Mateo 14
EN AQUEL TIEMPO, dice el versículo inicial, Herodes “oyó la fama de Jesús”. Justo cuando no tenía fama en Nazaret, Su fama llegó a oídos de aquel hombre impío y, según parece, tocó su endurecida conciencia. Es notable que pensara que se trataba de Juan resucitado de entre los muertos, considerando que el apóstol Pablo le dijo a un posterior Herodes: “¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?” (Hechos 26:8). Lo que no podían creer cuando sucedió era provocado por una conciencia culpable.
Esto lleva a Mateo a contarnos la historia del martirio de Juan, ocurrido poco antes. El fiel testimonio de Juan había despertado la ira de Herodes y la venganza de Herodías, y el precursor del Señor murió como consecuencia de un juramento impío. Herodes ultrajó la ley de Dios para mantener su palabra. Tal era el hombre que gobernaba a muchos judíos: un castigo, seguramente, por sus abundantes pecados.
Ahora bien, Juan siempre había señalado fielmente a Jesús y la gente reconocía que, aunque no hiciera ningún milagro, “todo lo que Juan dijo de éste, era verdad” (Juan 10:41). Gracias a la fidelidad de Juan a Jesús, sus discípulos supieron qué hacer cuando fue arrebatado tan repentinamente. Se les concedió su cuerpo, así que, después de enterrarlo, “fueron y dieron las nuevas a Jesús”. Juan era la “antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35), mientras que Jesús es la luz que viene al mundo para brillar para todos los hombres. La lámpara se apagó, así que se volvieron hacia la gran luz y allí encontraron consuelo.
Al oírlo, Jesús se marchó a un lugar desierto. Marcos nos muestra que, justo en ese momento, Sus discípulos regresaban a Él de su misión. En esta coyuntura, era conveniente que el Maestro, sus discípulos y los tristes seguidores de Juan, que probablemente le acompañaban, pasaran un tiempo de soledad y quietud.
Sin embargo, las multitudes le seguían y Él satisfacía sus necesidades. Como siempre, sentía compasión. La indiferencia de Nazaret y la maldad de Herodes no cambiaron su forma de ser. Meditemos largamente en la compasión inmutable del corazón de Cristo. ¡Bendito sea Su nombre!
No fue el Señor, sino sus discípulos, quienes sugirieron que se despidiera a la multitud para que se valiera por sí misma. Fue Su compasión la que los detuvo y ordenó a sus discípulos que les dieran de comer. Esto puso a prueba a los discípulos y demostró lo poco que comprendían el poder de su Maestro. Tuvieron que descubrir que el método de su Maestro consistía en utilizar los pocos recursos de los que disponían y multiplicarlos hasta que fueran más que suficientes. El profeta indicó que Jehová encontraría su descanso en Sión y que entonces su palabra sería:
Bendeciré abundantemente su provisión; a sus pobres saciaré de pan.
(Salmo 132:15)
El Señor estaba ahora entre Su pueblo en la persona de Jesús y, aunque no había descanso para él en Sión en aquel momento, demostró lo que podía hacer por aquellos cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños. Estaba repartiendo la generosidad del cielo y, por eso, miraba al cielo mientras bendecía.
Recordemos en este punto la situación tal y como se presenta en este evangelio. Había sido rechazado definitivamente por la nación, y sus dirigentes habían cometido el pecado imperdonable de atribuir sus obras de poder al diablo. Por tanto, había roto simbólicamente sus vínculos con ellos. Esto lo vimos en los capítulos 11 y 12 de Mateo. Después, en Mateo 13, Jesús contó parábolas que revelaban nuevos acontecimientos relacionados con el reino de los cielos. Al final de ese capítulo, vemos que la gente de su pueblo no veía en él nada más que al hijo del carpintero. Abrimos el capítulo 14 y vemos que Herodes ha matado a su precursor, por lo que el rechazo por parte de todos es total. Sin embargo, antes de cerrar el capítulo, vemos dos grandes hechos: primero, que Él es más que suficiente cuando está en presencia de la necesidad humana, ya sea de la multitud o de los discípulos. En segundo lugar, Él es más que supremo cuando se enfrenta a los poderes esgrimidos por el adversario. No solo caminó Él mismo sobre las aguas tempestuosas, sino que permitió que un débil discípulo hiciera lo mismo.
