Mateo 18
LA PREGUNTA DE LOS DISCÍPULOS: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”, mostró que el reino ocupaba sus pensamientos en ese momento. La respuesta dejó muy claro que la única forma de entrar en él era haciéndose pequeño, no grande. Como resultado de la conversión, una persona se humilla y se vuelve como un niño pequeño. Si no es así, no se está en el reino en absoluto. A medida que entramos y progresamos, el más humilde es el más grande en el reino. Los discípulos necesitaban cambiar su forma de pensar sobre este asunto, y lo mismo nos ocurre a nosotros con mucha frecuencia. Es evidente que aquí el Señor no habla del reino como la esfera de la profesión, de la que habrá que expulsar el mal, como en el capítulo 13, sino como una esfera marcada por la realidad viva.
Para responder a la pregunta, Jesús llamó a un niño pequeño y lo puso en medio como ejemplo. Luego explicó que, si se presenta a un niño así en Su nombre, se convierte en una persona muy importante, porque recibirlo equivale a recibir al Señor mismo. En los versículos 2 a 5 se habla de “un niño”; en el versículo 6, de
uno de estos pequeñitos que creen en mí.
Ofender a uno de estos merece el juicio más severo y esto lleva al Señor a poner a sus discípulos ante las cosas eternas. Hay un «fuego eterno», y es mejor hacer cualquier sacrificio que incurrir en él.
Hasta el versículo 14 seguimos ocupándonos del niño pequeño. No hay que menospreciarlos por tres motivos. En primer lugar, son objeto continuo del ministerio angélico y están representados ante la faz del Padre en el cielo. En segundo lugar, son objeto de la gracia salvadora del Salvador. En tercer lugar, la voluntad del Padre los bendice; no desea que ninguno perezca. Estas son palabras dulces de consuelo para quienes han perdido a sus pequeños en los primeros años de vida, que dan amplia seguridad de su bendición. La comparación del versículo 11 con Lucas 19:10 resulta instructiva. En ese pasaje se trataba de un hombre adulto que había tenido mucho tiempo para extraviarse, de ahí que se utilice la palabra “buscar”. Aquí, donde se trata de un niño pequeño, se omite. La tendencia a extraviarse está presente en todos, como indican los versículos 12 y 13, pero no se tiene en cuenta de la misma manera hasta que se alcanzan los años de responsabilidad.
Los versículos 1 a 14 tratan, pues, del “niño” y del reino. Los versículos 15 a 20, del “hermano” y de la iglesia. En el capítulo 16:18-19 teníamos la iglesia y el reino, que vuelven a aparecer aquí. Si se trata del niño pequeño, tendemos a ignorarlo y despreciarlo. Si se trata de nuestro hermano, existe la triste tendencia a que se produzcan desacuerdos y ocasiones de transgresión, que se contemplan ahora en la enseñanza del Señor. Tenemos instrucciones claras sobre el procedimiento que debemos seguir, cuya omisión ha causado males inenarrables. Si un hermano me ha herido, mi primer paso es hablar con él a solas y señalarle su mal proceder. Si lo hago con el espíritu adecuado, es muy probable que consiga ganármelo y que las cosas se rectifiquen. Otra posibilidad, por supuesto, es que me dé cuenta de que debo rectificar mis pensamientos, porque las cosas no eran lo que parecían.
Pero es posible que no me escuche, por lo que debo acercarme a él de nuevo con uno o dos hermanos como testigos para comunicarle su error de una manera más clara e imparcial. Si aun así no me hace caso, informaré a la iglesia para que todos le hablemos a la vez. Si hace caso omiso de la voz de la iglesia, entonces debo tratarlo como a alguien con quien es imposible toda comunión.
Se observa que el Señor no indica lo que la iglesia debe hacer, probablemente porque las transgresiones son de muchos tipos y grados de gravedad diferentes, por lo que ninguna instrucción se aplicaría a todos los casos. El versículo 18 implica, sin embargo, que habría casos en los que la iglesia tendría que “atar” al transgresor y otros en los que su acción tendría que ser “desatar”. Encontramos aquí que lo que antes se había dicho solo a Pedro, ahora se dice a la iglesia. Para llevarlo a cabo correctamente, se requiere mucha oración y dependencia de Dios. Además, incluso en los primeros tiempos y en las circunstancias más favorables, casi nunca sería posible reunir a toda la iglesia en un mismo lugar. Por eso, en los versículos 19 y 20, el Señor reduce las cosas a la mínima expresión, mostrando que la potencia de la oración y de la acción de la iglesia no depende del número, sino de Su Nombre. En el caso del niño y del reino, lo importante era “en Mi Nombre”. En el caso del hermano y la iglesia, de nuevo es decisivo “en Mi Nombre”. Todo el peso de la autoridad reside allí.
A veces se cita el versículo 20 como si describiera una base de comunión verdadera que siempre está presente para quienes están en comunión. Sin embargo, el Señor no se refirió simplemente a la reunión, sino de estar “congregados”; es decir, a una congregación real. Su Nombre tiene tanto valor que, si solo dos o tres están reunidos en su nombre, Él está allí en medio, y esto da poder a sus peticiones y autoridad a sus actos. Él está espiritualmente presente, no visiblemente, lo cual es una maravillosa y bondadosa provisión para los días en que la iglesia no puede reunirse como un todo debido a su estado quebrantado y dividido. Debemos estar muy agradecidos por ello, pero tengamos cuidado de cómo lo usamos.
Se ha caído en la tendencia de considerar esta reunión en Su Nombre únicamente como una cuestión de posición eclesiástica, eliminando todo pensamiento de condición moral. Entonces podemos caer en la tentación de argumentar que esto o aquello debe ser ratificado o concedido por el cielo porque actuamos o pedimos en Su Nombre. Seríamos mucho más sabios si actuáramos con más humildad y, cuando no viéramos señales de que el cielo ratificara o concediera, nos humilláramos y examináramos nuestros corazones y acciones para descubrir en qué nos habíamos apartado de una verdadera reunión en Su Nombre; si, en realidad, nos teníamos a nosotros mismos como centro de atención y nuestro estado moral no era el adecuado.
En el versículo 21, Pedro plantea el otro lado de la cuestión: ¿qué pasa con la persona ofendida y no con la que ofende? La respuesta de Jesús fue la siguiente: el espíritu de perdón hacia mi hermano ha de ser prácticamente ilimitado.
Después contó la parábola del rey y sus siervos, que termina el capítulo. El sentido general de esta parábola es muy claro. El único punto que queremos destacar es que se refiere a la forma en que Dios trata con aquellos que son sus siervos, como queda claro en el versículo 35, donde el Señor da su propia aplicación. Hay otra base para el perdón eterno, pero el perdón gubernamental depende muy a menudo de que el creyente manifieste un espíritu perdonador. Si tratamos mal a nuestros hermanos, tarde o temprano caeremos en manos de los “verdugos” y pasaremos un mal rato. Y si somos testigos de que un hermano maltrata a otro, haremos bien en imitar a los siervos de la parábola y contarle todo lo sucedido a nuestro Señor, para que sea Él quien trate con el ofensor en Su santo gobierno, en lugar de tomar la justicia por nuestra mano y atacar al malhechor.
