Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Tres señales para animar a Moisés

En la corte de Faraón, Moisés había sido instruido en toda la sabiduría de los egipcios. Pero no había aprendido a conocer a “Yo SOY”. Los años pasados en el palacio real tampoco habían podido hacer de él un instrumento calificado para la liberación del pueblo. El asesinato del egipcio manifestó más bien lo contrario. Después de los cuarenta años pasados en la escuela de Faraón, hacen falta otros cuarenta en la escuela de Dios, en lo apartado del desierto. Como resultado, Moisés no tiene nada más de qué prevalerse. En otro tiempo era “poderoso en sus palabras y obras” (Hechos 7:22), pero ahora afirma no tener ninguna elocuencia y pone de lado toda su capacidad personal. Pero, si bien ha cesado justamente de tener confianza en sí mismo, todavía no tiene plena confianza en Dios. Debe aprender que, cuando el Señor asigna un servicio, al mismo tiempo da los recursos para cumplirlo.

La vara que se transforma en serpiente muestra que, aunque Dios permite que Satanás obre por un momento, Dios siempre está por encima del diablo para anular su poder. En la cruz, Cristo triunfó sobre las potestades de maldad (Colosenses 2:15). La mano que luego de ser introducida en su seno (el corazón, fuente del mal) es retirada leprosa y después vuelta a sanar, ilustra la potestad de Dios para quitar la mancha del pecado.

Confiando en Dios para servir

Moisés había actuado antaño sin haber sido enviado por Dios. Ahora que Jehová lo envía, presenta todas las objeciones posibles para declinar el llamamiento: su incapacidad (cap. 3:11); su ignorancia (cap. 3:13); su falta de autoridad (cap. 4:1), de elocuencia (v. 10) y de aptitud para cumplir su misión, deseando que otro sea encargado de ella (v. 13); el fracaso de su primera tentativa (cap. 5:23) y la incomprensión manifestada por sus hermanos (cap. 6:12). Con frecuencia, ¿no invocamos nosotros tales motivos para no obedecer? Los versículos 24 a 26 nos recuerdan que antes de ponerse en camino para realizar un servicio público, es necesario que el siervo de Dios ponga orden en su propia casa. Hasta aquí, bajo la probable influencia de su mujer, Moisés no había circuncidado a su hijo, figura de la condenación de la carne. Dios lo exigía (Génesis 17:10-14), y con más razón en la casa de su siervo, ¡bajo pena de muerte!

Los versículos 27 y 28 nos indican dónde son llamados a encontrarse los hermanos (en la montaña de Dios) y cuál es el tema de este encuentro (la Palabra del Señor y sus maravillas).

Al principio del capítulo Moisés decía:

He aquí que ellos no me creerán.

Pero Jehová ha preparado los corazones. Los hijos de Israel creen (v. 31; comp. 2 Crónicas 29:36). Incluso antes de la liberación se prosternan y adoran.