Capítulo 26
"Quizá"
Este capítulo nos retrotrae cuatro años respecto del capítulo anterior (cap. 25:1). Por orden de Jehová, esta vez Jeremías va al templo para profetizar. Sin duda lo hace en ocasión de una de las tres fiestas anuales en que los israelitas subían a Jerusalén. El versículo 2 permite pensarlo así. Sea como fuere, el llamado se dirige a todo Judá y no solo a sus jefes. Y ni una palabra ha de ser retenida (comp. Hechos 20:27).
¡Cuán conmovedor es el versículo 3! Nos hace penetrar en los pensamientos de la gracia de Dios. Aunque lo sabía todo de antemano, expresa su más caro deseo: “Quizá oigan…” (véase también cap. 36:3, 7).
Ese mismo quizá traduce la esperanza del señor de la viña, de quien habla la parábola: “Enviaré a mi hijo amado; quizás cuando le vean a él, le tendrán respeto” (Lucas 20:13). Pero no respetaron al Hijo más que a los profetas que le precedieron. Veamos qué acogida le es dispensada a Jeremías y, por consiguiente, a Aquel que le envía. ¡Qué ceguera! ¡Pese a que esa gente había venido a prosternarse en la casa de Jehová (v. 2), rechaza su palabra, se apodera de su mensajero y le condena a muerte en esa misma casa!
Jeremías amenazado de muerte, pero librado
El fiel testigo de Jehová no se turba por su condena a muerte ni por la presencia de toda esa gente hostil que se une contra él. Una vez más, los exhorta firmemente a arrepentirse. Después, sin temor, se entrega en sus manos. En lugar de compadecerse de su propia suerte, sigue pensando en el pueblo y en la terrible responsabilidad que ese crimen hará pesar sobre él. En ese aspecto Jeremías nos hace pensar en Esteban, cuando intercedió por los que le apedreaban (Hechos 7:60) y ambos nos recuerdan al Señor Jesús (Lucas 23:28, 34).
La intervención de los príncipes y de los ancianos libera aquí al hombre de Dios, pero habrían tenido que dar un paso más: temer e implorar a Jehová, precisamente como Ezequías (v. 19). No basta saber citar un hermoso ejemplo, también es necesario imitarlo.
Veamos qué influenciable y versátil es la multitud. En el versículo 8 “todo el pueblo” había seguido a los sacerdotes para exclamar: “De cierto morirás”. Pero, en el versículo 16, ese mismo pueblo comparte el parecer de los príncipes y dice: “No ha incurrido este hombre en pena de muerte”.
La historia de Urías, perseguido y asesinado por Joacim, confirma el triste cuadro que nos había sido hecho de este rey. Es rápido para derramar la sangre inocente (cap. 22:17).
