práctica: el sabio. La parábola no enseña que la salvación viene por las obras, sino que viene por la fe viva que conduce a las obras. Si repasamos el Sermón del Monte, veremos que solo la fe genuina en Él podría llevar a alguien a hacer las cosas que enseñó. También vemos que sus enseñanzas confirman plenamente Su palabra en el versículo 17. Nos ha dado la plenitud de la Ley y de los Profetas, añadiendo al mismo tiempo una nueva luz acerca del Padre que está en los cielos y preparando así el camino para la luz más plena de la gracia que había de surgir como fruto de su muerte y resurrección. Lo que impresionaba a la gente era la autoridad con la que anunciaba estas cosas. Los escribas se basaban en las enseñanzas rabínicas anteriores, mientras que Él hablaba de las cosas que Él conocía de Dios y con Dios.
