Jeremías
Jeremías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 36

Baruc escribe en un rollo de libro

Ya conocemos a Baruc, secretario y fiel amigo de Jeremías (cap. 32:12). Su nombre significa «bendecido». Aunque pertenecía a una familia noble (su hermano Seraías era principal camarero del rey; cap. 51:59), ese hombre había escogido la compañía del profeta cautivo, odiado y menospreciado, antes que la de los príncipes, a la cual su nacimiento le daba derecho a frecuentar. Nos hace pensar en Onesíforo, ese abnegado hermano que visitaba a Pablo en su prisión de Roma, respecto de quien este último pudo escribir a Timoteo: “Muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas… Y cuánto nos ayudó en Éfeso, tú lo sabes mejor” (2 Timoteo 1:16-18). Baruc también está siempre dispuesto a servir, pese a los riesgos que ello implica. Sí, admiremos –y deseemos poseer– ese hermoso celo dictado por el amor a Dios y, a la vez, a su siervo y a su pueblo. Aquí se trata de escribir las palabras de Dios mismo bajo el dictado de Jeremías, prisionero (comp. también Romanos 16:22), y luego de leerlas, el día del ayuno, a oídos de todos los de Judá. Un oyente especialmente atento, llamado Micaías, se apresura a informar a los príncipes y estos convocan a Baruc para que les haga oír de modo particular el contenido de ese rollo.

El rey rasga y quema el rollo

Hemos dejado a Baruc sentado en medio de los príncipes de Judá, ocupado en leerles las palabras de Jehová. Espantados, esos hombres se miran unos a otros. El asunto les parece demasiado serio como para no hablar de ello al rey. Este último, puesto al tanto, ordena que también a él se le haga oír el contenido de ese temible rollo. Señalemos que su contenido no nos fue dado a conocer ni en el momento de su redacción ni con motivo de sus tres lecturas. Pero cabe pensar que el capítulo 25 de nuestro libro formaba parte de él (comp. respectivamente v. 1, 29 con cap. 25:1, 9).

Después de haber escuchado un rato con creciente irritación, el rey se apodera del rollo, lo acuchilla y lo echa al fuego. Era su insensata manera de querer deshacerse del juicio. Pero no solo no podía destruir con el rollo una sola de las palabras escritas en él (al contrario, por orden de Jehová otro viene a reemplazarlo, al cual se le añaden todavía “otras palabras semejantes”), sino que el rey atraía sobre sí un castigo suplementario (v. 30-31; Proverbios 13:13).

¡Cuántas personas desprecian la Palabra de Dios, sin que ello necesariamente sea hecho por una imitación del temerario gesto de Joacim (Salmo 50:17; 1 Juan 4:6).