Mateo 9
COMO EL PUEBLO GADARENO no deseaba Su presencia, volvió a cruzar el mar, y enseguida se encontró con otros casos de necesidad humana. En Mateo 9 se nos muestra cómo obró la liberación del paralítico, de la mujer enferma, de la hija de Jairo, de los dos ciegos y del mudo endemoniado: una vez más, cinco manifestaciones del poder del reino que se había acercado con Su presencia.
En el primer caso, el Señor dejó clara la conexión entre el milagro obrado en el cuerpo y la correspondiente bendición espiritual, una cosa se veía fácilmente y la otra no. En respuesta a la fe de quienes llevaron al paralítico, el Señor fue directamente a la raíz del mal y le perdonó los pecados. Cuando esto fue puesto en duda, Él probó su poder de perdonar demostrando su poder para transformar la condición corporal del hombre. Sus críticos no podían ni perdonar los pecados ni curar la parálisis. Él podía hacer ambas cosas. La multitud lo vio y glorificó a Dios.
En los versículos 9-17 tenemos el incidente que concierne al propio Mateo. La transformación registrada en el versículo 9 casi podría calificarse de milagro para cualquiera que conozca el poder cautivador que ejerce el dinero sobre la mente humana. Mateo estaba sentado en su oficina de impuestos, ocupado en la agradable tarea de recibir dinero, cuando oyó dos palabras de labios de Jesús: “Sígueme”. El llamado se hizo tan grande a sus ojos que el dinero quedó desplazado, y perdió su encanto: ¡algo verdaderamente maravilloso! Se levantó y siguió a Jesús.
Fue en su casa donde Jesús se sentó a la mesa con publicanos y pecadores y con sus discípulos; así que ahora estaba desembolsando dinero en vez de recibirlo. Los otros evangelistas lo mencionan, aunque Mateo, con modestia, no lo hace. Todo el asunto indignó a los fariseos, pero esto dio ocasión a la concisa declaración sobre su misión. Los fariseos habían pasado por alto la palabra del Señor transmitida por medio de Oseas, que prefería el ejercicio de la misericordia a la ofrenda de sacrificios ceremoniales —una palabra que muchos fariseos modernos pasan por alto—, e ignoraban Su misión con los enfermos espirituales, llamando a los pecadores al arrepentimiento. Si hubiera venido a llamar a “los justos”, los fariseos sin duda se habrían presentado en multitudes, solo para ser rechazados, ya que, según la norma divina, “los justos” no existen.
La pregunta planteada por los discípulos de Juan llevó a una declaración que complementaba lo anterior. Tras llamar a los pecadores al arrepentimiento, los unió a Sí mismo como “los compañeros del novio” (V. M.) y los condujo a una posición de libertad, en contraste con las observancias legales. En los días venideros de Su ausencia habría otro tipo de ayuno. Pero no podía haber mezcla real entre lo que Él traía de nuevo y el antiguo sistema de la ley. El vino nuevo del reino debe contenerse en odres nuevos. Si se intenta contener la gracia expansiva del reino dentro de formas legales, el resultado es desastroso. La gracia se pierde y las formas se arruinan.
Mientras Él decía estas cosas, sucedieron otros hechos que, en cierto modo, ilustran Sus palabras. En el camino hacia la casa de Jairo para resucitar a su hija, la fe inquebrantable de una mujer enferma se interpuso en su camino. Era una de las enfermas que necesitaban al Médico. Su acto de fe detuvo el recorrido, pero ¿qué era eso para Aquel que se complace en la misericordia y no en el sacrificio? Su fe fue reconocida y quedó sana al instante. Luego, cuando se reanudó el viaje y llegaron a casa de Jairo, Jesús cambió el curso habitual de los acontecimientos. Las normas de la costumbre judía se rompieron rápidamente por el poder de su gracia. Dijo: “Apartaos”, y todo tuvo que ceder ante el poder de la vida que Él ejercía: y la niña muerta fue restablecida.
El clamor de los dos ciegos (versículo 27) revelaba una gran fe. Le reconocieron como el Hijo prometido de David y Él, a su vez, reconoció su fe y la puso a prueba. Ellos respondieron y afirmaron su fe en Su poder. Por tanto, en este caso, concedió su oración de acuerdo con su fe. Él sabía que su fe era real, y nosotros sabemos que lo era porque se les abrieron los ojos de inmediato. Preguntémonos cada uno de nosotros: si mis peticiones han de ser atendidas según mi fe, ¿qué obtendré?
El pecado ha reducido al hombre a la impotencia, lo ha dejado espiritualmente enfermo, muerto y ciego, y también mudo ante Dios. Atado por el diablo, no puede hablar. Cuando llevaron al hombre a Jesús en el versículo 32, se trató el poder demoníaco que yacía en la raíz. Al alcanzar la causa, el efecto desapareció de inmediato. El hombre habló y la multitud se maravilló. Nunca antes habían visto ni oído hablar de liberaciones como las obradas por el poder del reino de la gracia. Solo los fariseos eran insensibles a esto, y no solo insensibles, sino también malvados, pues, incapaces de negar el poder, eludían voluntariamente su fuerza y lo atribuyeron al mismo diablo.
El capítulo termina con el hecho maravilloso de que el rechazo malvado de Su gracia no cerró Sus entrañas de compasión. Seguía predicando el Evangelio del reino y mostrando su poder, realizando milagros de curación en todas las ciudades y aldeas, y la vista de las multitudes necesitadas no hacía más que moverle a una profunda compasión, la compasión del corazón de Dios. La multitud no tenía pastor y había una gran cosecha que segar. Se dispuso a enviar obreros a la mies.
