Mateo
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F.B. Hole - 2026

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Mateo 25

LA PARÁBOLA DE LAS DIEZ VÍRGENES abre este capítulo. Este mundo está muy enmarañado en todos los sentidos. La venida del Señor va a producir un profundo desenredo. Ya hemos visto esto en las parábolas del trigo y la cizaña y la de la red echada en el mar en Mateo 13, y de nuevo en los versículos que acabamos de considerar al final de Mateo 24. El mismo gran hecho se nos presenta otra vez en esta nueva semejanza del reino de los cielos. El Señor ya había mencionado a la Iglesia de manera anticipada, pero aquí no dice: “Entonces la Iglesia será semejante…”, sino “el reino de los cielos será semejante”, que es más amplio y la incluye. Por eso las “diez vírgenes” no representan a la Iglesia de manera distintiva, aunque esté incluida en su alcance.

Por eso es acertado aplicar la parábola a los santos del momento presente, a nosotros mismos. Las vírgenes “salieron” al encuentro del esposo y nosotros hemos sido llamados fuera del mundo para esperar al Señor. Hubo un tiempo de olvido y letargo en la historia de la Iglesia. Se ha podido oír un clamor conmovedor en cuanto a la venida del Esposo, un clamor que ha dicho: «Salid a recibirle», es decir, volved a vuestra posición original como pueblo llamado. Mientras dormían, era difícil distinguir a los verdaderos de los falsos, pero cuando despertaron y volvieron a su lugar original, la diferencia se hizo patente y se reveló quiénes no tenían aceite. El aceite representa al Espíritu Santo y “si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él” (Romanos 8:9).

Esta parábola se ha utilizado para apoyar la idea de que solo los creyentes devotos y despiertos se encontrarán con el Señor cuando vuelva, y de que los creyentes de menor mérito serán castigados. Creemos que esta interpretación es errónea. El punto de este pasaje es que la venida del Señor establecerá una separación total entre los que realmente son Suyos y los que no lo son. En esta parábola, se hace una separación entre verdaderos y falsos en el ámbito de la profesión, y el sello del Espíritu solo lo poseen aquellos que son verdaderamente de Cristo. El cierre de la puerta simboliza el rechazo de los falsos creyentes. Los insensatos no representan a los descarriados que alguna vez conocieron al Señor y fueron conocidos por Él. No dice, «Alguna vez los conocí, pero ahora los desconozco», sino más bien, «No os conozco». El Señor conoce a los que son Suyos, pero estos eran extraños para Él.

En el versículo 13, el Señor aplica esta parábola a sus discípulos y a nosotros. No sabemos cuándo vendrá el Hijo del Hombre, por lo que debemos estar preparados y velar. Así, una y otra vez, hace que Su enseñanza profética afecte a nuestro carácter y comportamiento. No nos la da solo para satisfacer nuestra curiosidad. Por eso, después de exhortarnos a la vigilancia, procede a mostrarnos en el resto de este capítulo cómo Su venida nos afectará a nosotros, Sus siervos, y cómo afectará al mundo. El desenredo que va a producir será total.

La parábola de los siervos y los talentos refuerza la exhortación a estar alerta dada en el versículo 13, y muestra cómo la venida del Hijo del Hombre pondrá a prueba a todos los que ocupan el lugar de siervos suyos y conducirá a la expulsión de todo lo falso. Es un pensamiento que debe hacernos reflexionar sobre el hecho de que, durante el tiempo de su ausencia, el Señor ha confiado sus “bienes” a su pueblo. Sus intereses han sido puestos en nuestras manos y no podemos eludir la enseñanza de la parábola diciendo: “No tengo ningún don especial y, por lo tanto, no se aplica a mí”.

El señor entregaba sus bienes a sus siervos, “a cada uno” de ellos, y tenía el discernimiento necesario para valorar la capacidad de cada uno, por lo que repartía “conforme a su capacidad”. Por tanto, podemos distinguir entre los dones que se nos pueden conceder y las capacidades que podemos poseer, recordando siempre que el Señor ajusta la relación entre ambas cosas. Nuestras capacidades abarcan tanto los dones naturales como los espirituales. Si estos últimos no son muy grandes, cinco talentos, o incluso dos, podrían ser solo una carga para nosotros. Si es así, el Señor lo sabe y solo nos da uno. Podríamos relacionar esto con los dones de los que se habla en Romanos 12:6-15, que abarcan a todo el pueblo de Dios. Sea grande o pequeño el don concedido, lo importante es usarlo con diligencia.

Los siervos que recibieron cinco y dos talentos mostraron la misma diligencia. Cada uno logró duplicar lo que se le había confiado y, cuando su señor regresó, ambos recibieron su aprobación y recompensa por igual. En esta parábola, el contraste no se establece entre la mayor o menor fidelidad y diligencia, que pueden caracterizar a los verdaderos siervos, sino entre los siervos que eran verdaderos, aunque su capacidad difiriera, y el que no era un siervo de verdad. El que había recibido un talento lo escondió en la tierra en lugar de utilizarlo en beneficio de su señor, y lo hizo porque no lo conocía de verdad. Pensaba que era un hombre duro, que exigía más de lo que le correspondía, alguien a quien temer. Su señor le reprendió por el supuesto conocimiento que decía tener y demostró que su alegato no hacía sino agravar su culpabilidad, pues, si hubiera sido un hombre duro, tanta más razón habría habido para usar con diligencia el talento confiado.

