Capítulo 5
Entrevista con Faraón
Egipto ofrece una sorprendente ilustración del mundo o, dicho de otra manera, de la sociedad humana organizada sin Dios. Pero, al mismo tiempo que rehúsa la autoridad de Dios, el mundo se ha buscado un amo: Satanás, llamado el príncipe de este mundo (Juan 16:11). Es un príncipe duro y exigente del cual el cruel Faraón constituye una notable imagen. Y cuando la conciencia de alguien empieza a despertar y a suspirar por la liberación (como Israel en este capítulo), Satanás se esfuerza por retenerlo y atarlo mediante el aumento de sus ocupaciones (v. 9). Lo distrae con un torbellino de actividad para apartar tales pensamientos de su espíritu e impedir que encuentre el tiempo para atender las necesidades de su alma.
Sí, nosotros también hemos conocido lo que es gemir bajo el yugo de Satanás, como “esclavos del pecado” (Romanos 6:17), “esclavos de concupiscencias y deleites diversos” (Tito 3:3), incapaces de liberarnos por nuestros propios esfuerzos. ¿Se encuentra usted todavía en ese terrible estado? La Palabra nos anuncia una liberación ya conseguida. Cristo, más grande que Moisés, no se limitó a anunciar esta redención, sino que la realizó. Arrancó nuestras almas de la horrorosa servidumbre del diablo, del mundo y del pecado.
La situación empeora
Faraón no cede nada; al contrario, exige cada vez más. En vano se quejan ante él (v. 15-18). Satanás no solamente desconoce lo que es la misericordia, sino que encuentra placer en la miseria de sus esclavos. ¡Ah!, quizá ya hayamos hecho la experiencia: el pecado es un tirano que no se modera ni desarma. Apenas es satisfecha una codicia cuando ya la otra se hace apremiante e imperiosa. Solo Cristo puede sosegar total y definitivamente un corazón. A veces Dios permite que la liberación tarde para que el hombre, sintiendo todo el peso del yugo del enemigo, sea preparado para reconocer que solo Dios puede liberarlo.
Pese al desaliento de sus siervos (v. 23), Dios no les hace ningún reproche. Por el contrario, se vale de la ocasión para darles una nueva revelación de Él mismo. “Jehová” es el nombre que Dios toma en sus relaciones con Israel. Para los patriarcas era el
Dios Altísimo, poseedor de los cielos y de la tierra.
(Génesis 14:19, V. M.)
Ahora, como quiere hacer una cosa nueva, Dios toma también un nombre nuevo. Jehová es Aquel que no cambia y que es fiel a su pacto. Para nosotros, creyentes del tiempo de la gracia, tiene un nombre mucho más precioso todavía: el de Padre, ese nombre que Jesús vino a hacernos conocer (Juan 17:26).
