Mateo 26
ESTE CAPÍTULO NOS REMITE a los últimos días de la vida del Señor en la tierra. Los primeros versículos nos muestran el palacio del sumo sacerdote, lleno de astucia y planes para asesinarlo. En los versículos 6 a 13, nos alejamos de esta atroz maldad de las altas esferas para contemplar una acción de amor y devoción en un hogar humilde, donde vivía parte del remanente piadoso. De Juan 12 deducimos que la mujer era María de Betania. Está claro que le ungió la cabeza y los pies, pero Mateo, enfatizando su carácter real, menciona que le ungió la cabeza, como corresponde a un rey. Por su parte, Juan, enfatizando Su Deidad, nos dice que ungieron Sus pies, aunque un gran siervo como Juan el Bautista no era digno de desatar Sus sandalias.
Los discípulos no simpatizaban en absoluto con este acto de devoción, ya que lo consideraban un mero despilfarro. Su queja, instigada por Judas Iscariote según el evangelio de Juan, denota que pensaban primero en el dinero y luego en los pobres, y que ignoraban y estaban perplejos ante la inminencia de su muerte. La mujer no pensaba ni en el dinero ni en los pobres. Cristo llenaba su visión y Él sabía interpretar su acción. Probablemente actuó más por instinto que por inteligencia, pero era consciente de que la muerte amenazaba al Objeto de su afecto y adoración. El Señor aceptó lo que hizo como preparación para Su sepultura. No solo lo aprobó, sino que ordenó que su abnegado acto fuera recordado continuamente dondequiera que se predicara el Evangelio. Y así ha sido.
La devoción de la mujer contrasta fuertemente con el odio de los líderes religiosos relatado en el pasaje anterior y con la traición de Judas relatada en el siguiente. La violencia alcanzó su punto máximo en los líderes, que querían matarlo sin escrúpulos y de inmediato. La corrupción alcanzó su máximo punto en Judas, que, después de haber acompañado a Jesús durante tres años, deseaba obtener la mísera ganancia de treinta monedas de plata con su traición. En Israel, un esclavo se estimaba en treinta siclos de plata, como se indica en Éxodo 21:32.
Por otra parte, si el segundo pasaje (versículos 6-13) nos muestra la devoción de una fiel seguidora hacia su Señor, el cuarto pasaje (versículo 17 y siguientes) nos muestra la solicitud del Señor por sus discípulos y cómo esperaba que hicieran memoria de Él durante Su ausencia inminente.
La Pascua se celebró en el lugar elegido por el Señor y, durante la celebración, Él identificó al traidor y le advirtió de su destino. La muerte del Hijo del Hombre por traición había sido predicha en las Sagradas Escrituras, pero esto no disminuyó en absoluto la gravedad del acto del traidor. El hecho de que Dios sea omnisciente y pueda predecir las acciones humanas no exime a los hombres de la responsabilidad de sus actos. Con su acto, Judas mostró su verdadera naturaleza. Jesús estaba a punto de revelarse plenamente mediante Su muerte.
Al concluir la cena pascual, Jesús instituyó Su cena como memorial de su cuerpo entregado y de su sangre derramada por nosotros para la remisión de los pecados. En la redacción de los versículos 26 a 29 no hay nada que afirme definitivamente que la conmemoración ha de observarse hasta su segunda venida; para eso tenemos que acudir a 1 Corintios 11. El hecho se infiere en el versículo 29, ya que la copa habla de bendición y gozo, y el Señor beberá de ella de un modo nuevo cuando venga el reino; mientras tanto, la copa es para nosotros y no para Él. Hoy, Él está marcado por la paciencia; en el día del reino, entrará en la bendición y la alegría de una manera totalmente nueva. Mientras tanto, tenemos el memorial de su muerte, en el que se nos presentan su cuerpo y su sangre por separado, simbolizando así su muerte: este pan, su cuerpo, y esa copa, su sangre derramada.
De camino al monte de los Olivos, Jesús les anunció que Su muerte significaría su dispersión, como había dicho la Escritura, pero también les anunció su resurrección e indicó un lugar de reunión en Galilea, donde volvería a reunirlos. Sin embargo, Pedro, lleno de confianza en sí mismo, se resistió a la advertencia, lo que le llevó a su perdición y a no comprender el hecho y la importancia de la resurrección. Todos los discípulos estaban marcados por lo mismo, aunque no en el mismo grado.
Muy pronto fueron puestos a prueba en el huerto de Getsemaní. Allí, Jesús se sumergió en el dolor de la muerte que le esperaba, manteniéndose plenamente unido a su Padre. Su misma perfección le hacía huir de todo lo que implicaba el sufrimiento y la muerte como juicio de Dios, sin embargo, aceptó aquel cáliz de la mano del Padre. Además, era un tributo a la perfección de su Humanidad el que deseara la compasión de los discípulos elegidos; sin embargo, se cumplió la palabra profética: “Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo; y consoladores, y ninguno hallé” (Salmo 69:20). Pedro y los demás, que se jactaban de que nunca le negarían, no pudieron velar con él ni una hora. Su carne era demasiado débil, aunque aún no lo sabían. Tampoco sabían que la traición de Judas estaba a punto de consumarse y que la crisis les acechaba.
