Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 29

La carta de Jeremías: consolaciones

Jeremías confió a dos viajeros una carta para Babilonia. Estaba destinada a aquellos de todas las clases del pueblo que ya habían sido transportados bajo el reinado precedente. El tono de esta carta es muy distinto del que usa el profeta cuando se dirige al pueblo que quedó en Jerusalén. A aquéllos les puede expresar, de parte de Jehová, “pensamientos de paz y no de mal”, consuelo, aliento y conmovedoras promesas.

Lo mismo que Israel en Babilonia, el creyente es un extranjero en la tierra. Su ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Espera el cumplimiento de la promesa que lo introducirá en su verdadera Patria. La “buena palabra” de Dios le garantiza el fin que espera (v. 10-11). Empero no le fija, como a esos transportados, el exacto momento en que esa bienaventurada esperanza se realizará. En efecto, el Señor desea que le esperemos continuamente. Y, hasta el feliz momento de su retorno, acordémonos de que también nosotros tenemos deberes para con nuestra ciudad o nuestra aldea (v. 7): procurar la paz (comp. Mateo 5:9), pensar en el verdadero bien de las almas y orar por aquellos con quienes vivimos.

La carta de Jeremías: advertencias

La funesta actividad de los falsos profetas no se limitaba a Jerusalén y Judá. En la misma Babilonia, algunos de los del pueblo transportado propagaban palabras mentirosas. En su carta, Jeremías pone en guardia contra ellos a “los cautivos” y anuncia el horrible fin de dos de esos hombres malvados: Sedequías y Acab. Un tercero, Semaías, había escrito desde Babilonia al pueblo que había quedado en Jerusalén para impelerle a la rebelión contra Jehová (final del v. 32). En una de sus cartas, ese hombre ni siquiera había vacilado en designar a un nuevo sacerdote con el cual contaba para apoderarse de Jeremías. Pero, como este último lo escribió en otra parte:

¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? (Lamentaciones 3:37).

Semaías también debe oír la sentencia de Jehová contra él.

Cuántas veces, en sus epístolas inspiradas, otros siervos de Dios se verán obligados a denunciar a falsos maestros y malos obreros (por ejemplo, véase Gálatas 1:7; Filipenses 3:2; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 2:18; Judas 3-4 y sig.) Hijos de Dios, nuestra seguridad consiste en conocer bien la voz del buen Pastor (Juan 10:4-5). Entonces no correremos el riesgo de confundirla con otra.