Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 31

El amor eterno de Dios

Pocas porciones del Antiguo Testamento traducen el amor de Dios de manera más conmovedora que estos versículos 1 a 14. La grandeza de ese amor incondicional, que se expresa para con seres que no tenían nada de amables, es puesta en evidencia por medio de nuestro alejamiento. Desde lejos Jehová me apareció” (v. 3, V. M.) Pensemos en todo el camino que recorrió el Hijo de Dios para venir hasta nosotros. El amor del Dios eterno es un amor eterno. Es su misma naturaleza (1 Juan 4:8, 16). Y cada creyente es personalmente el objeto de ese amor desde la eternidad pasada.

Al patético llamado del capítulo 3:4: Padre mío, guiador de mi juventud”, ahora Jehová puede responder: “Soy a Israel por padre (v. 9). Será sensible a las lágrimas de su pueblo, al que en otro tiempo “redimió de mano del más fuerte que él” y lo juntará “como el pastor a su rebaño”.

Estos versículos nos recuerdan a cada uno de nosotros, una bendita verdad. Dios nos ama no solo cuando nos colma de gracias visibles (como lo hará con su pueblo terrenal según las magníficas declaraciones de los v. 7-14).

En nuestros más sombríos momentos, aun cuando por nuestra culpa hayamos perdido el gozo de su comunión, él nunca deja de pensar en nosotros.

 

Conversión y arrepentimiento

La hermosa restauración de Israel, anunciada en la primera parte del capítulo, será precedida por amargas lágrimas. Se ve al afligido pueblo bajo la figura de Raquel, la mujer de Jacob, llorando a sus desaparecidos hijos. (Como ocurre a menudo en la Escritura, este v. 15 se vio parcialmente cumplido con motivo de la masacre de los niños de Belén: Mateo 2:18). Pero para ese pueblo se tratará de una tristeza según Dios”, la que “produce arrepentimiento para salvación” (2 Corintios 7:10). Los versículos 18 a 20 nos muestran que Dios entiende muy bien la expresión de semejante tristeza. Escuchemos cómo Efraín cuenta su historia. La divina corrección fue saludable; produjo su conversión, acompañada por un verdadero arrepentimiento. El conocimiento de sí mismo lo cubrió de vergüenza y confusión. Condena su juventud culpable e indómita. ¿Cada uno de nosotros puede hacer el mismo relato? Entonces, escuchemos igualmente cómo Dios se complace en llamarnos hijo precioso… niño en quien me deleito”. En seguida nuestra confesión encuentra un testimonio personal e íntimo del amor eterno, así como los recursos que lo acompañan: “Satisfaré al alma cansada, y saciaré a toda alma entristecida” (v. 25).

El nuevo pacto

Jeremías no anuncia solamente acontecimientos enojosos. También tiene buenas noticias para el pueblo. “He aquí vienen días”, dice él, en que Jehová restablecerá la casa de Israel y la de Judá en virtud de un nuevo pacto. El antiguo había sido quebrantado por el pueblo. Este se había mostrado incapaz de hacer frente a sus obligaciones resumidas en la ley. Por eso Dios no dará más esa ley a los suyos en tablas de piedra. La pondrá en sus corazones (así serán a imagen del Siervo obediente; véase Salmo 40:8). Va a escribirla directamente en sus corazones regenerados (v. 33; 2 Corintios 3:3). Dicho de otro modo, ellos cumplirán la voluntad de Jehová por amor y no ya por temor. Con más razón ¿no es el gran motivo que debe llevar a los hijos de Dios a obedecer a su Padre celestial?

Sí, dejemos que él grabe en cada uno de nuestros corazones las enseñanzas de su Palabra.

“Todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande”. El Señor desea que así sea en cada una de nuestras familias.

Los versículos 31 a 34 son citados en Hebreos 8:10 a 12. Terminan con la promesa que también nos concierne: “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (comp. Hechos 10:43). Porque “la sangre del nuevo pacto” también fue derramada por nosotros (Mateo 26:28).