Mateo 17
LA TRANSFIGURACIÓN con la que se abre este capítulo nos ofrece una visión del reino, en la que Jesús, resplandeciente como el sol, ocupa un lugar central, acompañado por Moisés y Elías en condiciones celestiales, y por tres discípulos en condiciones terrenales. La “nube de luz” que los cubría era, evidentemente, la misma que había habitado anteriormente en el tabernáculo, y desde ella se escuchó la voz de Dios Padre que declaraba que Jesús era Su Hijo, el objeto de Su amor y el deleite de Su corazón. Pedro había estado hablando con su habitual impetuosidad, lo que demostraba que aún no había comprendido la gloria exclusiva y suprema de su Maestro. No es a Pedro, sino a Cristo a quien debemos escuchar. Nuestros oídos han de llenarse con Su voz y nuestros ojos con Su presencia, para que, como los discípulos cuando la visión se desvaneció, veamos
a nadie… sino a Jesús solo.
Aunque en aquel momento Pedro no entendía muy bien lo que significaba todo aquello, lo comprendió más tarde, cuando recibió el Espíritu Santo, como veremos en su segunda epístola. Entonces se dio cuenta de que era la confirmación de la palabra profética sobre “el poder y advenimiento de nuestro Señor Jesucristo”, pues fueron “testigos de vista de su majestad” (2 Pedro 1:16-19 V. M.). No se comprendería todo el significado de la transfiguración hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos y, por consiguiente, se les diera el Espíritu Santo. Por eso el Señor hace la advertencia a los tres discípulos (versículo 9). La visión, sin embargo, despertó preguntas en la mente de los discípulos acerca de la profecía sobre la venida de Elías, y la respuesta del Señor mostró que, en cuanto a Su primera venida, esa profecía se había cumplido en Juan el Bautista, que había sido ejecutado. Él aprovechó la oportunidad para anunciar de nuevo su propia muerte.
En la cima de la montaña, los discípulos habían experimentado la paz y la comunión celestiales. Descendieron con Jesús hasta el pie de la montaña, donde todo era angustia y fracaso: angustia por parte del niño afligido y de su padre, y fracaso para hacer frente a la situación por parte de los discípulos. La llegada de Jesús lo cambió todo en un momento; del mismo modo, Su venida en gloria transformará por completo la situación existente, enfrentándose no solo al poder del diablo en el mundo, sino también a todos los fracasos de sus santos.
Cuando se resolvió la situación, los discípulos le pidieron al Señor que les explicara su fracaso y se presentaron ante su tribunal, como haremos todos el día de su advenimiento. Su explicación del fracaso en general fue: «Por vuestra incredulidad», pero añadió que el demonio implicado en este caso era de una «clase» especial que solo podía ser tratado si había «oración y ayuno». Como sucede a menudo con nuestros fracasos, la razón no era simple, sino compleja. Había tres cosas involucradas. En primer lugar, la ausencia de fe, es decir, la falta de confianza en Dios. En segundo lugar, la ausencia de oración, es decir, la dependencia de Dios. En tercer lugar, la ausencia de ayuno, es decir, apartarse para Dios, incluso de las cosas que son correctas en sí mismas en circunstancias ordinarias. En estas palabras, creemos que el Señor expuso las raíces de todos nuestros fracasos a la hora de servirle. Somos defectuosos en una, en dos o en las tres. Indaguemos en nuestros corazones y en nuestras vidas para ver si es así.
Por tercera vez, durante su estancia en Galilea, Jesús advirtió a sus discípulos de su muerte y resurrección. El evangelista Mateo comenta que “se entristecieron en gran manera”, lo que demuestra que la noticia de su muerte les impresionó más que la de su resurrección. Eso es algo que está fuera de la experiencia natural del ser humano y ellos no lo comprendieron.
El incidente que cierra este capítulo muestra que Pedro solo pensaba en su Maestro como un buen judío que pagaba todas sus deudas y estaba ansioso porque todos lo vieran así. Cuando quiso hablar del tema, Jesús le interrumpió con una pregunta que demostraba que los que eran como Pedro eran hijos del reino y que, por lo tanto, a su debido tiempo se verían libres de este tributo para el servicio del templo. Todavía no había llegado el momento de hacerlo y no había que dar ocasión de tropiezo, por lo que, mediante un milagro extraordinario, el Señor proporcionó la suma exacta necesaria para ambos pagos y, con maravillosa gracia, asoció a Pedro consigo mismo. La moneda debía entregarse “por mí y por ti”. Sin duda, esto era una señal de la forma en que los santos, como hijos del reino, iban a ser asociados con Él.
