Mateo
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F.B. Hole - 2026

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Mateo 13

ESTE CAPÍTULO COMIENZA con el hecho de que Él procedió a poner en práctica sus palabras. Abandonó los estrechos confines de la casa y salió al aire libre y al mar, que simbolizaba las naciones. Allí comenzó a enseñar a la multitud desde una barca, utilizando el método de las parábolas. En este capítulo se recogen siete parábolas. Empezaremos por fijarnos en la expresión que se utiliza en el versículo 52: “cosas nuevas y cosas viejas”, ya que nos ayudará a comprender el sentido de las parábolas. Se mencionan cosas antiguas, como el reino de los cielos, predicho en Daniel, pero predominan las cosas nuevas. Antes de examinar las parábolas en detalle, señalaremos cuatro cosas nuevas. En primer lugar, adoptó un nuevo método de enseñanza: la parábola. Este nuevo método impresionó a los discípulos, como se muestra en el versículo 10. En segundo lugar, en la primera parábola se indica un nuevo método de actuación divina. En lugar de buscar frutos como resultado de la labor de Dios a través de la ley y los profetas, Él iba a sembrar la Palabra para que diera fruto. En tercer lugar, presenta acontecimientos que dan un nuevo significado al término “reino de los cielos”. En cuarto lugar, hace nuevas revelaciones y abre su boca para decir “cosas escondidas desde la fundación del mundo”, como dice el versículo 35.

La primera parábola se sostiene por sí misma y, a menos que la comprendamos, no entenderemos las demás. La gran obra ahora consistía en sembrar la “palabra del reino” en los corazones de los hombres. Esto no otorga ninguna preferencia al judío. En el versículo 19, Jesús dijo: “Cuando alguno oye”, por lo que abría la puerta a todo oyente de la palabra, quienquiera que fuese. Lo que se necesitaba era oír con entendimiento. Las actividades del diablo, la inconstancia de la carne, los afanes y las riquezas del mundo se oponen a ello. Sin embargo, la palabra es recibida por algunos y produce frutos en mayor o menor medida. Este método de la obra divina sigue vigente. Caracteriza el día en que vivimos. El cristianismo no se basa en lo que se encuentra en el hombre, sino en lo que produce por el poder de Dios.

Los discípulos se quedaron perplejos ante el cambio a una parábola. Su pregunta hizo que el Señor les explicara que había adoptado este modo de enseñar para que los misterios del reino de los cielos quedaran ocultos a los incrédulos y fueran revelados solo a los creyentes. Los incrédulos que habían rechazado al Señor habían cerrado los ojos a la verdad. Ahora él hablaba en parábolas para que siguieran en su incredulidad. Así se cumpliría en ellos la profecía de Isaías. Juan también cita esta profecía en su evangelio (Juan 12:40). También la cita Pablo por tercera y última vez en el capítulo final de los Hechos. Se trataba simplemente del funcionamiento del gobierno de Dios. Para los creyentes, las parábolas son muy instructivas y, como dice el versículo 17, ayudaron a que los discípulos conocieran cosas deseadas, pero nunca vistas por los profetas y hombres justos en días anteriores.

Sin embargo, incluso los discípulos necesitaban la explicación que el Señor les dio para comprender la parábola del sembrador. Una vez que se las explicó, Jesús pronunció tres parábolas más ante la multitud. Solo cuando la multitud se había retirado y Él se retiró a una casa con sus discípulos, les dio la explicación de la segunda parábola. Por tanto, es evidente que las cuatro primeras se pronunciaron en público y tratan sobre las manifestaciones externas del reino, mientras que las tres últimas se pronunciaron en privado y tratan sobre su realidad interna y más oculta.

La primera parábola, como hemos indicado, es la clave de las demás, ya que nos muestra que el reino se establecerá como resultado de la siembra de “la palabra del reino”, y no como fruto de la obediencia a la ley de Moisés. Una vez establecido este hecho, el resto de las parábolas nos describen cómo es el reino de los cielos y cada una de estas seis semejanzas presenta características que no podían preverse a la luz de las Escrituras del Antiguo Testamento. En ellas se había previsto el reino en su gloria, pero aquí nos encontramos con que va a asumir un nuevo carácter, en el que existirá antes de que llegue la gloria.

La segunda parábola, la del trigo y la cizaña, muestra que, aunque el reino existe gracias a la siembra de buena semilla por parte del Hijo del Hombre, el diablo también sembrará y sus hijos se encontrarán entre los hijos del reino. Expone el hecho de que va haber mezcla, hasta que llegue la hora del juicio y el Hijo del Hombre quite todo el mal de su reino. Debe recordarse que en esta parábola “el campo es el mundo” (v. 38), por lo que no se sugiere que la Iglesia sea un lugar donde los hijos del inicuo deberán ser tolerados. “El reino” indica una esfera más amplia que “la Iglesia”, y no hay posibilidad de separar las cosas del mundo hasta que venga el Señor. Entonces el mal será enviado a la hoguera, mediante el trabajo de los ángeles al final de la era.

El trigo debe recogerse en el granero. En su explicación, el Señor va más allá y habla de los justos que brillarán como el sol en el reino de su Padre. Al utilizar esta metáfora, el Señor coloca a los santos en una posición celestial, por lo que no nos sorprende cuando más tarde encontramos el llamamiento celestial plenamente revelado. Es interesante observar que el Señor habla en esta parábola del “reino de los cielos”, el “reino del Hijo del hombre” y “el reino de su Padre”, mostrando que el reino es uno solo, sea cual sea el nombre que se le dé. Sin embargo, tiene diferentes departamentos —si se puede decir así— y, por lo tanto, puede ser visto de diferentes maneras.

