Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 46

El destino de Egipto está sellado

Jeremías, lo mismo que Isaías en sus capítulos 13 y siguientes, es llevado ahora a profetizar respecto de las naciones. La primera es precisamente Egipto, donde el pueblo creyó hallar refugio. Es la imagen de un mundo idólatra y por ello van a caer terribles juicios sobre él. Y nos acordamos de las declaraciones del Nuevo Testamento respecto de este mundo que pasa (1 Juan 2:17) y de la apariencia de este mundo que se pasa (1 Corintios 7:31).

El rey de Egipto es objeto de una comparación irónica y severa: “Faraón… llamadle ruido a destiempo” (v. 17, otra versión). Un ruido puede asustar por un instante, pero ¿qué hay de más fugaz e inútil? ¡Cuántos grandes –y no tan grandes– personajes de este mundo no son nada más que un “ruido” pasajero! Los diarios de esta semana les consagran unas columnas; dentro de un mes o un año se habrán hundido en el olvido.

Otras tristes palabras se agregan respecto de Faraón: como su lejano predecesor del Éxodo, quien había endurecido su corazón, ese hombre dejó pasar el tiempo señalado (comp. Juan 12:35). Queridos jóvenes lectores, este es un solemne pensamiento. ¡No dejen pasar el tiempo de convertirse, el tiempo de servir al Señor aquí abajo, el tiempo de responder a la invitación de Lucas 22:19!

Profecía sobre los filisteos

En medio de esos juicios contra las naciones, Jehová cuida de intercalar unas palabras destinadas a tranquilizar al futuro remanente de Israel. De la misma manera, cuando el porvenir se ensombrece para el mundo, el hijo de Dios es invitado a no temer y a acordarse de su esperanza (2 Tesalonicenses 2:16-17).

En el capítulo 47 se condena a la Filistea. Sabemos que ese tradicional enemigo de Israel estaba ubicado dentro de sus fronteras, contrariamente a las otras naciones (Moab, Amón, Edom…) de las cuales se tratará en los capítulos siguientes. Si bien a veces ese pueblo fue tributario, en particular bajo el reinado de David (2 Samuel 8:1), Israel nunca pudo arrancarle ciudades como Gaza y Ascalón, las que formaban parte del territorio filisteo aun en tiempo de los más poderosos reyes de Israel. Como los filisteos tienen su origen en Egipto (Mizraim: Génesis 10:6, 13-14), nos hablan de los que dicen ser cristianos, los inconversos de este mundo, quienes toman lugar en el país de la bendición sin tener derecho a ello. Invocan privilegios cristianos sin tener la vida que da derecho a ellos; pretenden ser hijos de Dios pese a ser enemigos de su pueblo y de la verdad. Debemos tratarlos por lo que son en realidad y no hacerles ninguna concesión.