Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 27

¡Un regalo original!

Este capítulo y los siguientes nos llevan al reinado final de Sedequías, quien parece haberse complotado con sus cinco vecinos –los reyes de Edom, Moab, Amón, Tiro y Sidón– para resistir a Nabucodonosor. Y no cabe duda de que los delegados de esas naciones se reúnen en Jerusalén para organizar esa alianza. Jehová encarga a Jeremías que entregue a cada uno de esos diplomáticos un regalo para nada original, fabricado ex profeso: coyundas y yugos que precisamente simbolizan la dominación del rey de Babilonia, de quien esos pueblos pensaban liberarse. Podemos imaginar con qué sentimientos deben de haber acogido ese humillante presente los cinco negociadores.

Todavía en nuestros días el orgullo, en sus diferentes formas, es el gran principio que gobierna a los Estados modernos (como así también a los individuos). Pero, por encima de sus intrigas ambiciosas, Dios conduce los destinos del mundo. El creyente espera en Él y no en las incertidumbres de la política de los hombres (Daniel 4:17).

Dios, quien ponía a Israel a un lado, de ahí en adelante confió el poder universal a Nabucodonosor, a quien llama su siervo. Romanos 13:4 recuerda, a los cristianos que tuvieran tendencia a olvidarlo, que aquel que detenta la autoridad es “servidor de Dios” y que lo es para el bien de ellos.

Una palabra de advertencia

Ahora Jeremías se dirige al rey de Judá y luego a los sacerdotes. Ya en dos ocasiones Nabucodonosor se había llevado una parte de los utensilios del templo. Lejos de restituirlos, organizará un tercer y definitivo pillaje en el momento de la transportación del mismo Sedequías y del resto del pueblo (2 Crónicas 36:7, 10, 18). Se puede pensar que tenían interés por esos objetos más bien por orgullo nacional que como medio para rendir culto a Jehová. Ocurre lo mismo en nuestros días. Muchas personas son muy apegadas a las formas de una religión llamada cristiana, preocupándose muy poco por servir a Dios al observarlas.

Lo que Jeremías predica sin cesar es la sumisión debida a la autoridad que Jehová estableció, en este caso la del rey de Babilonia. “No hay autoridad sino de parte de Dios… quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste” (Romanos 13:1-2). Trátese de gobernantes o magistrados, de padres o de jefes (aun de los que son duros e injustos: 1 Pedro 2:18), esa exhortación es siempre oportuna para nosotros.

La profecía de este capítulo no termina sin que Dios anuncie que un día él se preocupará personalmente por los utensilios del templo y los hará traer de nuevo. Estas palabras se cumplirán en Esdras 1:7 y 7:19.