Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 17

¿Confiar en el hombre o en Dios?

Para que el hombre tome conciencia de su condición de pecador inveterado, Dios emplea en su Palabra diferentes lenguajes: el ejemplo del pueblo de Israel y de su quiebra moral; el don de su santa ley; la perfecta vida de Cristo aquí abajo (la que, por contraste, hace resaltar la maldad del hombre), y finalmente, como aquí, declaraciones directas e irrefutables. El versículo 9 afirma que el corazón humano es fundamentalmente perverso e incorregible: Engañoso más que todas las cosas, y perverso”. Esta es una sentencia que debemos grabar definitivamente en nuestro pensamiento; así seremos guardados de otorgar la menor confianza a ese pobre corazón –tanto al nuestro como al de los demás– y nos ahorraremos muchas decepciones. Más bien realicemos el versículo 7:

Bendito el varón que confía en Jehová, ... con la feliz porción que resulta de ello
(comp. el v. 8 con el Salmo 1:3).

Al apagar su sed en la fuente inagotable, tal hombre no teme calor ni sequía; ni siquiera se da cuenta de ellos. Arraigado en Él (Colosenses 2:7), no teme y no cesa de llevar fruto para Dios. En efecto, hace realidad la condición enunciada por el Señor Jesús: “El que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5).

Una humilde oración – Respeto al día de reposo

Tratemos de escribir nuestro nombre en el suelo (v. 13); pronto será ilegible. ¡Cuántos insensatos procuran, sin pensar en el porvenir, hacerse un nombre en una tierra que va a pasar! Querido amigo, su nombre debe estar escrito en el libro de la vida.

Y volvemos a hallar la triste declaración del capítulo 2:13: “Dejaron a Jehová, manantial de aguas vivas”. En Juan 6:66 varios discípulos se alejan de Jesús, quien, precisamente en el capítulo siguiente, va a revelarse como esa fuente de aguas vivas (cap. 7:37).

La oración del versículo 14 reconoce que solo Dios puede cambiar el malvado corazón del hombre. “Sáname… y seré sano; sálvame, y seré salvo”. En el capítulo 31:18, Efraín pedirá a su turno: “Conviérteme, y seré convertido”.

“Porque tú eres mi alabanza” agrega el profeta. En la obra de la salvación todo es para gloria de Dios.

En el resto del capítulo, Jehová recuerda sus instrucciones respecto del “día de reposo” (sábado). La ley había sido violada en este punto como en todos los demás (cap. 7:9). Un siglo más tarde, después del regreso de Babilonia, el fiel Nehemías tomará a pechos esa enseñanza de los versículos 21 y 22 (Nehemías 13:15). Recordará a los nobles de Judá que los infortunios del pueblo habían sido consecuencia de la infidelidad de sus padres a ese respecto.