La tercera parábola, la del grano de mostaza, muestra que el reino se caracterizará por su desarrollo. Crecerá y se extenderá ante los ojos de los hombres, pero también se convertirá en un refugio para los agentes del mal, pues en la primera parábola, al explicar “las aves”, el Señor dijo: “viene el malo” (maligno, V. M.); y sabemos cómo actúa Satanás por medio de agentes humanos.

La cuarta parábola, que se encuentra en un solo versículo 33, muestra que el reino se irá impregnando gradualmente de corrupción, como cabría esperar por lo visto anteriormente. En la Escritura, la levadura se utiliza en forma consistente como figura de lo que corrompe. Este es el único lugar donde algunos desearían que tenga un significado positivo, pero eso es porque tienen un sistema de interpretación que exige ese significado. Piensan que el Evangelio va a impregnar el mundo de bondad. Esta repentina violación del significado de “levadura” debería haberles advertido que sus pensamientos al respecto están equivocados.
El Señor nos enseña aquí que el reino, tal y como lo ve el hombre, tendrá una forma caracterizada por la mezcla y se desarrollará en una institución imponente en la tierra, donde los agentes del mal encontrarán un hogar. Por consiguiente, habrá un proceso de penetración del mal. Habló como un profeta, porque lo que predijo ha sucedido exactamente en esa esfera de la tierra, donde se profesa el gobierno del cielo.

Sin embargo, en la intimidad de la casa, el Señor añadió otras tres parábolas a sus discípulos. En ellas se muestra el reino desde el punto de vista divino y, si nuestros ojos están espiritualmente abiertos, también veremos en él lo que Dios ve. En primer lugar, veremos que hay algo valioso oculto. El “campo” sigue siendo el mundo y el Señor lo ha comprado para asegurar el tesoro que hay en él. Esta compra debe distinguirse de la redención, ya que los hombres malos serán capaces de negar “aun al Soberano que los adquirió” (2 Pedro 2:1, BTX). Fueron comprados, pero no redimidos; de lo contrario, no irían a la “destrucción repentina”. El reino se establece para que el tesoro escondido en el mundo pueda ser asegurado.

De la misma manera, está la parábola de la perla preciosa. En el reino tal y como existe hoy, se encuentra y se compra este objeto, considerado único ante los ojos divinos por su perfección. Sin duda, aquí se representa aquello de lo que el Señor va a hablar en Mateo 16, como “mi Iglesia”. Es cierto que ha comprado el campo, pero también la perla, y en ambos casos se representó a sí mismo vendiendo todo lo que tenía para hacerlo. Él renunció a todo para lograr Su propósito, en el espíritu de 2 Corintios 8:9. No podemos comprar a Cristo vendiendo todo aquello que no tiene valor. Eso es lo que Él ha hecho por nosotros. Es lo que Él ganará a través del reino de los cielos en su misteriosa forma actual.

La última parábola es como una red de arrastre que recoge peces del mar de las naciones. Se recogen todas las especies, pero vemos que se hace una selección discriminatoria. Esta parábola guarda similitudes con la del trigo y la cizaña, ya que en ambos casos hay un proceso de separación llevado a cabo por ángeles al final de la era. Los impíos son separados de los justos y arrojados al horno de fuego. Pero aquí además hay una diferencia clara, ya que en la primera parábola los malvados están en el mundo como resultado de la siembra de Satanás, mientras que aquí “la palabra del reino” se extiende entre las naciones como una red y gente de todo tipo profesa recibirla. Al final de los tiempos, se hará una discriminación: se recogerán a los verdaderos elegidos de Dios y se rechazarán a los malvados.

Es muy importante que tengamos siempre presente cómo es el reino desde el punto de vista divino. Ha adquirido este carácter peculiar como resultado del rechazo al verdadero Hijo de David y de su consiguiente ausencia en los cielos. A pesar de la mezcla y la corrupción que caracterizan al reino externamente, Dios realizará su obra interior y obtendrá el tesoro escondido, la perla preciosa y todos los peces buenos que encierra la red. “¿Hemos comprendido todo esto?”. Los discípulos pensaban que sí, pero más tarde, cuando recibieron el Espíritu Santo, tal vez se dieron cuenta de lo poco que lo habían hecho. Nosotros también nos damos cuenta de lo poco que lo hemos hecho, porque el reino, en su forma actual, no se comprende con facilidad, como sucederá cuando se muestre en público. Predominan cosas totalmente nuevas desde el punto de vista del Antiguo Testamento, de ahí que leamos “cosas nuevas y cosas viejas”, y no “viejas y nuevas”. El énfasis recae en “nuevo”.

Este capítulo se cierra con Jesús de vuelta en su propio lugar de origen, donde en aquel momento eran bastante incrédulos. No veían en él al Emmanuel, ni siquiera al Hijo de Abraham o al Hijo de David; para ellos no era más que el hijo del carpintero, con cuyas relaciones estaban muy familiarizados. Esa familiaridad les impidió reconocerlo. Su poder no había disminuido, pero la incredulidad de ellos puso un límite a su ejercicio, como la incredulidad del rey Joás de Israel puso un límite a sus victorias (2 Reyes 13:14-19).