Mateo 2
Los versículos iniciales del capítulo 2 arrojan una luz intensa y escrutadora acerca de las condiciones que prevalecían en aquellos días entre los judíos de Jerusalén, los descendientes de aquellos que habían regresado bajo Zorobabel, Esdras y Nehemías. El Rey de los judíos había nacido en Belén y durante semanas los judíos no sabían nada acerca de esto. La ignorancia del rey Herodes no era sorprendente, pues no era israelita, sino idumeo.
De todo el pueblo, los principales sacerdotes debieron haber estado informados de este gran acontecimiento que estaban esperando —el nacimiento del Mesías. En Lucas 2 encontramos que desde el cielo el acontecimiento fue dado a conocer, a las pocas horas, a las almas humildes que temían al Señor. El Salmista nos ha dicho que,
La comunión íntima de Jehová es con los que le temen
(Salmos 25:14)
y esto se ejemplifica en los pastores y otros; pero los líderes religiosos de Jerusalén no estaban entre estos, sino entre “los soberbios” a quienes los hombres llaman “bienaventurados” (Malaquías 3:15-16). Por consiguiente, estaban tan a ciegas como el malvado Herodes.
Pero hay algo peor que esto. No es de extrañar, repetimos, que Herodes se turbara al oír la noticia, pues aparentemente había un rival que pretendía su trono. Sin embargo, leemos que se turbó “toda Jerusalén con él”. Así que el advenimiento del Salvador no produjo júbilo sino consternación entre la misma gente que profesaba estar esperándolo. Evidentemente, algo andaba terriblemente mal, pues esto no era más que el reflejo de sus perversos instintos. No le habían visto; todavía no había hecho nada: solo intuían que su advenimiento significaría la ruina de sus placeres en lugar de la realización de sus esperanzas.
Sin embargo, estos hombres conocían bien las Escrituras. Fueron capaces de dar una pronta y correcta respuesta a la pregunta de Herodes, citando Miqueas 5:2. Tenían el conocimiento que envanece, y por eso no sabían nada como debían saberlo (1 Corintios 8:1-2), y pusieron su conocimiento al servicio del adversario. El “gran dragón escarlata” (Apocalipsis 12:3-5) del imperio romano, cuyo poder residía localmente en Herodes, se preparaba a devorar al “Hijo Varón”, y ellos estaban dispuestos a ayudarle a hacerlo. Su conocimiento de las Escrituras era erróneo y ellos nos sirven de advertencia.
La escritura que citaron nos presenta al Señor como el “Caudillo” (v. 6, V. M.), que debe gobernar. En Miqueas solo se contempla el gobierno sobre Israel, pero sabemos que Su gobierno será universal; y esta es la tercera forma en que se nos presenta. En JESÚS vemos a Dios venir para salvar. En EMANUEL vemos a Dios venir para morar. En CAUDILLO vemos a Dios venir para gobernar. Siempre fue Su pensamiento morar con los hombres, gobernando todo según Su beneplácito, y para lograrlo tuvo que venir para salvar.
Cuando el Niño pequeño fue encontrado en Belén hubo la promesa de que las tres cosas se cumplirían, y aunque Jerusalén era ignorante y hostil hubo gentiles del oriente atraídos por Su advenimiento, y reconocieron en Él al Rey de los judíos. ¿Nos damos cuenta de lo mucho que condenaron a los líderes religiosos de Jerusalén? Los pastores de Lucas 2 supieron de Su nacimiento en pocas horas; estos astrónomos orientales en pocos días, o semanas a lo sumo; mientras que debieron transcurrir varios meses antes de que los sacerdotes y escribas tuvieran el menor indicio de lo que había sucedido. Primero por una estrella y luego por un sueño habló Dios a los magos, pero a los religiosos de Jerusalén no les habló en absoluto, y hubo días en que el sumo sacerdote, en medio de ellos, había estado en contacto con Dios por medio del Urim y el Tumim. Ahora Dios guardaba silencio para ellos. Su estado era como se describe en Malaquías, y probablemente peor.
En Herodes vemos un poder sin escrúpulos aliado con la astucia. Al verse frustrado por la acción de los magos, pensó que era mejor no correr riesgos, y ordenó su ataque asesino contra los niños de Belén. El hecho de que fijara el límite de la exención en dos años indicaba que el periodo entre la aparición de la estrella y la llegada de los sabios a Jerusalén debió durar meses. Su acción despiadada y perversa hizo que se cumpliera Jeremías 31:15. Si se lee este versículo en su contexto, se verá que su cumplimiento final y completo tendrá lugar en los últimos días, cuando Dios haga cesar por fin el llanto de Raquel al traer de vuelta a sus hijos de la tierra del enemigo. Sin embargo, lo que ocurrió en Belén fue el mismo tipo de suceso a menor escala.
Sin embargo, Herodes luchaba contra Dios, quien derrotó su propósito enviando por segunda vez a su ángel a José en sueños. El Niño fue llevado a Egipto, y así Oseas 11:1 encontró un cumplimiento extraordinario, y Jesús comenzó a trazar de nuevo la historia de Israel. Con qué facilidad frustró Dios el malvado designio de Herodes, y con la misma facilidad, no mucho después, se ocupó del propio Herodes. Mateo no malgasta palabras al describir su final: simplemente nos dice que “habiendo muerto Herodes”, por tercera vez el ángel del Señor habló a José en sueños, ordenándole que regresara a la tierra, pues la muerte había eliminado al posible asesino.
La primera intención de José era, evidentemente, volver a Judea; pero cuando le llegaron noticias de que Arquelao sucedería a su padre, el miedo le hizo dudar. Entonces, por cuarta vez, Dios le instruyó mediante un sueño. De este modo, él, María y el Niño fueron conducidos de vuelta a Nazaret, de donde habían venido originalmente, como nos dice Lucas. Es instructivo ver cómo Dios guio todos estos primeros movimientos; en parte por las circunstancias, como el decreto de Augusto y las noticias sobre Arquelao; y en parte por los sueños. Así se frustraron los planes del adversario. El “portero” mantuvo abierta la puerta del “redil” para que entrara el verdadero Pastor, a pesar de todo lo que el adversario podía hacer. También se cumplieron las Escrituras: Jesús no solo fue sacado de Egipto, sino que llegó a ser conocido como el Nazareno.
Ningún profeta del Antiguo Testamento predijo que Él debía ser “un nazareno”, con esas palabras, pero más de uno dijo que sería despreciado y objeto de oprobio. Así que en el versículo Mateo 2:23 se trata de “los profetas”, y no de un profeta en particular. Habían dicho que sería objeto de desprecio, lo que en tiempos de nuestro Señor se expresaba con el calificativo “un nazareno”. En la versión francesa de Darby hay una nota esclarecedora sobre este versículo, en cuanto a la frase exacta utilizada en relación con el cumplimiento, en contraste con la expresión anterior en Mateo 1:22, y Mateo 2:17; mostrando la exactitud con que se hacen las citas del Antiguo Testamento. Es una nota que merece la pena leer a.
NAZARENO es el cuarto nombre dado a nuestro Señor en este evangelio inicial. Él es, como hemos visto, Jesús, Emmanuel, Caudillo; pero también es el Nazareno. Dios puede venir entre los hombres para salvar, para habitar, para gobernar; pero ¡ay! será “despreciado y desechado entre los hombres”.
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Nota del Editor: Nazareno: en relación con este nombre, véase también Isaías 11:1, donde la palabra hebrea para «vástago» es «netser».
