Mateo 11
EL ENVÍO DE LOS DOCE no significó que el Señor suspendiera su propio trabajo, como muestra el primer versículo, y toda esta actividad conmovió a Juan en su prisión. Podemos imaginar que esperaba que el gran Señor a quien había anunciado hiciera algo en su favor; sin embargo, allí estaba Él, librando de sus enfermedades y problemas a toda clase de gente indigna, y aparentemente descuidando a su precursor. Puesta así a prueba, la fe de Juan vaciló un poco. La respuesta del Señor a Juan tomó la forma de un testimonio más de sus propias actividades misericordiosas, mostrando que en verdad estaba cumpliendo la profecía de Isaías 61:1. Feliz aquel que no se sintió desconcertado por Su humilde primera venida ni por la ausencia de la gloria exterior que caracterizará Su segundo advenimiento.
Entonces Jesús dio testimonio de Juan. No era una caña sacudida ni un hombre de lujos, sino más que un profeta, incluso el mensajero predicho por Malaquías, que prepararía el camino del Señor. Además, Juan fue el “Elías” del primer advenimiento y marcó el final de una época. La dispensación de la ley y de los profetas se extendió hasta él, y desde ese día el reino de los cielos estaba abierto para quien tuviera la «violencia» o una fe vigorosa para ganarse un lugar en él. Cuando el reino llegue visiblemente, no habrá necesidad de tal fe vigorosa. Todo esto demostraba lo grande que era Juan; sin embargo, el más pequeño dentro del reino tendría una posición mayor que la de este gran hombre que preparó el camino, pero no vivió para entrar él mismo. La grandeza moral de Juan era insuperable, aunque muchos de mucho menor peso moral ocuparían una posición más elevada exteriormente.
Tras hablar de Juan, de su grandeza y de la posición que se le había dado en su ministerio, el Señor pasó a tratar la indiferencia de la gente. Habían escuchado la enérgica predicación de Juan y, ahora, habían oído al Señor y visto sus obras poderosas; sin embargo, nada de ello les había afectado realmente.
Eran como niños petulantes a los que no se les podía convencer de que participaran en el juego. El ministerio de Juan había tenido un tono severo, pero no mostraron signos de arrepentimiento. Jesús había venido lleno de gracia y gozo por la liberación, pero ellos no manifestaban ningún gozo verdadero. Al contrario, encontraron la forma de desacreditarlos.
La acusación que lanzaron contra Juan era una mentira descarada, mientras que su ataque contra el Señor tenía algo de verdad, ya que, en el sentido más elevado, Él era «amigo de publicanos y pecadores». Sin embargo, lo decían en el sentido más bajo posible, ya que, cuando un adversario lanza acusaciones para desacreditar, por lo general le resulta más útil una verdad a medias que una falsedad descarada. Mientras caminemos en obediencia con una buena conciencia, no debemos temer al lodo que a los adversarios les encanta arrojar. Juan, uno de los profetas más grandes, y el mismo Hijo del Hombre tuvieron que soportarlo. Quienes eran hijos de la sabiduría no se dejaron engañar por esas calumnias. Así justificaron la sabiduría y condenaron a los adversarios. Jesús lo expresó de otra manera cuando dijo:
No creéis, porque no sois de mis ovejas… Mis ovejas oyen mi voz.
(Juan 10:26-27)
En este punto, vemos al Señor aceptando el hecho de que las ciudades de Galilea donde había realizado la mayor parte de sus poderosas obras lo habían rechazado definitivamente. Se les había dado un testimonio del cual nunca habían gozado Tiro y Sidón, ni la tierra de Sodoma. Ahora bien, cuanto mayor es el privilegio, mayor es la responsabilidad y más severo es el juicio cuando se desprecia el privilegio y se quebranta la responsabilidad. A Corazín, Betsaida y Cafarnaún les aguardaba un triste destino. Sus habitantes de aquel entonces tuvieron que afrontar el día del juicio, y esas mismas ciudades fueron borradas del mapa, de modo que su ubicación ha sido objeto de debate hasta la actualidad. Habían rechazado a «Jesucristo, Hijo de David, Hijo de Abraham» (Mateo 1:1), y por consiguiente, también el reino que le había sido conferido.
Pero, en aquel momento de dificultad, Jesús se sostuvo en el propósito del Padre y en la perfección de Sus caminos, por los que se había de alcanzar su cometido. Las personas cuya indiferencia había estado reprobando el Señor eran solo «los sabios y los entendidos», según los criterios mundanos, pero había otros, los «niños», y a estos, y no a aquellos, el Padre les había revelado las cosas importantes en ese momento. Este fue el camino que le agradó tomar, y Jesús lo aceptó con acción de gracias. Este siempre ha sido el camino de Dios y lo sigue siendo hoy, como vemos en 1 Corintios 1:21-31. El propósito de Dios no fallará. El reino, tal y como se manifestó en Cristo, estaba a punto de ser rechazado; Dios lo establecerá de una manera totalmente distinta, incluso mientras esperamos su manifestación en poder y gloria. Se encontrarán aquellos que se sometan al yugo del Hijo y así gozarán del descanso del reino en sus almas.
El propósito de Dios es que todas las cosas estén en manos del Hijo. Con este fin, ya le han sido entregadas todas las cosas. En el día venidero, le veremos disponer de todas ellas con un juicio poderoso y certero; hoy está revelando la sabiduría del Padre. El Hijo es tan verdaderamente Dios que en Él hay profundidades insondables que solo conoce el Padre. El Padre está más allá de todo conocimiento humano, pero el Hijo lo conoce y ha surgido como Su gran Revelador. Como Revelador del Padre, Él dice:
Venid a mí… y yo os haré descansar.
Él descansaba en el conocimiento del Padre, de Su amor, Su propósito y Sus caminos, y a ese descanso conduce a quienes acuden a él.
Su invitación se dirigía especialmente a “todos los que estáis trabajados y cargados”, es decir, a los que intentaban guardar la ley de forma sincera y piadosa, que, como dijo Pedro, era “un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar” (Hechos 15:10). Cuanto más sinceros, tanto más cargados debían estar bajo aquel yugo. Así que las palabras del Señor se dirigían a los “hijos de la sabiduría”, a los “niños”; en otras palabras, al remanente piadoso en medio de la masa incrédula del pueblo. Ahora podían cambiar el pesado yugo de la ley por el yugo ligero y fácil de Cristo. Aprenderían de Él cosas que la ley nunca podría enseñarles.
Además, les enseñaría de una manera nueva. Él era un ejemplo viviente de lo que enseñaba. La mansedumbre y la humildad de corazón son necesarias para ocupar y mantener el lugar del siervo, y estas cualidades se veían perfectamente en Él. Aunque era Hijo, “aprendió la obediencia”, y tras llevar esa obediencia hasta la muerte, “vino a ser Autor de eterna salvación a todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8-9). En nuestro Evangelio vemos al obediente que nos llama a obedecerle, una obediencia que no es gravosa y que conduce al descanso. El “descanso para vuestras almas” se ofrecía como resultado de caminar fielmente por las “sendas antiguas” de la Ley (Jeremías 6:16), pero los hombres nunca alcanzaron ese descanso. El único camino para alcanzarlo era el dado a conocer por el Hijo, que había venido a revelar al Padre. Si se quería alcanzar el propósito de Dios, era necesario conocer al Padre.
