Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 52

Complemento histórico

Sonó la hora del juicio; este hiere a la vez a Jerusalén, su templo (v. 17-23), su rey y sus habitantes. La ciudad es tomada. Sedequías y su ejército huyen tratando de escapar de la red que se cierra. Pero no es con los caldeos sino con Dios con quien se las tienen que ver. Una vez que el rey de Judá es conducido a Ribla, ante Nabucodonosor, se le sacan los ojos –castigo reservado a los vasallos traidores– y, atado con grillos, se dirige al exilio. Hasta el final de su miserable vida guardará como última visión el atroz espectáculo de sus hijos degollados. Un mes más tarde, el capitán de la guardia de Nabucodonosor vuelve a Jerusalén para desmantelar sistemáticamente la ciudad rebelde y hacer una selección entre la población. El versículo 15 menciona a los desertores.

Algunos, pues, habían escuchado a Jeremías.

Estas cosas no están escritas (y repetidas) a causa de su interés histórico, sino para instrucción de nuestras almas, a fin de servirnos de advertencia (1 Corintios 10:11). “Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos…” (léase 2 Pedro 3:17-18).

Todo está destruido

 

Al asistir al saqueo de la casa de Jehová y al mirar a los caldeos romper y llevarse sus hermosas y poderosas columnas, nos embarga la tristeza al pensar lo que llegó a ser el testimonio de Israel en medio de las naciones. Pero, en comparación, ¡cuánto más considerables serán los sentimientos de Jehová ante la destrucción de la casa en la cual había puesto su nombre y frente a la ruina de Jerusalén! (léase 1 Reyes 9:6-9). En contraste, ¡qué valor tienen las promesas que el Señor hace al vencedor de Filadelfia!: “Al que venciere, yo le haré columna en el templo de mi Dios… y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de… la nueva Jerusalén y mi nombre nuevo” (Apocalipsis 3:12).

Queridos amigos, al terminar la lectura de este libro de Jeremías pidámosle al Señor que podamos formar parte de esos vencedores, es decir, que nos ayude a guardar su Palabra y no negar su nombre hasta el momento de su retorno.

 

Dios no permitió que el libro terminara con un triste cuadro. La gracia otorgada a Joaquín por parte del sucesor de Nabucodonosor (v. 31-34) es un testimonio de los cuidados que Jehová no dejará de dispensar a un débil remanente de su pueblo.