Mateo
Mateo

F.B. Hole - 2026

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

Pedir en la tienda

Mateo 15

EN ESTA BELLA escena, escribas y fariseos de Jerusalén se inmiscuyeron con sus quejas y preguntas sobre el incumplimiento de la tradición de los ancianos por parte de los discípulos en lo referente al lavado de manos. Imagínense la escena. El Hijo de Dios dispensando sanidad por todas partes en la plenitud de la gracia Divina, y estos hombres, completamente ciegos a todo lo que estaba sucediendo, irrumpiendo con su afán de imponer sus normas. Cegados por tecnicismos legales, no podían percibir la gracia divina obrando con poder. Este estado de ánimo podría resultarnos increíble si no viéramos cómo la mente farisaica sigue mostrando esta misma característica en la actualidad, ocupándose de puntos de este tipo basados en la tradición y el uso común, y no en la palabra clara y definitiva de Dios.

La respuesta del Señor a estos hombres subraya la diferencia entre «el mandamiento de Dios» y «vuestra tradición» (v. 3). Estas tradiciones de los ancianos eran explicaciones, ampliaciones e inferencias derivadas de la ley por parte de venerados maestros de antaño. Dominaban la mente de los fariseos y distorsionaban la ley de Dios hasta el punto de transgredirla para guardar su tradición. El Señor los acusó de esto y puso un ejemplo con respecto al quinto mandamiento. Su tradición en cuanto a las ofrendas, que se entregaban profesamente a Dios, anulaba por completo ese mandamiento. El judío “piadoso” y “ortodoxo” de hoy tiene la mente llena del Talmud, que se basa en estas tradiciones, y es como un velo que le oculta la verdadera palabra de Dios.

Tengamos cuidado de no caer en una trampa similar. Podemos aprovechar con agradecimiento las enseñanzas de los siervos de Dios, pero si las usamos correctamente, nos conducirán de vuelta a la fuente, hasta la misma Escritura. No resultaría difícil convertir las enseñanzas de los mejores siervos de Dios en una especie de Talmud. Entonces, las tendríamos como una cortina de humo que nos ocultaría la pura Palabra de Dios, igual que el Talmud ciega la mente judía a la fuerza real del Antiguo Testamento.

Este tipo de cosas, llevadas al extremo por los fariseos, llevaron a nuestro Señor a denunciar enérgicamente su maldad. Eran hipócritas, y Él se los dijo claramente. Fueron objeto de la mordaz denuncia de Isaías porque esta clase de maldad religiosa siempre se encuentra en los hombres que tienen el corazón alejado de Dios aunque lo honren con los labios, mientras ponen sus propios preceptos y mandamientos por encima de Su palabra. Toda esa adoración nominal es vacía y vana, y no sería difícil para un verdadero creyente caer en tales cosas hoy en día.

Después de desenmascarar a los fariseos, el Señor se dirigió a la gente para advertirles del error en el que incurrían al pensar que la contaminación les venía de fuera, cuando en realidad se generaba en su interior. Lo que contamina es lo que sale de la boca del hombre, que expresa lo que hay en su corazón. El corazón del hombre es la fuente de la contaminación, ¡hecho solemne! Los fariseos, por supuesto, se ofendieron ante tal enseñanza, que ponía fin a todas sus observancias ceremoniales; pero eso solo demostraba que no eran plantas plantadas por Dios. Su fin era ser desarraigados. Estaban ciegos y engañaban a otros que también lo estaban. Dios trataría con ellos en Su gobierno y los discípulos debían dejarlos en paz y no tomar represalias.

Pero lo que el Señor acababa de decir sonaba extraño incluso a los discípulos, por lo que Pedro pidió una explicación y lo trató como una parábola. Esto provocó una reprimenda, aunque suave, del Señor. El hecho era que ninguno de ellos, ni siquiera el mejor, veía mucho más allá de la letra de la ley, con sus ofrendas y reglamentos ceremoniales, por lo que tenían muy poco sentido de su poder condenatorio. Se preocupaban por lo que entraba en sus bocas para ser ceremonialmente limpios. La ley, si se entiende espiritualmente, tiene que ver con el estado del corazón, como había mostrado el Señor en el sermón del monte. Las cosas malas del versículo 19 proceden del corazón y es significativo que los malos pensamientos encabecen la lista, pues es allí donde comienzan todas. Así, el Señor expuso la maldad que hay en el corazón del hombre.

