Mateo 21
ESTE CAPÍTULO COMIENZA con la presentación del Señor en Jerusalén, según la profecía de Zacarías. El Señor había hablado por medio del profeta y, cinco siglos después, la asna y su pollino estaban preparados en el momento oportuno, a cargo de alguien que respondió inmediatamente a la necesidad del Señor. Una vez más, el Señor se manifestaba claramente ante ellos como su Mesías y Rey. Tal y como lo habían anunciado los profetas, Jesús había nacido de una virgen en Belén, había sido sacado de Egipto y había surgido como la gran Luz en Galilea. Ahora, cuando se cumplieron las sesenta y nueve semanas de Daniel 9, entró como rey en su ciudad. El pueblo pasó por alto el hecho de que había de ser manso y que la salvación que había de traer debía ser acorde con esto y no basarse en un poder victorioso. Por consiguiente, tropezaron con esa piedra de tropiezo.
Sin embargo, durante un breve instante pareció que iban a recibirle. El ejemplo de los discípulos era contagioso y la multitud le honraba, aclamándole como Hijo de David y como Aquel que había de venir en nombre del Señor. Pero la realidad de su fe pronto fue puesta a prueba, pues, al entrar en la ciudad, surgió la pregunta: “¿Quién es este?”. La respuesta de la multitud no demostró una fe real. Dijeron: “Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea”. Era cierto, por supuesto, hasta donde llegaba, pero no iba más allá de lo que era obvio, incluso para los que no tenían fe. Muchos profetas habían entrado antes y Jerusalén los había matado.
Jesús acababa de presentarse ante ellos como rey, así que, una vez llegado a la ciudad, se dirigió directamente al templo, el centro mismo de su religión, y afirmó su poder real al limpiarlo. Ya lo había hecho al principio de su ministerio, como se relata en Juan 2, y volvió a hacerlo al final. El comercio y el cambio de dinero en el templo sin duda surgieron de las benevolentes disposiciones de la ley, registradas en Deuteronomio 14:24-26. Sin embargo, hombres impíos se habían aprovechado de esta disposición para convertir el recinto del templo en una cueva de ladrones. La intención de Dios era que su templo fuera un lugar donde los hombres se acercaran a Él con sus peticiones. Sin embargo, sus encargados lo habían convertido en un lugar donde se estafaba a la gente, por lo que el nombre de Dios era difamado. Profanar o corromper el templo de Dios es un pecado muy grave. 1 Corintios 3:17 lo demuestra en su aplicación al templo de Dios actual.
Después de expulsar a estos hombres inicuos, Jesús mostró misericordia a las mismas personas a las que ellos habrían mantenido afuera. En Levítico 21:18 se prohibía acercarse a los ciegos y cojos, y en 2 Samuel 5:6-8 se registra la sentencia de David contra ellos: “no entrará en la casa”. El gran Hijo de David había llegado ahora a Sión y revocó la acción de David. La clase de gente que era aborrecida “del alma de David” fue amada y bendecida aquel día. Los sórdidos cambistas habían dado una mala imagen del Dios de quien era la casa, y habían hecho que los hombres blasfemaran contra Su nombre; al curar a los necesitados, Jesús dio una imagen correcta del corazón de Dios, y como resultado hubo alabanzas. Hasta los niños gritaban:
¡Hosanna al Hijo de David!
Habían recogido el aclamo de los mayores.
Los propios líderes religiosos fueron testigos de sus maravillosas obras de poder y gracia, y para su gran disgusto escucharon el clamor de los niños. Jesús los reivindicó en su sencillez citando el versículo del Salmo 8, que vio cumplido en ellos. El Salmo dice: “De la boca de los pequeñitos, y de los que maman, has ordenado la alabanza” (V. M.), mientras que Él le dio una aplicación al decir: “perfeccionaste la alabanza”; pero, en cualquier caso, la idea es que Dios logra lo que desea y recibe la alabanza que busca a través de cosas pequeñas y débiles. Así se pone de manifiesto que la fuerza y la alabanza provienen de Él mismo. Así sucedió aquí. Cuando los líderes no solo guardaron silencio, sino que se opusieron, Dios hizo que la alabanza apropiada saliera de los labios de los niños.
Por el momento, sin embargo, la ciudad y el templo estaban bajo la custodia de estos hombres incrédulos, así que los dejó, y se fue a pasar la noche a Betania, donde al menos había un hogar que creía en Él y lo amaba. Al volver a la mañana siguiente, pronunció su sentencia contra la higuera que no daba más que hojas. Solo tenía hojas, pero no daba frutos, y aquel árbol ya no daría frutos jamás. Estaba totalmente condenada. Inmediatamente se secó. El hecho fue tan evidentemente milagroso que llamó la atención de los discípulos.
