Mateo 5
ENTONCES, EL SEÑOR comenzó a hablar a sus discípulos, instruyéndolos en los principios del reino en presencia de la multitud. En primer lugar, les explicó qué tipo de personas iban a poseer el reino y disfrutar de sus beneficios. En los reinos de los hombres, hoy en día, se necesita mucha confianza en uno mismo y “prepotencia” para tener éxito, pero en el reino de los cielos ocurre lo contrario. Esto ya se había indicado en el Antiguo Testamento: por ejemplo, el Salmo 37:1-40 lo afirma claramente, en especial el versículo 11. Sin embargo, en Mateo 5 el Señor nos ofrece una visión mucho más amplia de este hecho. De hecho, nos bosqueja un cuadro moral del remanente piadoso que finalmente entrará en el reino. Menciona ocho cosas, comenzando por la pobreza de espíritu y terminando por la persecución, y hay una secuencia en su orden. El arrepentimiento produce la pobreza de espíritu, y ahí debe comenzar todo. Luego viene el llanto y la mansedumbre inducidos por una verdadera visión de uno mismo, seguidos de una sed de justicia que solo se encuentra en Dios. Entonces, lleno de ello, el santo muestra el carácter propio de Dios: misericordia, pureza y paz. Pero el mundo no quiere a Dios ni Su carácter, de ahí que la persecución cierre la lista.
La bendición contemplada en los versículos 3-10 se realizará plenamente en el reino de los cielos cuando se establezca en la tierra. En todas las bienaventuranzas, salvo en la última, se describe a los piadosos de forma impersonal; sin embargo, en los versículos 11-12 el Señor se dirige personalmente a sus discípulos. El “ellos” del versículo 10 cambia a “vosotros” en el versículo 11, y ahora, al hablar a sus discípulos, se les promete la recompensa en el cielo. Él sabía que estos discípulos suyos iban a pasar a un nuevo orden de cosas celestiales, y así, mientras reafirmaba las cosas antiguas bajo una luz más clara, comenzó a insinuar algunas de las cosas nuevas que pronto llegarían. El cambio de estos dos versículos es sorprendente y muestra el carácter del “Sermón del Monte”, en el que el Señor resumió su enseñanza y la relacionó con las cosas antiguas dadas por medio de Moisés. En el evangelio según Juan, capítulos 13 al 16, que podemos llamar “El Sermón del Aposento Alto”, le encontramos ampliando su enseñanza y relacionándola con la plena luz que daría cuando viniera el Espíritu Santo.
En la persecución por Su causa, sus discípulos iban a ser bendecidos, y ellos debían reconocer esto y regocijarse. Es natural que rehuyamos la persecución, pero la historia demuestra la verdad de estas palabras. Quienes se identifican con Cristo de manera plena y valiente tienen que sufrir, pero son sostenidos y recompensados; mientras que los que tratan de evitarlo, transigiendo con el mundo, pierden toda la recompensa y son miserables. Y además, cuando el discípulo es perseguido por el mundo es cuando realmente se convierte en “la sal de la tierra” y “la luz del mundo”. La sal conserva, y la luz ilumina. No podemos ser como sal saludable en la tierra si somos de ella. No podemos ser como una luz levantada en el mundo si somos del mundo. Ahora bien, nada ayuda más a mantenernos diferenciados y separados de la tierra y del mundo que la persecución, no importa la forma que adopte. Cuando es perseguido por causa de Cristo, el discípulo es verdadera sal salada, y también emite una gran luz. ¿No nos revela esta palabra de nuestro Señor el origen de gran parte de nuestra debilidad?
Cabe señalar también que se supone que la luz debe brillar en las cosas prácticas, no solo en las teológicas. No se trata de que los hombres la reconozcan en nuestras enseñanzas claras y originales expresadas en palabras, sino más bien en nuestros actos y obras. Por supuesto, deben oír nuestras buenas palabras, pero también deben ver nuestras buenas obras, si queremos ser luz para ellos. La palabra “buenas” aquí no significa exactamente benevolentes, sino más bien rectas u honestas. Tales acciones encuentran su fuente en el Padre celestial: derraman Su luz y le glorifican.
Desde el versículo 17 hasta el final de Mateo 5 encontramos al Señor relacionando lo que Él enseñaba con lo que había sido dado a través de Moisés. No había venido a anular o destruir lo anterior, sino más bien a darle plenitud, pues tal es el significado aquí de la palabra “cumplir”. Él corroboró y reforzó todo lo que se había dicho, como muestran los versículos 18 y 19, y ninguna de las palabras que Dios había pronunciado debía ser quebrantada. Además, como muestra el versículo 20, insistió en que la justicia que exigía la ley tenía una plenitud que excedía con creces todo lo que conocían o reconocían los superficiales escribas y fariseos de Su tiempo. Ellos obedecían los asuntos ceremoniales de forma técnica e ignoraban el verdadero espíritu de la ley y el propósito de Dios. Su justicia era ineficaz para alcanzar el reino.