Sin embargo, así fue, y en el resto del capítulo vemos el asombroso contraste entre Cristo y el resto de las personas que entraron en contacto con Él. Cristo es la figura serena en el centro del cuadro.
Primero viene Judas, el traidor, que enmascaró su traición con tal hipocresía que, veinte siglos después del suceso, “el beso de Judas” sigue siendo una expresión proverbial de disgusto. En el lenguaje del Salmo 41:9, aquí estaba “el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía”, y había “contra mí el calcañar”. Por eso, Jesús se dirigió a él como “amigo”, pero le hizo la pregunta inquisitiva:
¿A qué vienes?
Había ido a traicionar a su Maestro por treinta míseras monedas de plata.
A la hipocresía repugnante del falso discípulo le sigue el celo carnal de uno verdadero; sabemos que es Pedro por el evangelio de Juan. El hombre, seguro de sí mismo, duerme cuando debería estar despierto y golpea cuando debería estar tranquilo. Su acción habría sido para el descrédito de su Maestro, si no hubiera sido desautorizada. Llegará un tiempo en que “los santos” estarán regocijados “con gloria”, cuando “lleven las alabanzas de Dios en su boca, y espada de dos filos en su mano, para ejecutar venganza” (Salmo 149:5-7, V. M.), pero eso ocurrirá en el tiempo del segundo advenimiento, no del primero. La acción de Pedro estaba totalmente fuera de lugar e iba a provocar que le dieran un golpe de espada. También estaba fuera de armonía con la actitud de su Maestro, que disponía de un poder insuperable y, no obstante, se dejó conducir como un cordero al matadero, tal y como había anunciado la Escritura.
Cuando Dios quiso borrar de la faz de la tierra las ciudades de la llanura, solo envió a dos ángeles para asestar el golpe. Si hubiera enviado doce legiones contra el mundo rebelde, ¿qué habría sucedido? La oración que las habría lanzado no fue pronunciada y el golpe de Pedro, dado tanto por él mismo como por su Maestro, fue sencillamente ridículo. Cuando nos resignamos a sufrir como cristianos, salimos victoriosos espiritualmente; cuando tomamos la espada, perdemos la batalla espiritual y, al final, perecemos por ella. Una de las principales razones por las que la Reforma de hace cuatro siglos fue tan maltratada y desfigurada es que sus principales promotores recurrieron a la espada para defenderse, convirtiéndola así en un movimiento nacional y político en lugar de espiritual.
A continuación, vemos cómo el Señor trata con calma a la ruda turba dirigida por Judas que ha ido a arrestarle. Les demostró lo inapropiado e incluso absurdo de sus actos. Sin embargo, la fortaleza de todos los discípulos se derrumbó en presencia de esta turba: abandonaron a su Maestro y huyeron. ¡Así son incluso los mejores hombres!
La turba lo entregó a los dirigentes de Israel, que decían representar a Dios, pero que habían desechado toda pretensión de buscar la justicia. No se nos dice que fueran engañados para aceptar pruebas falsas ni que fueran tentados a recibirlas por la fuerza. No, la Biblia dice que
buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte.
Lo BUSCABAN. ¿Nos preguntamos si alguna vez ha habido otro juicio en esta tierra en el que los jueces hayan comenzado por buscar mentirosos para condenar al acusado? Así fue aquí, y ante ello Jesús calló. Al estar el juicio completamente divorciado de la justicia, se enfrentó a ellos con una dignidad divina y solo habló para afirmar su condición de Cristo, su filiación y su gloria venidera como Hijo del Hombre.
Por eso le condenaron, pero el sumo sacerdote quebrantó la ley al rasgarse las vestiduras, con lo que solo se condenó a sí mismo. Esta fue la señal para que se desatara un pandemónium de insultos, en medio del cual se mantenía serena la figura de nuestro Salvador y Señor. La serena luminosidad de Su presencia nos permitió ver la oscura degradación en la que estaban sumidos.
Por último, en este capítulo, Pedro recoge lo que sembró con su confianza en sí mismo. En el versículo 58 leíamos que le seguía de lejos y ahora le encontramos entre los enemigos de su Señor, incapaz de resistir. Se muestra débil allí donde parecía fuerte, pues la impetuosidad no es sinónimo de valentía. La energía carnal le había llevado a una situación en la que nunca debería haber estado y por eso cayó. No podemos tirarle piedras. Más bien, oremos para que, si nos encontramos en una situación similar, se nos conceda un arrepentimiento como el descrito en el último versículo: un arrepentimiento que surgió justo después de la caída.