La respuesta del Señor cambió sus pensamientos de la higuera a “este monte”. La higuera simbolizaba a Israel, concretamente a la parte de la nación que había regresado del cautiverio y se encontraba en la tierra prometida. Al ser juzgados como nación, se mostró que no tenían nada que ofrecer a Dios y estaban condenados. Y, puesto que eran la mejor muestra de la raza humana, el árbol sin fruto exponía el hecho de que la raza de Adán, como hombres de carne y hueso, está condenada y nunca dará frutos para Dios. Jerusalén y su templo coronaban “este monte”, que simbolizaba todo el sistema judío, creemos. Si hubieran tenido fe, habrían podido anticipar lo que Dios iba a hacer al retirar el monte para que fuera sumergido en el mar de las naciones. La epístola a los Hebreos muestra cómo el sistema judío fue desechado y “este monte” fue finalmente arrojado al mar cuando Jerusalén fue destruida en el año 70 d. C.
Lo que se necesita es fe. La carta a los Hebreos lo subraya, pues en ella aparece el gran capítulo sobre la fe. Después de todo, el sistema de Israel no era más que una sombra de las cosas buenas por venir, no la imagen misma. Se necesitaba fe para discernirlo y, cuando se escribió la epístola a los Hebreos, muchos de los creyentes en Cristo aún no se habían librado de las sombras. El hombre de fe es el que profundiza en las realidades que Cristo ha presentado y puede orar con la confianza de recibir lo que pide.
Los líderes religiosos consideraron que la llegada de Jesús a Jerusalén y sus milagrosos actos suponían un desafío a su liderazgo, por lo que decidieron actuar con agresividad y cuestionar Su autoridad. Al hacerlo, iniciaron una controversia cuyo relato se extiende hasta el final del capítulo 22, y que produjo tres sorprendentes parábolas de labios del Señor, seguidas por tres alevosas preguntas de fariseos y herodianos, saduceos y un intérprete de la ley, respectivamente, y que culminó con la gran pregunta del propio Señor, que redujo a todos sus adversarios al silencio.
Al exigirle que acreditara su autoridad, los sumos sacerdotes asumieron que tenían competencia para evaluarla una vez presentada. La respuesta del Señor fue prácticamente la siguiente: si demostraban su competencia pronunciándose sobre la cuestión mucho menor de la autoridad de Juan, entonces Él sometería su autoridad al escrutinio de ellos. Esto los sumió de inmediato en la dificultad. Si aprobaban el bautismo de Juan como venido del cielo, se condenaban a sí mismos por no haberle creído. Si lo rechazaban como meramente humano, perderían popularidad entre la gente que lo tenía por profeta. Esa popularidad les importaba mucho, pues
amaban más la gloria de los hombres
(Juan 12:43)
No querían decir que el bautismo de Juan era válido, ni se atrevían a decir que era inválido, así que optaron por la ignorancia y dijeron: “No sabemos”. Así destruyeron su propia capacidad de juzgar y perdieron cualquier motivo para protestar cuando Jesús se negó a revelar su autoridad. El poder de Dios que ejercía le otorgaba una autoridad plena, independiente de cualquier otra cosa. Pero ellos lo habían rechazado y lo atribuían a la energía del diablo, como vimos antes en el evangelio.
Ahora es el Señor quien toma la iniciativa con sus parábolas. Al analizarlas, veremos que la primera se refiere a su respuesta bajo la Ley; la segunda, a su respuesta durante la presencia del Hijo en la tierra; y la tercera es profética y se refiere a la respuesta que se daría al Evangelio. Se observa el orden divino: la Ley, el Mesías y el Evangelio.
Jesús empieza con las palabras: “¿Qué os parece?”, ya que somete la breve parábola a su juicio y les permite condenarse a sí mismos. La parábola de los dos hijos en Lucas 15 es algo larga, mientras que aquí tenemos una parábola de dos hijos muy corta, pero en ambas se representan las mismas dos clases: los líderes religiosos, por un lado, y los publicanos y pecadores, por otro. En esta parábola, sin embargo, se pone de manifiesto su responsabilidad bajo la ley, mientras que en Lucas 15 se muestra su recepción según la gracia del Evangelio.
En varios pasajes del Antiguo Testamento, la figura de la viña representa a Israel bajo la Ley, por lo que las palabras, “Ve hoy a trabajar en mi viña” expresan muy bien el mandato de Jehová. A menudo se citan estas palabras como si instara a los cristianos a servir a su Señor en el Evangelio, pero ese no es su significado si se leen en su contexto. La figura que se aplicaría a nosotros es la del trabajo en “la mies” y no en “la viña”, como se ve en Mateo 9:38, Juan 4:35-38 y otros pasajes. La gran palabra bajo la ley era “Haced esto”, porque ponía a la gente a trabajar, pero por las obras de la ley ninguna carne ha sido justificada.
