Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 44

Lecciones del pasado no aprendidas

“¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas agua del Nilo?” (cap. 2:18) preguntó Jehová al comienzo de este libro. Sabía bien por qué razón no quería ese viaje a Egipto (comp. Deuteronomio 17:16). La horrorosa idolatría de Judá, en particular desde el tiempo de su rey Manasés, fue la causa de los juicios que acababan de caer sobre él. Pero Egipto también estaba consagrado a los ídolos (qué importa que llevaran nombres diferentes) y el pueblo corría allí el riesgo de corromperse todavía más. ¡Lo que no dejó de producirse! Podemos estar seguros de que, al cerrarnos un camino, Dios quiere protegernos de los peligros que él conoce, aun cuando en el momento no entendamos sus motivos. Al insistir, al obrar según nuestra propia sabiduría, solamente podemos perjudicarnos.

“¿Por qué hacéis vosotros tan grande mal contra vuestras mismas almas?” (v. 7, V. M.) pregunta aquí Jehová al pueblo. Sí, no perdamos de vista que perjudicamos nuestras almas al no cumplir la voluntad del Señor (Proverbios 8:36; Habacuc 2:10).

Esos judíos, gente de dura cerviz, pese a todas las penosas lecciones recibidas, no se humillaron hasta ese día; su soberbia no estaba quebrantada (v. 10; cap. 43:2).

Rebeldía de los que descendieron a Egipto

Deliberadamente el pueblo escoge servir a los ídolos, así como lo habían hecho sus padres, y no se avergüenza de declararlo. Está en abierta rebelión contra Jehová. Moralmente, cuánto camino se recorrió desde Josué 24, cuando Israel, que había subido de Egipto a Canaán, seguía a su conductor para tomar este compromiso: “Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses… serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios” (léase Josué 24:16, 18). Y con una entera mala fe, esos judíos atribuyen su actual miseria al hecho de haber dejado de venerar “a la reina de los cielos” (comp. cap. 7:18). Aunque Jehová les había advertido que la espada, la peste y el hambre les aguardaban en Egipto, cuando esas desgracias les sobrevienen las toman como pretexto para renovar sus sacrificios a esos ídolos. ¡Cuántas personas razonan de la misma manera: Dios no me dio lo que yo deseaba! ¡Qué importa!, me vuelvo hacia el mundo (del cual Egipto siempre es su imagen); él no me rehusará nada.

¡Miserable corazón humano! Estos versículos nos enseñan también que él puede estar simultáneamente bajo el dominio de la orgullosa incredulidad y de la más tenebrosa superstición (2 Corintios 4:4).

Una palabra para Baruc

Jeremías recordó los abominables pecados del pueblo. Tomó nota de la injuriosa respuesta de esa asamblea de rebeldes. Ahora saca sus conclusiones. ¡Son espantosas! Con excepción de muy pocos, ese pueblo va a perecer en Egipto bajo el peso de las calamidades que lo aguardan (y de las cuales “la reina de los cielos” será muy incapaz de protegerlos). Nunca más se hablará de ella.

Pero, en esos tiempos de ruina general, es consolador comprobar que “conoce el Señor a los que son suyos” (2 Timoteo 2:19). Todo un pequeño capítulo es consagrado a Baruc. Jehová tiene para él unas palabras personales, a la vez de reprensión y de consuelo. Junto con Jeremías, a quien no abandonó, ese hombre fue objeto de calumnias y acusaciones públicas (cap. 43:3). Empero, lo que importaba era lo que Dios pensaba de él (2 Timoteo 2:15). Baruc, descendiente de una familia principesca, quizás había esperado desempeñar algún papel preponderante, como ponerse a la cabeza de un pueblo humillado y restaurado. Por eso le alcanzó el desaliento (v. 3; Proverbios 24:10). Pero Jehová lo exhorta:

¿Y tú buscas para ti grandes cosas? No las busques (v. 5).

El Señor tampoco espera grandes cosas de nosotros… con excepción de una cosa muy grande a sus ojos: la fidelidad (comp. Apocalipsis 3:8).