Mateo 4
JESÚS NO SOLO ocupó el lugar del hombre, sino que especialmente ocupó el lugar de Israel. El pueblo de Israel fue llamado a salir de Egipto, fue bautizado por Moisés en la nube y el mar, y luego entró en el desierto. Vimos a Jesús, como Hijo de Dios, llamado fuera de Egipto, y luego es bautizado; luego, al iniciar el capítulo 4 encontramos que el Espíritu, que había venido sobre Él, lo conduce directamente al desierto para ser tentado por el diablo. Aquí encontramos un contraste, pues en el desierto Israel tentó a Dios y fracasó en todo. Jesús mismo fue tentado y triunfó en todo.
Sin embargo, las tentaciones con que el diablo lo asaltó fueron similares a las pruebas que Israel experimentó en el desierto, pues las tácticas del adversario son siempre las mismas. Israel fue tentado con el hambre, con el enaltecimiento en relación con las cosas de Dios —visto más particularmente en relación con Coré, Datán y Abiram—, y con la tentación de adorar y servir a otro dios aparte del SEÑOR, y cayó, adorando el becerro de oro. Jesús enfrentó cada tentación con la Palabra de Dios. En cada ocasión citó una pequeña sección del libro del Deuteronomio, donde se le recuerda a Israel sus responsabilidades. Israel falló en cumplir esas responsabilidades, más Jesús las satisfizo perfectamente en cada detalle.
El diablo siempre siembra dudas sobre la Palabra Divina. Haga un contraste con Mateo 3:17 y Mateo 4:3 y 6, y observe cuán sorprendentemente se manifiesta esto. Justo después de que Dios dijo:
Este es mi Hijo amado
el diablo dice dos veces: “Si eres Hijo de Dios”. La pequeña palabra “Si” es una de las favoritas del diablo. Jesús le respondió adecuadamente con la Palabra de Dios. Esta Palabra es indispensable para la vida espiritual del hombre, como el pan lo es para su vida natural. El hombre necesita todas y cada una de las palabras que Dios ha pronunciado, no solo algunos pasajes especiales.
¿Estamos encontrando toda nuestra vida espiritual en “toda palabra que sale de la boca de Dios”?
La tentación de Jesús por el diablo deja bien claro que existe un demonio personal. Desde los días de Génesis 3, el diablo había estado acostumbrado a seducir a los hombres apelando a su codicia y orgullo. En Jesús encontró a Alguien que no tenía ni codicia ni orgullo, y que respondía a cada uno de sus ataques con la Palabra de Dios; derrotado, tuvo que dejarlo. Su vencedor era un Hombre verdadero, que había ayunado durante cuarenta días y cuarenta noches, y a quien servían los ángeles. Nunca antes habían servido a su Dios de esta manera tan maravillosa.
El encarcelamiento de Juan, como nos muestra el versículo 12, fue el acontecimiento que llevó al Señor a entrar de lleno en su ministerio público. Al dejar Nazaret se estableció en Capernaúm, y la profecía de Isaías se cumplió en lo que respecta a su primer advenimiento. Si leemos el pasaje (Isaías 9:1-7), notaremos que muestra ambos advenimientos, como sucede con frecuencia. Su venida brilló como una estrella ante los profetas, pero ellos aún no sabían que se trataba de una estrella doble. Galilea todavía tendrá la oportunidad de presenciar la gran luz de Su gloria, tal como antes experimentaron la gran luz de Su gracia. Tras el encarcelamiento del precursor, Jesús retomó y enfatizó su mensaje de arrepentimiento, señalando que el reino se acercaba. El evangelio de Juan nos muestra que el Señor estaba activo en el servicio antes de este periodo; tenía discípulos y visitó Judea cuando “Juan no había sido aún encarcelado” (Juan 3:24).
En este sentido, el llamado de Pedro, Andrés, Santiago y Juan no fue el inicio de sus relaciones con Él. Eso ocurrió antes, y se registra en el primer capítulo del evangelio según Juan. Evidentemente, también hubo ocasiones en que ellos u otros discípulos anduvieron con Él antes de ser llamados definitivamente a dejar sus ocupaciones seculares y dedicarle todo su tiempo. Al seguirle, Él los convertiría en pescadores de hombres. Con diligencia y estudio los hombres pueden convertirse en buenos predicadores, pero los pescadores de hombres solo los hace Él. Él mismo era perfecto en esto, y al caminar en su compañía aprenderían de Él y conocerían Su espíritu.
En los tres versículos que cierran el capítulo 4, Mateo resume los primeros días de Su ministerio. Su mensaje era “el evangelio del reino”. Debe distinguirse del “evangelio de la gracia de Dios”, que se predica hoy. Este tiene como gran tema la muerte y resurrección de Cristo, y anuncia el perdón como fruto de la expiación que Él realizó. Era la buena nueva de que el reino anunciado por los profetas había llegado en Él. Si se sometían a la autoridad divina que había sido investida en Él, el poder del reino actuaría en su favor. Como prueba de ello mostró el poder del reino sanando los cuerpos de los hombres. Toda clase de enfermedad y dolencia corporal era eliminada, lo que representaba la promesa de que Él podía sanar toda enfermedad espiritual. Esta demostración del poder del reino, unida a la predicación del mismo, era muy atractiva, y grandes multitudes le seguían.
