Mateo 23
ESTE CAPÍTULO REGISTRA sus ardientes palabras. En pocos días, la multitud, influenciada por estos hombres, pediría Su muerte. Su responsabilidad y culpabilidad aumentaron enormemente por la advertencia que el Señor les hizo acerca del verdadero carácter de sus dirigentes.
Comenzó concediéndoles el lugar que reclamaban como exponentes de la Ley de Moisés. Por tanto, el pueblo debía guardar y cumplir la ley tal y como la había oído de sus labios. Sin embargo, debían evitar cuidadosamente tomarlos como ejemplo. Sus vidas contradecían la ley que proclamaban. Legislaban para los demás, sin tener la menor consciencia de su propia obediencia. El Señor lo dijo en el versículo 4 y es una ofensa muy común entre los religiosos de profesión, a quienes les encanta dirigir a los demás mientras ellos mismos se divierten.
Después, en los versículos 5 a 12, expuso su afán por la notoriedad y la preeminencia. Todo lo hacían para ser vistos por los hombres. En las fiestas, en el círculo social; en las sinagogas, en el círculo religioso; en los mercados, en el círculo de los negocios, en todo lugar querían el lugar principal como rabinos y maestros. El discípulo de Cristo debe ser exactamente lo contrario, así que tomémoslo muy en serio. La caída de tales hombres es solo cuestión de tiempo. Se suponía que eran indicadores de entrada al reino, pero en realidad eran obstáculos. Ellos mismos no entraban y además estorbaban a los demás.
Además, aprovecharon su posición para robar a la pobre e indefensa viuda y encubrieron esta enormidad con largas oraciones, por lo que iban a recibir un castigo más severo. Las largas oraciones pueden impresionar a la multitud, ¡pero no impresionaron al Señor! Recordémoslo y evitémoslas. Nos atrevemos a afirmar que nadie que sienta un profundo deseo y sea consciente de la presencia de Dios puede perderse en un laberinto de palabras. Como indica Eclesiastés 5:2, sus palabras deben ser pocas.
El gran celo por hacer prosélitos es característico de la mentalidad farisaica y, en el versículo 15, el Señor expone un rasgo notable del proselitismo. Añade énfasis al carácter de los que son sus prosélitos. Los fariseos eran hijos del infierno y los convertidos eran doblemente perversos. Por eso siempre hay una tendencia a que los hombres malvados y los engañadores tienden siempre a empeorar más y más, hasta que todo esté listo para el juicio.
En los versículos 16 a 22, el Señor condena sus extravagantes enseñanzas. Las distinciones que establecían entre el templo y el oro del templo, entre el altar y la ofrenda que había sobre él, podían hacer que los ingenuos los consideraran con asombro como poseedores de mentes muy superiores. Sin embargo, estas distinciones eran puramente imaginarias y solo demostraban su propia ceguera e insensatez. Hacían lo mismo con otros asuntos: ponían mucha rigidez en cosas pequeñas y mucha negligencia en cosas grandes, ya fuera positivamente, en cuanto a lo que observaban (versículo 23), o negativamente, en cuanto a lo que rechazaban (versículo 24). Sin duda estaban ciegos, y este tipo de ceguera es muy común hoy en día.
Los versículos 25 a 28 exponen otra característica perniciosa: solo se preocupaban de la limpieza externa para parecer bien ante los hombres. Sin embargo, no se preocupaban por su interior, que estaba abierto a la mirada de Dios. Eran muy cuidadosos con la posible contaminación adquirida por contacto con el exterior, pero muy descuidados con la contaminación que ellos mismos generaban desde el interior. En consecuencia, se convirtieron en focos de contaminación y, más que adquirirla de otros, la trasmitieron a otros. Este es un mal muy insidioso del que bien podemos rogar ser preservados de cualquier manera.
Por último, en los versículos 29 a 33, el Señor los acusó de ser los asesinos de los profetas de Dios. Construyeron tumbas para los profetas anteriores, ya que no sentían el aguijón de sus palabras; sin embargo, ellos eran los hijos de quienes los habían matado. Fieles al principio del versículo 15, demostrarían ser doblemente hijos de asesinos, llenando la medida de los pecados de sus padres y terminando, sin duda, en la condenación del infierno.
Este pasaje nos ofrece la condena más terrible de la boca de Jesús que tenemos registrada. Nunca habló así a ningún pobre publicano o pecador. Estas duras palabras estaban reservadas para los religiosos hipócritas. Él estaba lleno de gracia y verdad. Extendió la gracia con verdad a los pecadores que se reconocían tales. La luz de la verdad, sin mostrar gracia, estaba reservada para los hipócritas.
Así fue como la sangre de una larga estirpe de mártires fue a yacer a la puerta de aquella generación, y ahora, por última vez, Jerusalén tenía la oportunidad de refugiarse bajo las alas del SEÑOR, que estaba entre ellos en la persona de Jesús. Muchas veces los había cobijado así, como atestiguan los Salmos, y muchas veces los habría reunido Jesús durante su estancia entre ellos, pero no quisieron. Por tanto, la hermosa casa de Jerusalén que antes perteneció al SEÑOR, ahora es abandonada. Solo era casa de ellos, y fue dejada desierta; y Aquel que la habría llenado se alejaba de ellos para no ser visto hasta que dijeran: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Ellos no dirán esto, como muestra el Salmo 118, hasta que llegue ese día “que hizo Jehová”, cuando
la piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo.
