Capítulo 40
Jeremías frente a una alternativa
¿Qué fue de Jeremías en medio de todos esos acontecimientos? Quedó en el patio de la cárcel “hasta el día que fue tomada Jerusalén” (cap. 38:28), fue encadenado en medio de los demás cautivos y formó parte hasta Ramá del lúgubre cortejo de los deportados al exilio. Sin embargo, Nabuzaradán, capitán de la guardia encargado de los prisioneros, recibió del mismo rey de Babilonia benévolas instrucciones respecto de Jeremías. No solo no se le debe hacer ningún mal, sino que el profeta es invitado a decidir por sí mismo acerca de su suerte. ¿Irá a Babilonia, donde se hallan los “buenos higos” del capítulo 24, esos transportados a quienes Jehová prometió proteger y hacer prosperar, o permanecerá con esos pobres del país que son dejados en Judá? Pese a la libertad que se le da, el profeta se abstiene de escoger él mismo (v. 5, V. M.), dándonos así una nueva lección de dependencia.
No se trata de su bienestar sino del deseo de hallarse en el lugar en que Dios quiere colocarlo para que le sirva.
Sin especial dirección de lo alto, él deja que el capitán de la guardia escoja en su lugar y reconoce la voluntad de Jehová en el consejo que se le da. Este es un ejemplo digno de imitar cada vez que no veamos claramente el camino a seguir (Génesis 13:9).
Asesinato de Gedalías
Con la destrucción de Jerusalén y el cautiverio de su último rey, Nabucodonosor suprimió toda posibilidad de rebeldía en el reino de Judá. Sin embargo, mantuvo allí cierto número de habitantes, de los más pobres, para no dejar el país en estado de abandono y colocó a su cabeza a Gedalías, un gobernador que gozaba del beneplácito de todos. Durante ese tiempo vemos a Jehová velar en gracia por esos habitantes salvados de la transportación, haciendo prosperar sus cosechas (v. 12; comp. Proverbios 30:25).
Lamentablemente, ese período favorable no dura. Dios, que conoce los corazones, permite nuevos y trágicos acontecimientos a fin de manifestar su estado. Bajo la figura del rey de los hijos de Amón (v. 14) reaparece un viejo enemigo de Israel, que parecía estar aniquilado. Pero aún existe y su mala disposición no ha cambiado; la debilidad del pueblo es propicia en ese momento para que él las manifieste. Así ocurre con Satanás, nuestro gran adversario.
No cede jamás y siempre procura aprovechar lo que debilita nuestra resistencia
(cansancio, pereza, falta de vigilancia…).
Con el apoyo de Baalis, Ismael –sin duda celoso de la autoridad de Gedalías– organiza una conspiración para asesinarlo cobardemente, así como a los judíos que están con él en Mizpa.