En realidad, el señor no era de ninguna manera un hombre duro, como demuestra el trato que dispensaba a los siervos buenos y fieles. La verdad es que este siervo no conocía de verdad a su señor ni tenía un vínculo verdadero con él. El resultado fue que perdió todo lo que se le había confiado y fue expulsado a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de dientes, como el falso siervo descrito al final del capítulo anterior. En la parábola similar de Lucas 19 se distingue entre los siervos según su celo y fidelidad, y se les recompensa en consecuencia. El siervo al que se le confió un solo talento sufrió una pérdida, pero no fue expulsado a las tinieblas exteriores. Es digno de mención que, en ambos casos, el fracaso se observa en el hombre al que se le había confiado menos. Si examinamos nuestro propio corazón, reconoceremos que, cuando solo somos capaces de hacer pequeñas cosas, tendemos a no hacer nada. El Señor honrará sin duda al siervo que, aunque con poca capacidad, realiza las pequeñas cosas con celo y fidelidad.

El párrafo final de este capítulo (versículos 31-46) no se presenta como una parábola. Las parábolas comenzaron en el versículo 32 de Mateo 24 y, ahora que han concluido, el versículo 31 retoma el hilo del discurso profético de Mateo 24:31. Cuando venga el Hijo del Hombre, no solo reunirá a los elegidos, sino que convocará a todas las naciones ante Él para que se produzca un completo desenredo entre los buenos y los malos en toda la tierra. Todas las naciones serán reunidas ante Él y la escena tendrá lugar en la tierra. En el juicio final, cuando la tierra y el cielo huyan, como se predijo en el Apocalipsis 20, no aparecerán naciones, sino “los muertos, grandes y pequeños”, pues en la muerte desaparecen todas las distinciones nacionales.

Otras escrituras nos informan de que Cristo ejecutará los juicios de guerra cuando, en el Armagedón, los poderosos ejércitos de los diversos reyes de la tierra sean destruidos. Sin embargo, estos juicios dejarán multitudes de población civil que también deberán pasar ante el escrutinio del Hijo del Hombre, porque solo Él puede discriminar y desentrañar con sabiduría infalible. Lo hará como un pastor separa las ovejas de las cabras, y las cuestiones que dependan de Su juicio serán eternas, como lo serán en el juicio del gran trono blanco. También aquí, como allí, los hombres serán juzgados según sus obras.

Dios conoce el verdadero estado de cada corazón, aparte de las obras; sin embargo, cuando se lleva a cabo el juicio público, siempre se hace de acuerdo con las obras, ya que indican claramente y sin fallo cuál es ese estado, y así la rectitud de los juicios divinos es manifiesta para todos los espectadores. Estos mensajeros, a quienes el Rey llama “mis hermanos”, habían salido como sus representantes y el trato que recibieron varió según la opinión que se tenía del Hijo del Hombre al que representaban. Quienes creían en Él se identificaban con sus mensajeros y los atendían en su rechazo y aflicciones; quienes no creían en Él no les prestaban atención alguna. Los que tenían fe la manifestaban con sus obras. Los que no tenían fe también la manifestaban por sus obras.

Observa que el rey no acusa a los condenados de perseguir y encarcelar a sus siervos, sino solo de ignorarlos y tratarlos con negligencia. Esto encaja con la gran pregunta de Hebreos 2: “¿Cómo escaparemos si descuidamos una salvación tan grande?”. En aquel día se verá que, si los hombres tratan a Cristo con negligencia al descuidar a sus siervos, caerán bajo la condenación eterna.

¿Quiénes son “estos mis hermanos”? Si tenemos en cuenta todo el discurso profético, del que esta es la parte final, la respuesta no es difícil. Al inicio del discurso, el Señor se dirigió personalmente a sus discípulos y les anunció que serían odiados, afligidos y traicionados, pero que el fin no llegaría hasta que “este evangelio del reino” hubiera sido predicado en testimonio para todas las naciones, y que quienes resistieran hasta el final se salvarían. Habla como si los discípulos que le precedieron estuvieran allí al final, ya que los considera representantes. Los “hermanos” al final del discurso son los discípulos de los últimos días, que estuvieron representados por los discípulos de los primeros días, a quienes el Señor se dirigía. Ahora bien, aunque estos fueron bautizados un poco más tarde en el cuerpo único que es la Iglesia, según consta en Hechos 2, en aquel momento eran simplemente un remanente de Israel que había descubierto al Mesías en Jesús y se había entregado a él. Ellos representaban un remanente similar de Israel que, en los últimos días, abrirá los ojos y recogerá el hilo interrumpido de “este evangelio del reino”, interrumpido cuando Cristo fue rechazado en la tierra y que será recogido y renovado justo antes de que Él regrese para reinar.

En el párrafo final de Mateo 25 llega el fin. El Hijo del Hombre se corona como Rey, los discípulos que permanecieron fieles hasta el final se salvan, las naciones son juzgadas, la separación definitiva entre buenos y malos se lleva a cabo y el resultado del juicio es eterno. Tres veces aparece la palabra eterno. El castigo de los malvados y el fuego al que van son eternos; la vida a la que pasan los justos también lo es. La antítesis de la vida no es la ausencia de existencia, como lo sería si la vida significara simplemente la existencia como resultado de la chispa vital que permanece en nosotros, sino el castigo, ya que la vida eterna significa el reino de las verdades benditas y eternas en el que los justos se regocijarán para siempre. No se trata de que la vida esté en ellos, sino de que pasen a ella. Con esta feliz nota terminó el discurso profético del Señor.