Durante la noche, había estado orando en el monte, mientras los discípulos luchaban contra circunstancias adversas. Por la mañana, se les acercó caminando sobre las olas. En el episodio anterior del lago (Mateo 8), había demostrado que podía aplacar la tempestad, ya que Su poder era superior al del diablo. Ahora se muestra en absoluta supremacía. La tempestad no era nada para Él. Era angustiosa para los discípulos, pero allí estaba Aquél de quien se había dicho: “En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas” (Salmo 77:19). Su presencia les infundió ánimo, aunque la tempestad seguía arreciando; y cuando se subió a la barca, cesó el viento.
Pero el Señor trajo consigo algo más que buen ánimo, y fue Pedro quien lo descubrió: Él puede conformar a otros a Sí mismo. Esto implicaba para Pedro “salir de la barca”, y solo podía hacerlo cuando tuviera la palabra autorizada, “Ven”, que autentificaba el hecho de que era el Señor mismo quien se acercaba. Al estar seguro de que se trataba de Él, y con la fuerza de Su palabra, Pedro salió de la barca y caminó sobre el mar. En esto podemos ver una alegoría de lo que pronto sucedería. El sistema judío, que consistía principalmente en “la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas” (Efesios 2:15), era como una barca muy adecuada para los hombres “según la carne”. Como resultado de Su venida, los discípulos debían salir de esa “barca” hacia un camino de fe pura. Por eso, cuando Pablo se despidió de los ancianos de Éfeso, no los encomendó a un código de leyes, ni a una institución u organización, sino a “Dios y a la palabra de su gracia”. De ahí también el llamamiento a salir “fuera del campamento” en Hebreos 13. Pedro estaba “fuera de la barca”, con Cristo como objetivo y Su palabra como autoridad. La posición cristiana es estar fuera del campamento con Dios y con la palabra de Su gracia.
Sin embargo, la fe de Pedro era débil y, al dejar de pensar en su Maestro y fijarse en el fuerte viento, tuvo miedo y comenzó a hundirse. No obstante, tuvo fe y, en la emergencia, invocó de inmediato a su Señor. Así fue sostenido y, junto con su Señor, entraron a la barca, y en ese momento el viento cesó de inmediato y llegaron a tierra, como nos muestra el evangelio según Juan. Pedro era bastante ilógico en sus temores, pues no es más posible caminar sobre aguas tranquilas que sobre aguas agitadas. Sin embargo, todos somos como él cuando nuestra poca fe domina nuestros corazones. La fe que se centra plenamente en Cristo es fuerte; en cambio, la que se ocupa de las circunstancias es débil.
A veces se habla demasiado del fallo de Pedro y no lo suficiente de lo que le permitió hacer el poder de Cristo, aunque su fe era pequeña. Al fin y al cabo, no se hundió. Solo comenzó a hundirse, pero entonces, sostenido por un poder que no era el suyo, alcanzó a su Señor y regresó con Él a la barca. Ningún otro hombre ha hecho algo semejante y su fallo momentáneo puso de manifiesto que el poder que le sostenía era el de su Señor, por lo que todos los demás adoraron a Jesús como Hijo de Dios. Tuvieron una gran visión de Su gloria y, cuando llegaron a la tierra de Genesaret, el pueblo rindió tributo a Su gracia y a Su poder. Los enfermos acudían en tropel a su presencia y su fe no estaba equivocada, pues todos los que le tocaban quedaban perfectamente sanos. La verdadera curación divina significa curación total en el cien por ciento de los casos. ¡Una situación perfectamente maravillosa!