En consecuencia, procedió a mostrar que las exigencias de la ley tenían una plenitud de significado que los hombres no habían sospechado, refiriéndose a ella en no menos de seis puntos para ilustrar su tema. Habló del sexto y séptimo mandamientos; de la ley sobre el divorcio en Deuteronomio 24:1; sobre los juramentos en Levítico 19:12; de la ley de retribución tal como aparece en Éxodo 21:24 y en otros lugares; y por último, de la sanción del odio hacia los enemigos que se encuentra en Deuteronomio 23:6.
En cuanto a los dos mandamientos que citó, su enseñanza es evidente: Dios tiene en cuenta el acto externo y también la disposición interior del corazón. Lo que está prohibido no solo es el acto de asesinato o adulterio, sino también el odio y la lujuria manifestados en dichos actos. Según esta norma, ¿quién va a poder enfrentarse a las santas exigencias del Sinaí? La “rectitud” del escriba y del fariseo se derrumba por completo. Además, en ambos casos, después de exponer este hecho, el Señor añadió otra instrucción más.
En los versículos 23-26, Él mostró dos cosas importantes: primero, que ninguna ofrenda es aceptable a Dios si se presenta mientras hay injusticia hacia el hombre. No podemos compensar el mal cometido contra el hombre mediante la piedad profesada hacia Dios. Solo cuando se ha efectuado la reconciliación podemos acercarnos a Dios. Luego, en segundo lugar, si el motivo de la discordia se lleva ante la ley, esta debe seguir su curso, independientemente de la misericordia. Sin duda, las palabras del Señor aquí tienen un significado profético. La nación judía estaba a punto de litigar su caso contra Él, convirtiéndolo en su “adversario”, lo que resultaría en su condenación. Todavía no han pagado hasta el último centavo.
Lo mismo ocurre con el siguiente ejemplo, en el que se muestra que cualquier sacrificio vale la pena si sirve para liberarse del infierno que se encuentra al final.
En los casos tercero y cuarto (31-37), se vuelve a mostrar que lo ordenado a través de Moisés no expresaba la plena voluntad de Dios. Tanto el divorcio como el juramento estaban permitidos, por lo que la norma que los hombres debían cumplir no era demasiado severa. Ambos asuntos se exponen aquí con mayor detalle y vemos que una sola cosa era permitida para disolver el vínculo matrimonial; y que la palabra de los hombres debe ser tan inequívoca y tener tanto valor que no es necesario hacer juramentos por esto o por aquello. El hombre que respalda casi todas sus afirmaciones con un juramento es un hombre en quien no se puede confiar en su palabra.
Por otra parte, la ley estipulaba una retribución muy equitativa por el daño infligido. Ordenaba lo que podríamos llamar “ojo por ojo”; lo que si bien llamaba al amor al prójimo, también permitía odiar al enemigo. Esto el Señor lo revirtió. Él inculcó la tolerancia y la gracia que da en lugar de insistir en los derechos propios; y también el amor que bendecirá y hará el bien al enemigo. Todo esto con el fin de que sus discípulos se distinguieran completamente de los pecadores del mundo, y mostraran el carácter de Dios mismo.
Cristo les presenta a Dios no como EL SEÑOR, el Dador de la Ley, sino como “vuestro Padre que está en los cielos”. Es decir, ahora Él se manifiesta bajo una nueva luz. Esto es lo que rige las enseñanzas del Señor aquí, porque si lo conocemos de esta nueva manera, descubrimos que está caracterizado por la benevolencia hacia los injustos y los malos, y debemos ser lo que Él es, en nuestra medida. En el ministerio de Jesús surgió una nueva revelación de Dios, que implicaba un nuevo estándar de perfección. Hemos de ser, en la práctica, hijos de nuestro Padre celestial, pues la perfección de un hijo consiste en ser como el Padre.
En este capítulo, el Señor dice ocho veces: “Yo os digo”, y en seis de estas ocasiones las palabras están precedidas por la palabra “pero”, lo que pone su declaración en contraste con lo que la ley había dicho previamente. Podemos preguntarnos: ¿quién es este que cita la santa ley de Dios y luego dice tranquilamente: “Pero yo os digo”? En realidad, altera y amplía la ley, cosa que ningún profeta se había atrevido a hacer jamás. ¿No constituye esto una terrible presunción, que roza la blasfemia? Sí, en efecto, y solo una explicación podría librarlo de esta acusación. Y esta explicación es cierta: aquí tenemos al Autor original de la ley, que antes habló desde el Sinaí. Ahora ha emergido en la humanidad como Emanuel. Emanuel ha subido a otra montaña y ahora no habla a una nación, sino a sus discípulos. Tiene todo el derecho a ampliar o enmendar Su propia ley.
