Mateo
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F.B. Hole - 2026

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Mateo 19

JESÚS SE ACERCA DE NUEVO a Judea y los fariseos vuelven al ataque. Le plantearon una pregunta sobre el matrimonio y el divorcio con la esperanza de atraparlo. Pero no lo consiguieron, pues se enfrentaban a la sabiduría divina. Su respuesta completa los remitió a lo que Dios había ordenado al principio. El hombre no debía deshacer lo que Dios había hecho. Entonces, les surgió una nueva pregunta: ¿por qué se había permitido el divorcio en la ley dada por medio de Moisés? La respuesta fue que se había permitido debido a la dureza de corazón de los hombres. Dios lo sabía bien y por eso no puso el listón demasiado alto. La ley establecía el requisito mínimo de Dios para la vida en este mundo. 

Solo cuando nos acercamos a Cristo, recibimos la totalidad de los pensamientos de Dios, es decir, su esencia en todas las dimensiones.

La enseñanza del Señor sobre el divorcio era nueva y sorprendente, incluso para sus discípulos, y motivó la observación que ellos hicieron y que se registra en el versículo 10. Esto le llevó a declarar que el matrimonio es lo normal para el ser humano y la soltería algo excepcional, como también se infiere de las palabras de Pablo en 1 Corintios 7:7. Si no “es dado”, entonces “no conviene casarse”, pero lo normal es que “honroso sea en todos el matrimonio” (Hebreos 13:4).

A continuación, el Señor dio a los niños su verdadero lugar. Los discípulos manifestaban el espíritu del mundo cuando los trataban como si no tuvieran importancia, hasta el punto de considerar que traerlos era una intrusión. Así demostraron que aún no habían aprendido la lección que Él enseñó en los versículos con los que comienza Mateo 18. El Señor, por el contrario, les impuso las manos para bendecirlos y pronunció las memorables palabras: 

Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.

A continuación, leemos el caso del joven rico, que afirmaba haber observado la ley en lo referente a los mandamientos relativos a los deberes con el prójimo. El Señor no negó su pretensión, por lo que, en apariencia, había sido irreprochable en la observancia externa. Sin embargo, estaba muy equivocado al pensar que haciendo alguna cosa buena podría tener la vida eterna. Sobre esa base, Jesús lo puso a prueba de inmediato y fracasó completamente. “¿Qué más me falta?”, preguntó, y la respuesta estaba destinada a mostrarle que le faltaba la fe para discernir la gloria de Jesús y que, como resultado, le habría llevado a dejarlo todo para seguirle. Se dirigió a Jesús como «Maestro bueno», pero el Señor no aceptaría el epíteto de «bueno» a menos que le fuera dado como fruto del reconocimiento de Su Deidad. “Ninguno hay bueno sino uno: Dios”, por lo que, si Jesús no era Dios, no era bueno. Si el joven hubiera reconocido la Deidad de Aquel que le dijo “Sígueme”, sus “muchas posesiones” habrían sido nada para él y gustosamente habría seguido a Jesús sin dudar. ¿Hemos reconocido cada uno de nosotros la gloria de Jesús de tal manera que nos hemos liberado del amor por las cosas terrenales?

El Señor mostró ahora a sus discípulos cuán fuerte es el dominio de las riquezas terrenales sobre el corazón humano. Los ricos entran con gran dificultad en el reino de Dios. Entre los judíos, la riqueza se consideraba un signo del favor de Dios, por lo que esta frase también trastornó los pensamientos de los discípulos y los asombró sobremanera. Pensaban que si los ricos tenían tantas dificultades, nadie podría salvarse. Esto llevó a una afirmación aún más contundente. La salvación no es algo meramente difícil o improbable para el ser humano, sino imposible. Solo es posible si interviene el poder de Dios.

Podemos resumir los versículos 10-26 diciendo que el Señor derramó su luz sobre el matrimonio, los hijos y las posesiones: tres cosas que ocupan gran parte de nuestras vidas en este mundo. En cada caso, la luz que derramó trastornó los pensamientos que los discípulos habían tenido hasta entonces (versículos 10, 13 y 25).

Pedro aprovechó las palabras del Señor, deseando una declaración definitiva sobre la recompensa que se ofrecía a quienes, como él, habían seguido al Señor. La respuesta dejó claro que vendría “la regeneración”, es decir, un orden de cosas completamente nuevo, cuando el Hijo del Hombre ya no sería rechazado, sino que se sentaría en el trono de su gloria y los discípulos también serían entronizados e investidos con poderes de administración sobre las doce tribus de Israel. En esa época, los santos juzgarán al mundo y se indica aquí el lugar de especial prominencia reservado a los apóstoles. También se indica que todos los que han renunciado a las relaciones y alegrías terrenales por Su nombre recibirán “cien veces más”, junto con la vida eterna. La vida que deseaba el joven rico y que perdió por no seguir a Cristo será suya.

El último versículo del capítulo añade una palabra de advertencia. Muchos de los que son los primeros en este mundo serán los últimos allí, y viceversa, porque los pensamientos de Dios no son como los nuestros.