Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 32

¡Un ídolo!: el becerro de oro

Desearíamos poder pasar directamente de la descripción del tabernáculo (cap. 31) a su construcción (cap. 35). Desgraciadamente, entre los dos hechos se intercala un episodio oscuro de la historia de ese pobre pueblo. Mientras Dios, en la montaña, daba la ley a Moisés, en la llanura el pueblo ya transgredía los dos primeros mandamientos. Y mientras Jehová daba a su siervo las instrucciones relativas a su culto, Israel establecía un culto idólatra. ¡Cuán grande es la perversidad del hombre, su ingratitud, su rapidez para olvidar las bondades de Dios! (Salmo 78:11; 106:19-23). “La idolatría” no es solamente el pecado de Israel o de los paganos. Al recordar esta escena, el apóstol Pablo se ve en la obligación de advertir a los cristianos (1 Corintios 10:7, 14). Un ídolo es todo lo que toma en nuestro corazón el lugar que pertenece a Jesús. Puede ser semejante al becerro de oro: 1) a imagen de los dioses del mundo (los egipcios adoraban al buey Apis); 2) fundido en molde o, dicho de otra manera, llevando la huella de las concepciones del espíritu humano; 3) dándole forma con buril, es decir, ser el fruto de nuestros propios esfuerzos (Isaías 44:10, 12). Todo eso ocurre cuando se ha perdido de vista el regreso de nuestro Mediador, Cristo, actualmente en el cielo, así como Moisés estaba en la montaña.

Ira divina – Intercesión de Moisés

Tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido,
(v. 7)

anuncia Jehová a Moisés. «No, –responde Moisés– es “tu pueblo” que sacaste… (v. 11). Por consiguiente, no puedes destruirlo.» Jesús, al orar en favor de los suyos dice al Padre: tuyos son” (Juan 17:9).

Aquí Moisés es un abogado hábil. En otro tiempo había dicho que él no era un hombre elocuente, que era “torpe de lengua” (cap. 4:10). Pero ahora su corazón se siente conmovido por Israel y, a causa de la abundancia de su corazón, ¡qué bien sabe, por el Espíritu, abogar en favor del pueblo de Dios! No obstante, todo el favor de Moisés no podía impedir que Jehová destruyese a Israel si la ley que lo condenaba le era presentada en ese momento. De esas dos cosas, la ley y el pueblo culpable, una tenía que desaparecer. En su gracia, Dios permite que la ley sea retirada, de forma que Moisés, acorde con el pensamiento de Dios, rompe las dos tablas de piedra al pie de la montaña.

Cuando el Señor Jesús vino a este mundo culpable, no fue para abolir la ley. Por el contrario, Él la cumplió perfectamente antes de sufrir en la cruz su maldición (Mateo 5:17-18; Gálatas 3:13).

No hay neutralidad posible

La indignación se ha apoderado de Moisés. Anteriormente se había mostrado celoso por el pueblo ante Jehová; ahora se muestra celoso por Jehová ante el pueblo. Moisés reprende a Aarón, el cual se excusa en lugar de humillarse. Además, un terrible deber es impuesto a los hijos de Leví para mostrarnos que la gloria de Dios siempre está antes que los vínculos familiares o amistosos. Los hijos de Leví son fieles, y Jehová lo tendrá en cuenta al confiarles más tarde el servicio del tabernáculo (Deuteronomio 33:9-10). Dios no nos empleará a su servicio sin haber puesto a prueba nuestra fidelidad.

Por último, volvemos a encontrar a Moisés en la posición de intercesor. Expone los hechos –contrariamente a Aarón– sin esconder nada. Pero quiere hacer propiciación por el pueblo y se ofrece para ser castigado en su lugar. Se parece en eso al apóstol Pablo, quien deseaba ser separado de Cristo, por amor a sus hermanos, los que eran sus parientes según la carne (Romanos 9:3). Pero este sacrificio no es posible. La Escritura declara que ningún hombre “podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Salmo 49:7), y que

Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.
(Romanos 14:12)

Solo Cristo pudo hacer propiciación por el pecador, porque Él mismo era sin pecado.