Este hecho se puede observar en la parábola, ya que ninguno de los dos hijos se caracterizó por una obediencia plena. Uno hizo profesión de palabra, pero desobedeció totalmente. El otro se negó flagrantemente al principio, pero luego se arrepintió y obedeció. Así, los sumos sacerdotes y los ancianos se engañaban a sí mismos con su profesión religiosa, mientras que los publicanos y las rameras se arrepentían y entraban en el reino de Dios. En el versículo 32, el Señor relaciona definitivamente este asunto con el ministerio de Juan. Él vino al final de la era de la Ley para llamar al arrepentimiento a quienes habían fracasado bajo ella. Así, el Señor mismo relacionó la parábola con la ley y no con el Evangelio.
Sigue la parábola del padre de familia y su viña. Todavía es la viña, nos damos cuenta; y “la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel” (Isaías 5:7). Ahora no solo tenemos su fracaso bajo la Ley, sino también cómo maltrataron a todos los profetas que Dios había enviado para dirigir sus conciencias y, finalmente, cómo trataron al Hijo, que vino como la prueba suprema. Los “labradores” de la parábola representan evidentemente a los dirigentes responsables de Israel, que no solo repitieron su incapacidad de producir fruto alguno en beneficio del “padre de familia”, sino que coronaron su maldad matando al Hijo. Deseaban quedarse con toda la herencia. Así resumió el Señor la acusación contra Israel en estos tres puntos: no dieron ningún fruto a Dios, maltrataron a sus siervos los profetas y rechazaron y asesinaron al Hijo.
Tras exponer la parábola, les preguntó: “¿Qué hará a aquellos?”. De este modo, sometía a su juicio el destino que merecían los labradores. Sus adversarios, tan agudos en lo referente a sus propios intereses, eran obtusos y ciegos para todo lo espiritual. Por eso no discernieron en absoluto el sentido de la parábola y dieron una respuesta que predecía la justa condena que recaería sobre sus propias cabezas. En dos palabras, serían desposeídos y destruidos.
El Señor aceptó el veredicto que ellos habían emitido sobre sí mismos, citando el Salmo 118:22-23 en corroboración. Él era la piedra que los constructores habían rechazado. No encajaba en el edificio que ellos habían diseñado y lo rechazaron. Llegará el día en que será Él traído para ser el fundamento y establecer las líneas del edificio que Dios tiene en mente, y este maravilloso acontecimiento implicará la destrucción de los hombres inicuos y de su falso edificio.
En los versículos 43 y 44 se describen las consecuencias actuales de su rechazo. Se convierte en piedra de tropiezo para los líderes de Israel y para el pueblo, y por ello serán quebrantados. Esto sucedió finalmente cuando Jerusalén fue destruida. El reino de Dios se había establecido en medio de ellos por medio de Moisés, y ahora les era arrebatado definitivamente para dárselo a otra “gente” que produjera los frutos apropiados. Los profetas de antaño habían denunciado el pecado del pueblo y anunciado que Dios levantaría otra nación para suplantarlos, como vemos en escrituras como Deuteronomio 32:21, Isaías 55:5, Isaías 65:1 e Isaías 66:8. Esa nación “nacerá… de una vez” al comienzo de la era milenaria, es decir, renacerán y tendrán la naturaleza que se deleita en la voluntad de Dios y les permitirá producir fruto. Los cristianos anticipamos esto, como vemos en 1 Pedro 2:9. Redimidos y nacidos de nuevo, hemos sido llamados de las tinieblas a la luz admirable de Dios, y por eso estamos llamados a ser una “nación santa” que anuncie las virtudes de Aquel que nos ha llamado. Esto es, sin duda, producir frutos que le complacen.
La última parte del versículo 44 se refiere a lo que sucederá a los incrédulos al inicio del milenio. Las palabras del Señor parecen hacer referencia a Daniel 2:34-35 y describen el efecto pulverizador que tendrá Su segunda venida sobre los hombres, tanto judíos como gentiles. Por tanto, la enseñanza de estos dos versículos abarca la destrucción nacional de Israel como consecuencia de su rechazo a Cristo, la sustitución de esta nación por otra nueva y la destrucción final de todos Sus adversarios cuando el Señor Jesús se manifieste en llama de fuego.
Al oír estas cosas, los sumos sacerdotes y los fariseos se dieron cuenta de que hablaba de ellos y de que se estaban condenando a sí mismos sin darse cuenta. ¡Qué conmoción debió de producirles! En su derrota, pensaron en asesinarle, pero se contuvieron por miedo a la opinión popular. En el versículo 26, vimos que el miedo al pueblo frenaba sus lenguas. En el versículo 46, se menciona una restricción sobre sus acciones.
