Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 38

La abnegación de Ebed-melec

Los príncipes se exasperan contra Jeremías, a quien acusan de decir palabras derrotistas. Obtienen del rey la autorización que necesitan para echarlo en la cisterna y dejarlo morir allí. Grande es el infortunio del varón de Dios en ese pozo inmundo y cenagoso. Pero él invoca a Jehová y recibe esta preciosa respuesta: No temas (léase Lamentaciones 3:52-57). La liberación está lista. Dios preparó el instrumento necesario: alguien que ni siquiera formaba parte del pueblo, un siervo negro que pertenecía al palacio, llamado Ebed-melec (nos hace pensar en el joven de quien Dios se sirvió para la liberación de Pablo en Hechos 23:16). Sedequías es influenciable tanto para el bien como para el mal, de modo que se deja ablandar. Entonces asistimos a la laboriosa operación de salida del oscuro pozo, la que denota la abnegación de Ebed-melec.

Jeremías, falsamente acusado, azotado y arrojado a esa horrible cisterna, es, especialmente aquí, una figura del Señor Jesús. El final del versículo 6 nos hace pensar en el Salmo 69:2: “Estoy hundido en cieno profundo, donde no puedo hacer pie”. Es una imagen de los sufrimientos y de la muerte de Cristo. Y el versículo 13 puede compararse con el comienzo del Salmo 40, referente a su resurrección: “Me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso”.

El miedo de los hombres – Última advertencia al rey

El pobre Sedequías, atormentado por las preocupaciones e incertidumbres, vuelve a convocar secretamente a Jeremías. Este lo exhorta a salir “en seguida” al encuentro de los jefes caldeos y rendirse. Lo advierte de lo que le aguarda si no lo hace: es amenazado de que sus pies sean hundidos “en el cieno” (v. 22). El profeta sin duda dice esto pensando en su reciente experiencia, pero ¡qué diferencia hay entre los dos hombres! Sedequías, aunque sabe cuál es la voluntad de Dios, se siente sin fuerzas para cumplirla porque es dominado por el temor a los hombres: teme a los caldeos, teme a los príncipes (v. 5, 25), teme a los judíos ya transportados (v. 19; véase Proverbios 29:25). Solo el verdadero temor de Dios parece ausente de su pensamiento. Sí, ¡qué contraste con la seguridad que la fe da a Jeremías! Este encuentro nos hace pensar en la escena del capítulo 26 de los Hechos, en la que vemos a Pablo prisionero compareciendo ante el rey Agripa. Puede hablarle “con toda confianza” (v. 26) y termina diciendo: “¡Quisiera Dios que… fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!” (v. 29). Es de desear que nosotros también podamos ser como Pablo y Jeremías, siempre llenos de ánimo ante los hombres porque el Señor está con nosotros (Hebreos 13:6).