En el caso de la mujer cananea, reveló la bondad del corazón de Dios. La gracia divina estaba dispuesta a fluir libremente, sin distinción de personas, de modo que tanto gentiles como judíos pudieran recibirla; solo se requería honestidad de corazón por parte del receptor. Entonces, la mujer se dirigió a Jesús como Hijo de David para suplicarle misericordia. Lo hizo como si fuera del pueblo de Israel, pensando tal vez que así tendría más posibilidades de ser escuchada. En ello había cierta falta de sinceridad, por eso “no le respondió palabra”.

Aunque había falta de sinceridad, también había una fe tan ferviente que los discípulos intervinieron por sus súplicas, lo que llevó al Señor a decir las palabras del versículo 24, que arrojaron algo de luz sobre su error. Ella presentó ahora su súplica simplemente sobre la base de su necesidad, diciendo: «Señor, socórreme», y esto llevó a que el Señor pronunciara palabras aún más inquisitivas. Su misión se dirigía a la casa de Israel, que estaba espiritualmente perdida. No obstante, se hallaba en el lugar de los hijos, mientras que los gentiles estaban en el lugar de los perros, inmundos y fuera del ámbito de los tratos de Dios. Se trataba de una verdadera prueba: ¿abandonaría la última pizca de pretensión y ocuparía humildemente su verdadero lugar?

Lo hizo de una manera muy sorprendente. Su respuesta en el versículo 27 afirmaba lo siguiente: “Ciertamente no soy más que una gentil, pero entre los hombres hay un excedente suficiente para alimentar a los perros, y estoy segura de que el corazón de Dios no es más estrecho que el corazón del hombre”. Jesús detectó al instante la gran fe que había en ella y se la reconoció, concediéndole todo lo que deseaba. Así, por segunda vez, descubrió una gran fe y la reconoció. En ambos casos —el centurión en Mateo 8 y la mujer aquí— era un gentil quien la mostraba, y en ambos casos iba unida a la condenación de sí mismo. «No soy digno», dijo el centurión; «no soy más que un perrillo», dijo la mujer. Siempre es así: los pensamientos elevados del yo van acompañados de poca fe, y los pensamientos bajos del yo, de mucha fe. Busquemos y veamos si la explicación de la pequeñez de nuestra fe se encuentra justo aquí.

El corazón de Dios era mucho más grande de lo que la mujer imaginaba. A pesar de ser un perro, obtuvo una gran migaja de la mesa, pero pronto todo el festín sería enviado a los perros, porque esa es la fuerza del anuncio de Pablo en Hechos 28:28. Sin embargo, tuvieron que suceder muchas cosas antes de que se pudiera hacer ese anuncio, y en nuestro evangelio vemos los comienzos de la maravillosa transición. En el resto del capítulo vemos otras manifestaciones sorprendentes del corazón de Dios. La misericordia que bendijo a una mujer gentil estaba igualmente a disposición de las afligidas multitudes de Israel. La multitud solo tenía que llevar a los necesitados y ponerlos a los pies de Jesús para que fueran sanados, de tal manera que levantaron sus mentes al Dios de Israel y le glorificaron.

Este despliegue de poder, ejercido mediante la misericordia divina, resultó tan atractivo que la cantidad de gente que acudió superó con creces las provisiones de alimentos disponibles, y en su necesidad, Jesús volvió a manifestar la compasión del corazón de Dios. Se repitió la situación del capítulo anterior, pero, aparentemente, los discípulos no esperaban que el Señor actuara como lo había hecho antes. En ellos podemos ver ejemplificada nuestra propia falta de fe. Es relativamente fácil recordar cómo ha actuado el Señor en días pasados, pero es distinto contar con que actúe hoy, con la seguridad de que Él es siempre el mismo. Sin embargo, nuestra falta de fe no es una barrera insuperable para Su acción. De nuevo, tomó sus escasos recursos y los multiplicó hasta hacerlos más que suficientes. Hubo comida para todos y sobró. Tal es la compasión del corazón de Dios.